Un buen arma, el esclavo de los nueve espejos 19

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Alejando Neblí acaba de salir del segundo espejo. Ha vivido una sensación extraordinaria y diferente. Ha experimentado en sus carnes la vivencia del peón. Una luminosidad extraña estremece sus pupilas y al abrirlas se enfrenta al cañón de su propia Star con la que le apunta el barón: “Es un buen arma”…

Así concluía la semana pasada El sueño de un hombre libre, 18ª entrega de El esclavo de los nueve espejos, historia de una maldición: 

«Fue entonces cuando comprendió por fin que él, Abdón Martínez, volvería a dormir hasta que la voluntad de esos u otros dioses incognoscibles y distantes reclamasen su verdadera condición de trasto útil. Porque, después de todo, concluyó, sólo era un peón que soñaba, despierto, ser un hombre libre»

En esta entrega…


«Intuitivamente, (NEBLÍ) echó la mano al bolsillo de la sobaquera. Sentía en el costado la ausencia de un peso familiar. Le faltaba la pistola. Escrutó, superando la explosión de la luz azulada, la figura del barón. Le apuntaba con su propia Star de nueve milímetros, el brazo extendido y firme, las piernas separadas, presto a disparar en apariencia. »

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

DÉCIMO NOVENA ENTREGA. ES UN BUEN ARMA.

ESPEJO TRES

(El vampiro tísico)

Había sido una sensación tan diferente, tan extraordinaria, que Alejandro Neblí continuó experimentando la vivencia del peón, con los ojos cerrados, para sentir mejor la oscuridad. Pero, al abrirlos, la luminosidad estremeció sus pupilas. Reparó entonces en que la luminosidad de la estancia circular se debía a la lámpara esférica empotrada en el centro del techo espejado, también especular. Su luz rebotaba por doquier e iluminaba hasta los imperceptibles bordes de los espejos oblongos, tan delicadamente pulidos por el esmeril.

Intuitivamente, echó la mano al bolsillo de la sobaquera. Sentía en el costado la ausencia de un peso familiar. Le faltaba la pistola. Escrutó, superando la explosión de la luz azulada, la figura del barón. Le apuntaba con su propia Star de nueve milímetros, el brazo extendido y firme, las piernas separadas, presto a disparar en apariencia.

–¿Qué pretende? –preguntó Neblí malhumorado, enfadado consigo mismo por estúpido. Pero el barón avanzó un paso y relajó su postura. Sonrió. Sin dejar de mirarle a los ojos, dijo:

–Es un buen arma.

Sabía de pistolas, evidentemente. Pero Neblí no le contestó. Estaba quieto, calculando las distancias. No podría arrebatarle la automática sin recibir dos impactos por lo menos. Frenó el deseo de sorprender al marqués y optó por relajarse y probar si aquello era una broma. Se adelantó.

–¡No se mueva! –le conminó el barón, agravando su ademán agresivo.

Neblí dejó el cuerpo inclinado hacia delante y mantuvo la pierna con la rodilla en alto, sólo apoyada sobre la punta del zapato. Se quedó quieto. No entendía nada.

–¿Qué pretende? –repitió confundido.

Don Rogelio bajó la pistola y se volvió de espaldas. Le preguntó si tenía miedo pero pareció que consideraba inconveniente su propia pregunta y se giró de nuevo para afrontar a Neblí, ya en posición relajada. Tomó el arma por el cañón para devolvérsela a su dueño. “De Eibar –dijo-. Una Star 30 PK de 9 milímetros Parabellum, quince balas”. Se acercó, andando despacio, y se la entregó a Neblí sonriendo. Añadió: “Mecanismo de doble acción, armazón de aluminio, cachas sintéticas. Normal. Casi ordinaria. Aunque he de reconocer que yo mismo estuve tentado de comprarme una no hace mucho tiempo”.

Explicó que, sin embargo, había elegido una Astra 7.000 porque pesaba menos de medio kilo y no medía ni trece centímetros. Cabía en cualquier sitio y le iba muy bien para lo que quiso hacer con ella. “Sólo carga ocho balas, pero me sobraban siete”, precisó.

–¿Iba a suicidarse?  –preguntó Neblí mientras devolvía su estar al bolsillo interior de la chaqueta.

El barón cambió de tema. “Vayamos a lo nuestro”, comentó. Pero Neblí volvió a desconfiar. Todavía dudaba de sus intenciones y se preguntaba qué planes albergaría contra él ese hombre extraño. Optó por pensar que, probablemente, sólo era un majareta, otro perturbado más.

Le gustó esa idea y hubiera seguido elucubrando sobre ella de no ser porque, distraído, se había colocado frente al siguiente espejo y le invocaba una voz de ultratumba. Una voz que le convertía rápidamente en un tal Enrique Hernández y que empezaba a contarle su penosa experiencia.

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EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Historia de una maldición

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Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas, que le harán dudar…

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