El hombre al que más amaba, 8 entrega de En el fin de la Tierra

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Mientras Bernardo se embarca en una pasión desbocada con la poderosa extranjera, Ana Alvedro consume sus últimos cartuchos en Madrid. Desvalida y cansada siente la necesidad de refugiarse en la protección de los suyos y vuelve a Galicia. Pero antes, una mirada al único que abrió su intimidad, el hombre que más amaba…

Así terminaba la semana pasada Un espíritu demasiado libre, séptima entrega de En el fin de la Tierra, una novela de Rocío Castrillo, llena de secretos inconfensables.

«Los pasos de Ana Alvedro arrastraban su decepción y su tristeza por las calles del barrio de Chamberí en dirección a la pensión barata donde se hospedaría otros siete días. Poco tiempo para sobreponerse al desamor y a la vez sacar fuerzas encaminadas a conseguir que una firma de moda apostara por sus elaborados y originales diseños de ropa de baño»

En esta entrega…


«Recordó las noches de fiesta, los desfiles de moda, los eventos… Las promesas de comercializar sus diseños que le hicieron tantos hombres, diluidas en el momento en que se negaba a tener sexo… Entre las pocas personas que la animaban y le aseguraban que llegaría a triunfar como diseñadora estaba Rafa Muñoz, un fotógrafo freelance con el que entabló amistad a base de cruzarse en los muchos desfiles de moda a los que asistió en los tres meses que duró su aventura madrileña»

EN EL FIN DE LA TIERRA

Por Rocío Castrillo

OCTAVA ENTREGA. EL HOMBRE QUE MÁS AMABA.

Al mismo tiempo, el causante de sus pesares se embarcaba en una pasión desbocada con la poderosa extranjera a la que se entregó en cuerpo y alma. Inmersos en los sudores y los delirios del sexo fuerte que deja marcas en la piel y ensoñaciones indelebles en la mente, Bernardo y Helen asistían al paso de los minutos, las horas y los días en una comunión de cuerpos extasiados; de bocas ansiosas de lamer, de manos sedientas del tacto acuoso de sus zonas erógenas; de risas, de suspiros y de jadeos que entonaban acompasados las hermosas melodías del deseo y del amor…

Una semana después, Ana volvió a Galicia. Los contactos que le facilitó Bernardo para que vendiera sus diseños no fructificaron. Quizás se trataba de un plazo demasiado corto, pero ya había pasado cerca de tres meses pateando día y noche las calles de Madrid sin conseguir su propósito. Se sentía desvalida y cansada. Necesitaba la protección de los suyos: de su madre y de su hermana Mercedes, los únicos seres de este mundo a los que su existencia parecía importarles.

Su cuerpo menudo cargaba con el peso insoportable de un doble fracaso. Se había enamorado de un hombre que podía ser su padre y le resultaba imposible apartarlo de sus pensamientos, pese a que él mismo le dejó claro que no sentía nada especial por ella. Tampoco consiguió que una sola firma de moda se interesara por unos diseños en los que empleó meses de ardua labor. Se reunió con numerosos empresarios del sector de ropa de baño y con sus equipos de confianza, formados por diseñadores, patronistas y modelistas. De todos escuchó palabras similares: su trabajo era original y vistoso; no obstante, carecía de salidas comerciales.

Recordó las noches de fiesta, los desfiles de moda, los eventos… Las promesas de comercializar sus diseños que le hicieron tantos hombres, diluidas en el momento en que se negaba a tener sexo… Entre las pocas personas que la animaban y le aseguraban que llegaría a triunfar como diseñadora estaba Rafa Muñoz, un fotógrafo freelance con el que entabló amistad a base de cruzarse en los muchos desfiles de moda a los que asistió en los tres meses que duró su aventura madrileña. Sin embargo, no pudo ayudarle porque él mismo se hallaba en la cuerda floja, sin trabajo estable y ocupado en cansinas gestiones para vender sus fotografías. Al menos, tuvo la gentileza de acompañarla a la estación de autobuses la mañana otoñal y gris en que abandonó Madrid para nunca volver.

Durante el largo viaje por carretera desde la capital hasta A Coruña, Ana hizo balance de su aventura madrileña, en unas reflexiones donde la hiel pesaba más que la miel. Las lágrimas saltaron a sus ojos cuando dejó atrás el último edificio urbano. Abrió su bolso para sacar un pañuelo y le extrañó ver su libreta amarilla; pensaba que la había guardado en la maleta. La cogió y cerró el bolso. Se limpió la cara y se puso a revisar anotaciones y teléfonos. Le sorprendió haberse molestado en conservar tantos datos de gente que le interesaba tan poco… En asistir a esa cantidad de desfiles y eventos, convencida de que dicha actividad le ayudaría a conseguir un objetivo que no llegó… Pasó unas cuantas páginas y allí estaba su número. Bernardo era el único al que abrió su intimidad. El hombre al que más amaba.

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El pasado vuelve…

—En el fin de la Tierra—

UNA NOVELA DE ROCÍO CASTRILLO

El pasado vuelve… Para cambiar el presente

“Vidas edificadas sobre secretos inconfesables sin calibrar sus consecuencias.”

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