El fruto de ese amor, en el fin de la tierra 9

Ana Alvedro abandona la aventura madrileña y se refugia en A Coruña con su madre y hermana. Poco después descubre que está embarazada, pero decide ocultarles la identidad del padre de la niña, del fruto de ese amor que guarda en la intimidad de sus entrañas. Pero cuando nace la criatura, los ojos de la niña la delatan…

Así terminaba la semana pasada El hombre que más amaba, octava entrega y fin del segundo capítulo de En el fin de la Tierra, una novela de Rocío Castrillo, llena de secretos inconfensables.

«Abrió su bolso para sacar un pañuelo y le extrañó ver su libreta amarilla; pensaba que la había guardado en la maleta. La cogió y cerró el bolso. Se limpió la cara y se puso a revisar anotaciones y teléfonos. Le sorprendió haberse molestado en conservar tantos datos de gente que le interesaba tan poco… En asistir a esa cantidad de desfiles y eventos, convencida de que dicha actividad le ayudaría a conseguir un objetivo que no llegó… Pasó unas cuantas páginas y allí estaba su número. Bernardo era el único al que abrió su intimidad. El hombre al que más amaba»

En esta entrega…


«La próxima maternidad de Ana irrumpió cual tempestad en la calma del hogar donde convivía con su madre y con su hermana Mercedes. La presión de ambas para que les dijera quién era el padre se prolongó durante una buena temporada. Y mientras más insistían en saber, más tozuda se mostraba Ana en su decisión de guardar silencio. Conocía muy bien a su hermana; estaba segura de que Mercedes exigiría responsabilidades a Bernardo. Y ella, un capricho momentáneo abandonado a su suerte pocas horas después del acto, carecía de fuerzas para plantar cara a la frustración y al desengaño»

EN EL FIN DE LA TIERRA

Por Rocío Castrillo

NOVENA ENTREGA. EL FRUTO DE ESE AMOR.

3. La niña

Recién estrenado el año 1991, Ana Alvedro supo con certeza que estaba embarazada de tres meses. Y la misma certeza albergaba respecto al padre de la criatura. Era Bernardo Castro, el compañero de estudios de su hermana Mercedes. La fecha de la concepción coincidía con esa madrugada lluviosa que pasaron juntos, a principios de octubre de 1990. No quedaba espacio para la duda: se trataba del único hombre con el que había mantenido relaciones sexuales desde hacía mucho tiempo.

Con el test que marcaba “positivo” en sus dedos temblorosos, pensó y repensó en las opciones que tenía. La primera que descartó fue la del aborto. Se sentía profundamente enamorada de aquel hombre y la idea de anidar en su vientre el fruto de ese amor la llenaba de gozo, aunque fuera un sentimiento unilateral. Guardaba el número de teléfono de Bernardo. Podía llamarlo y darle la noticia, pero decidió no hacerlo. Recordó las palabras de Alfredo: “está obnubilado con la sueca y el resto del mundo le importa un comino”. Rechazó el impulso que arrastraba su cuerpo hacia la mesa baja del salón de la casa donde se encontraba el aparato. Enfrentarse a la más que posible negativa del hombre a asumir su paternidad le producía pavor. Tampoco quería contar la verdad a su madre; mucho menos, a su hermana Mercedes, compañera de estudios del susodicho. Sin embargo, vivía con ellas y le resultaría imposible ocultar el embarazo. La única solución consistía en revelar su estado de buena esperanza y ocultar la identidad del padre.

La próxima maternidad de Ana irrumpió cual tempestad en la calma del hogar donde convivía con su madre y con su hermana Mercedes. La presión de ambas para que les dijera quién era el padre se prolongó durante una buena temporada. Y mientras más insistían en saber, más tozuda se mostraba Ana en su decisión de guardar silencio. Conocía muy bien a su hermana; estaba segura de que Mercedes exigiría responsabilidades a Bernardo. Y ella, un capricho momentáneo abandonado a su suerte pocas horas después del acto, carecía de fuerzas para plantar cara a la frustración y al desengaño.

Estaba convencida de que lo mejor era permanecer en silencio y dejar que el tiempo se encargara de normalizar la situación.

Nueve meses después de una tierna noche de amor en la habitación de un ático del madrileño barrio de Chamberí, nació por cesárea en A Coruña una hermosa niña. Una criatura sonrosada y de grandes ojos claros, idénticos a los de Bernardo Castro. Finalizaba un caluroso mes de julio. La inscribieron en el Registro Civil como hija de madre soltera y escogieron para ella el mismo nombre y apellidos de su progenitora: Ana Alvedro García.

Tras recibir el alta, la madre tuvo que enfrentarse a un nuevo interrogatorio de su hermana. Mercedes miraba a su sobrina y no podía evitar que el rostro de Bernardo Castro se presentara ante sus ojos. Sabía que Ana conoció a su antiguo compañero de estudios en Madrid y el parecido de este con la niña corroboraba su paternidad. Ignoraba los motivos que la arrastraban a negar hasta la saciedad una realidad que a ella se le presentaba incontestable. No obstante, intuía que debían ser tremendos, trágicos. Era la única manera de encontrar una explicación lógica a la testarudez de Ana, que se ofuscaba en la negación irracional de la evidencia y nunca reconoció ante nadie que el padre de su hija fuera Bernardo Castro.

—Mira sus ojos, Ana. Son los de Bernardo —insistía.

—¡No digas tonterías! La niña no tiene ni un mes de vida. Todos los bebés nacen con los ojos claros. Cuando empiece a tragar alimentos distintos de la leche tomarán su color definitivo.

—Si pensar así te consuela, mejor para ti. Sé que el tiempo me dará la razón y quedará claro que tu hija ha heredado los ojos de su padre: Bernardo Castro.

—No seas pesada, Mercedes. No voy a decirte quién es, pero te aseguro que no es la persona que dices. Respeta mi intimidad, por favor. Este asunto solo me incumbe a mí.

—Entregas anteriores—

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El pasado vuelve…

—En el fin de la Tierra—

UNA NOVELA DE ROCÍO CASTRILLO

El pasado vuelve… Para cambiar el presente

“Vidas edificadas sobre secretos inconfesables sin calibrar sus consecuencias.”

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