Tan solo se lleva el iPad, 23 relato dormido

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… Y ella dejó de contar los días de su partida, porque hace casi tres meses que se fue ligero de equipaje. Tan solo se llevó el iPad, el portátil, una bolsa de viaje, y unas fotos en el móvil. Otro de los relatos dormidos de La Escribidora.

En esta entrega…


«Por no tener, no tuvo ni un dolor de tripa, ni una cagalera, ni un vómito, ni tampoco hipo. Y eso que se comía todos los gusanos que veía reptar por las paredes del exterior de la casa, que no era otra que la terminal de un aeropuerto inhabilitado para las funciones de los vuelos de Ícaro. »

LA ESCRIBIDORA (LOS RELATOS DORMIDOS)

Por Gudea de Lagash

VIGÉSIMOTERCERA ENTREGA. Tan solo se lleva el iPad,
el portátil y una bolsa de viaje.

Tan solo se lleva el iPad, 23 relato dormido, La escribidora

Ilustración original de JESÚS RUIZ FUENTES, para los relatos dormidos de La Escribidora. “Tan solo se lleva el iPad, el portátil y una bolsa de viaje. ”.

Acababa de llegar, y ella ya contaba los días de su partida. Sobre el mantel de la mesa de la cocina, una bandeja de plástico roja, deslucida de tanto uso y algo desportillada por ese trasiego. Pero a él le gustaba; se sentía cómodo con esa compañera de escarceos nocturnos de neveras y alacenas. Un vaso de leche con cacao, junto a una montaña de galletas, viajaba en ella hasta el punto de destino, que no era otro que el sofá del salón frente al televisor. Haciendo a un lado el portátil, herramienta vital para su trabajo, descansó la bandeja sobre la mesa de recia madera que permanecía en pie tras muchas heridas en su estructura. Él no se acuerda. Ni siquiera lo ha visto porque nunca nadie le contó, que a la edad de dos años le arreó un buen bocado a una esquina de la mesa en donde ahora descansa la vieja bandeja. Pero todo aquel que sabe la historia, que son pocos, aciertan a ver los rasguños de esos dientes de leche, que aún conservó tras el mordisco. Bueno por morder, mordió también con esa edad, una hermosa y lustrosa bombilla de cristal, de las de antes, no de las de ahora de bajo consumo, insulsas y de horrible diseño. Y como era de esperar la hizo añicos entre los dientes, llenando esa boca de niño, de pequeños cristales finos y cortantes, que aún no se entiende como no le hizo ni un rasguño, la bella bombilla de líneas suaves y redondas que alumbraba cualquier rincón del hogar. No se quejó. Al contrario buscó nuevas aventuras para su adrenalina de niño, por ser un niño inquieto y aburrido del aburrimiento, y decidió escalar esa cocinilla de toda la vida; esa blanca de metal, con tapa para los fogones, a la que se aferró sin pensarlo dos veces emulando a Kong en el Empire State. La escalada duró menos que el suspiro de un gusano en un día sin lluvia, pero como el instinto de conservación es grande e innato en los humanos, se agarró como pudo, y no sé cómo pudo, porque yo no estaba allí, a la cocinilla con tan mala suerte que se le vino encima y la tapa se lo tragó hasta medio cuerpo ¡Horror! Escuché, y salí corriendo todo lo que las zapatillas me permitían hasta la cocina, y allí estaba el niño aventurero haciendo sus pinitos para un futuro certero. Pataleaba como el rabo de una lagartija, cuando se da cuenta que ya ha dejado de ser parte de la lagartija de su vida. Pataleaba y pataleaba pero salió indemne como siempre.

Por no tener, no tuvo ni un dolor de tripa, ni una cagalera, ni un vómito, ni tampoco hipo. Y eso que se comía todos los gusanos que veía reptar por las paredes del exterior de la casa, que no era otra que la terminal de un aeropuerto inhabilitado para las funciones de los vuelos de Ícaro. Un aeropuerto viejo en donde la yerba y unas cuantas cabras y ovejas de Audelina, la vecina asilvestrada y campechana, dejaba pastar por nuestro jardín.

Y comía y se comió todo lo que un humano adulto o niño no debe comer, y aún con esa alimentación extra, fue creciendo y se hizo fuerte de huesos y de espíritu, aunque esta última fortaleza no fue obra de gusanos, ni bombillas, ni experiencias adrenalíticas con tapaderas de cocinillas. No; eso fue obra del Hacedor que decidió dotar al niño con la fe en el Ángel de la Guarda, que hoy por hoy y con el trasiego que se trae su protegido, debe estar pidiendo la jubilación anticipada, a sabiendas de que nadie por las alturas está por la labor. Pero mira tú por dónde un día, el Guardián debía tener un día tonto y despistado; todo el mundo lo tenemos y él por ser celestial no se iba a librar… al infante se le ocurrió ir a escalar la mesa de la cocina, de un railite blanco con unas terribles esquinas en pico afilado, resbalando y dandose un golpe a unos pocos milímetros del ojo. El infante no lloró del susto, pero si del ¡Plas Plas! de la zapatilla maternal, que tras el sofocón, no pude evitar soltarla en su sonrosado trasero de niño. Y no lloró, ni se agobió, ni reculó.

… Y ella dejó de contar los días de su partida, porque hace casi tres meses que se fue ligero de equipaje. Tan solo se llevó el iPad, el portátil, una bolsa de viaje, y unas fotos en el móvil.

Y algo más.

Una última cosa más: más… más… y más… a su familia en la mochila del corazón.

Y ella ahora cuenta los días…

Un beso, Ángel

Mater

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