Quién es el padre de tu hija, En el fin de la Tierra 10

Las hermanas Alvedro mantienen la discusión sobre la paternidad de la niña. Doña Clara, la abuela, se retira. Su vida ha sido muy dura desde que se enamoró de un guerrillero antifranquista. Sacó adelante a sus hijas con la costura y ahora con su pensión no basta para todas. De ahí que Mercedes le insista a su hermana: quién es el padre de tu hija…

Con esta conversación entre Ana Alvedro y su hermana, terminaba la semana pasada El fruto de ese amor, novena entrega de En el fin de la Tierra, una novela de Rocío Castrillo, llena de secretos inconfensables.

«—Si pensar así te consuela, mejor para ti. Sé que el tiempo me dará la razón y quedará claro que tu hija ha heredado los ojos de su padre: Bernardo Castro.

—No seas pesada, Mercedes. No voy a decirte quién es, pero te aseguro que no es la persona que dices. Respeta mi intimidad, por favor. Este asunto solo me incumbe a mí»

En esta entrega…


«—¿Por qué eres tan cruel conmigo? Acabo de parir y doy el pecho a mi hija. ¿Tengo que salir mañana a la calle a buscar trabajo en lo que sea? ¿Tan mal estamos?

—Perdona, lo siento —se disculpó Mercedes—. No te estoy pidiendo que trabajes, Ana. Solo quiero que entiendas la importancia de que me digas quién es el padre de tu hija. Podemos reclamarle su responsabilidad y que, al menos, te pase una pensión alimenticia para la criatura. Es lo justo»

EN EL FIN DE LA TIERRA

Por Rocío Castrillo

DÉCIMA ENTREGA. QUIÉN ES EL PADRE DE TU HIJA.

Las hermanas Alvedro mantenían dicha discusión durante la sobremesa en el amplio salón de la casa familiar, situada en A Coruña, en un barrio de clase media cercano al centro. Desde el moisés, el bebé las observaba con sus grandes ojos azules, como si quisiera darles a entender que sabía que hablaban de ella. Doña Clara, madre y flamante abuela, se retiró a su habitación. Su vida fue muy dura desde que se enamoró de un guerrillero antifranquista, uno de los últimos maquis que quedaban ocultos en las montañas del norte español. Una emboscada de la Guardia Civil la dejó viuda con dos criaturas, una jovencita y una niña de pocos años, que nacieron fruto de los escasos e intermitentes momentos de pasión que disfrutó junto a aquel hombre… Cosió cada día de su existencia, primero a mano y después a máquina, para ofrecer un porvenir digno a sus hijas, Mercedes y Ana. Tantos años de trabajo le destrozaron la espalda y sufría agudos dolores. Nada más comer, necesitaba tumbarse un rato en la cama para poder afrontar el resto de la jornada. Aunque se acabara de jubilar oficialmente, debía seguir trabajando. Había otra boca más que alimentar en casa y con el sueldo de Mercedes y su pensión no bastaba para todas. Así que aceptó la oferta de seguir confeccionando los trajes a medida de sus mejores clientas. Se ganaría un dinerillo extra en metálico que les vendría muy bien.

—No digas que la paternidad de tu hija solo te incumbe a ti, Ana. Mantener esta casa cuesta mucho dinero. Yo entrego casi todo mi sueldo y nuestra madre no quiere jubilarse por completo porque dice que todo está muy caro y no llegamos. Tú no aportas nada y tampoco te veo intenciones de hacerlo —le recriminó Mercedes.

—¿Por qué eres tan cruel conmigo? Acabo de parir y doy el pecho a mi hija. ¿Tengo que salir mañana a la calle a buscar trabajo en lo que sea? ¿Tan mal estamos?

—Perdona, lo siento —se disculpó Mercedes—. No te estoy pidiendo que trabajes, Ana. Solo quiero que entiendas la importancia de que me digas quién es el padre de tu hija. Podemos reclamarle su responsabilidad y que, al menos, te pase una pensión alimenticia para la criatura. Es lo justo.

—He decidido que nadie lo sepa, Mercedes.

—¿Ni siquiera él? ¿Y la niña? ¿Qué vas a decirle cuando sea mayor y te pregunte por su padre?

—Para eso falta mucho tiempo. Ya lo pensaré. Respecto a él, lo llamaré cuando me encuentre con fuerzas y se lo contaré. Le guste o no, debe saberlo.

—¡Muy bien! ¡Así me gusta verte, decidida! —celebró Mercedes—. ¿Sabes cómo localizarlo?

—Sí —asintió Ana, rotunda.

—¿De verdad que no es Bernardo? —perseveraba Mercedes.

—Te aseguro que no, pesada —negaba Ana.

El llanto del bebé pidiendo su ración de leche interrumpió la conversación de las hermanas. En aquel tiempo, Mercedes intentó retomar el contacto con Bernardo sin que Ana se enterara. Buscó y rebuscó en sus viejas agendas algún número de teléfono o dirección a la que dirigirse, sin resultados. Aunque iban a la misma clase, no eran muy amigos. Sin embargo, recordaba haber quedado con él para pasarle apuntes y se intercambiaron los teléfonos. Y ahora que lo necesitaba para pedirle cuentas por la hija que engendró con su hermana, no hallaba rastro de su existencia. No se habían visto desde que terminaron sus estudios universitarios. Ella volvió a su tierra, se preparó unas oposiciones y consiguió una plaza como profesora de Lengua y Literatura en un Instituto de Bachillerato de A Coruña. Lo único que supo de Bernardo es que nada más licenciarse se casó con una mujer rica, mayor que él; y que era padre de una niña. Se lo contaron en una reunión de colegas de promoción a la que el susodicho no asistió. Hizo cálculos: una década desde aquella reunión, sumada a los dos o tres años que, según le dijeron entonces, tenía la niña, la llevaron a la conclusión de que su sobrina recién nacida era hermana de una adolescente, de unos doce o trece años.

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