La nada no admite pérdidas, de la novela Qué día el de aquella noche

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Juan de Dios está en mitad de un excitante sueño donde el cielo se arquea y de él surgen orificios. Mientras unos puntos se precipitan al vacío, otros les sustituyen. Entonces, surge una voz: Juan de Dios, ¿entiendes lo que observas…? La Nada no admite pérdidas…

Así concluía la semana pasada El tesoro tan deseado, octava entrega de ¡Qué día el de aquella noche!:

«Sucedió en un abrir y cerrar de ojos. No podía creer que de verdad estuviese efectuándose semejante fenómeno. Con insólita rapidez el hueco dejado era cubierto por otras luces. Se me puso la carne de gallina y un sudor frió me empapó todo el cuerpo cuando llegó a mí el eco difuso de una voz»

En esta entrega…


«De súbito un ruido infernal me alertó. A pesar de estar medio dormido, retiré las sábanas junto con la colcha, y me levanté sin tener juicio claro de si la alarma era causada o no por el sueño. De la cabeza a los pies me cubrió un aguacero de sudor, de olor desagradable; brazos y manos bailaban al mismo ritmo descontrolado y espasmódico que muslos y pantorrillas»

¡QUE DÍA EL DE AQUELLA NOCHE!

Por Ignacio León Roldán

NOVENA ENTREGA. LA NADA NO ADMITE PÉRDIDAS.

Escudriñé arriba y abajo, a izquierda y derecha y como no veía a nadie, di varias vueltas buscando a quien a mí se dirigía. Como no encontraba a nadie, agudicé el oído hasta que, con extremada claridad, escuché que me decía:

—Juan de Dios, ¿comprendes el significado de lo que contemplas?

Quise contestar, pero mi garganta, como si hubiese sido seccionada, no podía emitir el menor sonido, y no tuve más remedio que negar con un movimiento de cabeza.

—Son almas que por inercia se precipitan a la nada, de donde salieron —aseguró la voz.

Después de dudar de mi cordura y haberla descartado, me atreví a preguntar, no sin cierta sensación de desconcierto:

—Si salieron de la nada y a ella han vuelto, ¿cómo es posible que al apagarse otras hayan ocupado su lugar?

—Porque la nada no admite pérdidas.

—¿Cómo que no? ¿No insinuará que no hay distinción entre almas buenas y malas?

—Así es, tú mismo lo has dicho.

La contestación me hizo caer preso de una insoportable ansiedad. Aunque mi mente era un hervidero en plena ebullición, me sobrepuse, tragué saliva, y en un mar de dudas le contrarresté:

—¿Qué mérito tiene entonces obrar bien o mal? La voz contestó inalterable y concisa:

—Ninguno.

A pesar de rodarme la cabeza a la velocidad de un torno de metal, le rebatí:

—¿Cómo que ninguno?

La respuesta no se hizo esperar:

—Son los prejuicios los que crean la diferencia. La pureza del alma no.

—¿Qué quiere decir?

—Que lo bueno y lo malo forman un todo con el alma.

—¿No pretenderá hacerme creer que el dualismo no existe?

Esta vez la voz sonó contundente:

—En el alma no, puesto que en este caso, este concepto es solo una cuestión material y, por lo tanto, autojustificativa.

De súbito un ruido infernal me alertó. A pesar de estar medio dormido, retiré las sábanas junto con la colcha, y me levanté sin tener juicio claro de si la alarma era causada o no por el sueño. De la cabeza a los pies me cubrió un aguacero de sudor, de olor desagradable; brazos y manos bailaban al mismo ritmo descontrolado y espasmódico que muslos y pantorrillas. Más por instinto que por pudor —pues solía dormir sin pijama, solo con los calzoncillos para deleitarme del suave tacto de la ropa de cama—, me tapé con la bata de estar por casa. Escuché con atención; afiné el oído y detecté que el estruendo procedía de la calle. Tras varios pasos inciertos, al no poder mantener bien el equilibrio, alcancé la ventana. Descorrí la cortina y al subir la persiana, la escena del exterior me hizo retroceder.

Pensé que tenía que ser una pesadilla al advertir como, de dos difusas figuras verdes, se desprendían, de muñecas y tobillos, unos rafagazos luminosos. No me lo podía creer, menos aún si cabe, cuando contemplé el derroche de fuerza que efectuaban para catapultar unas voluminosas bolsas con el único afán de nutrir una boca, negra como la noche, poseedora de mugrientos dientes. El intento de acallarla resultaba infructuoso porque, al caer en su interior, el bramido aumentaba hasta llegar a ser ensordecedor.

El febril empeño de los seres por satisfacerla dio pie a que poco a poco fuese cediendo el voraz apetito hasta conseguir que ronroneara como un gato satisfecho. Las figuras, de un salto, se situaron a cada lado de la boca. No me dio tiempo a avisarles del peligro que corrían de ser devoradas porque la boca, en un inesperado giro a la izquierda, despareció por la esquina dando dos potentes bufidos.

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Su pasión por la libertad le encerró en un Psiquiátrico

¡Qué día el de aquella noche!

Una novela de Ignacio León Roldán

En un mundo donde los selfies, el ego y los espejos están por encima de todo, ¡Qué día el de aquella noche! reflexiona sobre si con la libertad  uno llega a conocerse a sí mismo.

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