El temor tatuado en los ojos, 21 entrega de el coleccionista

Ana Montecasino termina de escribir su primera crónica en Bagdad en medio de una sensación de ahogo. Está agotada y unas ojeras visibles apagan su mirada: «La guerra se palpa a cada paso. Los iraquíes tienen el temor tatuado en los ojos. Los jóvenes soldados de la coalición ocupante también dejan translucir el miedo»…

Así terminaba la semana pasada El soldado Duncan, 20ª entrega de El coleccionista, con la llamada urgente de Tim a un extraño:

«El chofer se lo entregó y él marcó rápidamente un número.

—Duncan está muerto —dijo Tim.

Anwar miró al pasajero, que parecía estar escuchando atentamente a su interlocutor, por el espejo del vehículo.

—Consigue las cosas inmediatamente y sal del país —susurró una voz del otro lado con un inglés algo trabado—. Y esta vez no falles»

En esta entrega…


«Ana se detuvo y leyó los párrafos. Estaba conforme. Sabía que de todas formas cuando su crónica llegara a la redacción la corregirían si hiciera falta. Cuando estaba haciendo las últimas revisiones, recordó el rostro sereno de Michael. El hombre había causado una buena impresión en la joven. Se sintió rara al estar pensando en otra persona que no fuera Echelar. Luego cerró los ojos y se recostó con la vista fija en el techo»

EL COLECCIONISTA

Por Cecilia Barale

VIGÉSIMA PRIMERA ENTREGA. EL TEMOR TATUADO EN LOS OJOS.

Capítulo 10

Ana estaba en su habitación intentando concentrarse en el artículo que debía enviar a la Argentina. Estaba sentada con las piernas cruzadas en una cama cubierta por una ajada sábana color salmón. No lograba concentrarse y cada vez que escribía unas pocas palabras miraba hacia la ventana, como esperando alguna mágica aprobación, y luego las borraba. Hizo esto al menos cinco veces. Y cada vez que volvía a empezar las piernas le temblaban. Miró a su alrededor. La habitación parecía hacerse más pequeña a cada instante.

En medio de esa sensación de ahogo, su mente comenzó a divagar entre sus últimos encuentros con Echelar y su llegada a Bagdad. De repente hizo a un lado su ordenador personal y se desplomó sobre la cama. Estaba agotada. Buscó con la mano un pequeño bolso que estaba apoyado sobre la mesa de luz. Allí adentro encontró un espejo. Empujó lentamente la cartera que cayó al piso y se acercó el espejo al rostro. Unas visibles ojeras grises apagaban su mirada. Suspiró y alejó el espejo. Su imagen era algo que definitivamente no deseaba ver; no en ese momento.

Los párpados le pesaban, intentaba mantenerlos abiertos pero el cansancio le estaba ganando. En su mente empezó a diagramar lo que estaba a punto de escribir. Sintió una ráfaga de debilidad que estuvo a punto de vencerla pero se incorporó antes de caer dormida. Tomó el ordenador y se acomodó. Comenzó a escribir sin pensar, las palabras parecían fluir pero ella no sabía cómo terminaría la nota. Finalmente, recordó lo que había escuchado durante la conversación entre Michael y sus compañeros. Se detuvo y levantó la vista. No parpadeó durante unos instantes.

—Sí —exclamó.

Sus dedos se movían con rapidez.

“Llegué a Bagdad luego de un interminable viaje por el desierto. Mi primera impresión de la ciudad fue de rechazo. Encontré una ciudad repleta de soldados que iban y venían sin rumbo fijo dando al lugar una mayor sensación de inseguridad que otra cosa.

La guerra se palpa a cada paso. Los iraquíes tienen el temor tatuado en los ojos. Los jóvenes soldados de la coalición ocupante también dejan translucir el miedo. Y ese miedo delata que la posguerra no ha tenido el desarrollo que se esperaba. A cada paso está el peligro latente de la explosión de un coche bomba. Varios focos de la resistencia siguen luchando en forma descarnada. La población, que fue oprimida durante décadas por Saddam Hussein, ahora se encuentra bajo constante sospecha del ejército ocupante. El clima de desconfianza y el estado penoso de la ciudad dividen a los iraquíes. Se han reportado varios casos de nativos linchados por sus propios vecinos por sospechas de colaboración con la coalición. El temor a que Irak se convierta en un nuevo semillero del grupo terrorista Al Qaeda no es ajeno al ciudadano medio y el desconcierto entre la gente es notable. Los secuestros de empleados de las empresas encargadas de la reconstrucción ya son moneda corriente y a nadie le llaman la atención.

El reciente episodio de la quema de la Biblioteca Nacional de Irak ha demostrado que el caos reinante en la ciudad es total. Las tropas no pudieron (o no quisieron) evitar la catástrofe cultural. La cantidad de obras que han desaparecido es incalculable. Los daños materiales son abrumadores. El arribo de una comisión internacional encargada de evaluar los daños no infunde demasiada esperanza a quienes, desde el exterior, sufren por una situación que de tan catastrófica carece de nombre. Entre las obras que se hallan actualmente perdidas están El Canon en Medicina de Avicena, manual de medicina utilizado durante siglos en los países islámicos y occidentales; el Tratado sobre los números de Abu Said al-Magribi; El Camino de la retórica del año 1160; los documentos originales sobre la primera guerra del golfo y muchos otros libros de gran importancia para la humanidad.

El conflicto parece lejos de encontrar una pronta resolución. Varios países ya anunciaron el retiro de tropas y la opinión pública en Estados Unidos no parece estar de acuerdo en incrementar el número de soldados en este país. En este escenario, los próximo meses son claves para evaluar la continuidad de la lucha contra el terrorismo en Medio Oriente.”

Ana se detuvo y leyó los párrafos. Estaba conforme. Sabía que de todas formas cuando su crónica llegara a la redacción la corregirían si hiciera falta. Cuando estaba haciendo las últimas revisiones, recordó el rostro sereno de Michael. El hombre había causado una buena impresión en la joven. Se sintió rara al estar pensando en otra persona que no fuera Echelar. Luego cerró los ojos y se recostó con la vista fija en el techo.

Durante los últimos dos años, su jefe se había convertido en su gran confidente aparte de su amante. Ana sabía que su estado civil era lo único que no estaba dispuesto a negociar. A pesar de esto, los encuentros se habían hecho cada vez más frecuentes y, también, más apasionados. La joven se había enamorado casi sin darse cuenta.

Diego Echelar era un hombre muy atractivo. Su rostro anguloso le daba un aire de madurez de antaño. Su cabello ya mostraba las primeras canas, lo que hacía que sus rasgados ojos verdosos resaltaran aún más en su rostro color oliva. Siempre tenía un tono bronceado, era un hombre que cuidaba mucho su aspecto físico. Su cuerpo estaba trabajado y los ininterrumpidos años de gimnasio habían logrado que conservara su físico como si aún tuviese treinta años.

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