Un viudo muy seductor, 22 entrega de El coleccionista

Ana Montecasino repasa mentalmente en su habitación del Hotel Palestine, la meteórica carrera de su jefe y ex amante, Diego Echelar. Un redactor mediocre que, tras enviudar, se había convertido en un editor sobresaliente y en un viudo muy seductor. Todo comenzó cuando perdió a su primera mujer en un accidente de tráfico…

Ana, tras acabar su primer crónica desde Bagdad, recuerda a su ex amante, Diego Echelar. Así terminaba la semana pasada El temor tatuado en los ojos, 21ª entrega de El coleccionista:

«Diego Echelar era un hombre muy atractivo. Su rostro anguloso le daba un aire de madurez de antaño. Su cabello ya mostraba las primeras canas, lo que hacía que sus rasgados ojos verdosos resaltaran aún más en su rostro color oliva. Siempre tenía un tono bronceado, era un hombre que cuidaba mucho su aspecto físico. Su cuerpo estaba trabajado y los ininterrumpidos años de gimnasio habían logrado que conservara su físico como si aún tuviese treinta años»

En esta entrega…


«Un año y dos meses después de enviudar, Diego Echelar contraía matrimonio con su segunda mujer, una acaudalada empresaria con quien estuvo casado poco más de dos años. Luego del divorcio, el periodista trepó varias posiciones en la escala social y su situación económica mejoró notablemente. Durante los siguientes años tuvo varias parejas ocasionales y su fama de seductor se potenciaba día tras día »

EL COLECCIONISTA

Por Cecilia Barale

VIGESIMOSEGUNDA ENTREGA. UN VIUDO MUY SEDUCTOR.

En el mundillo del periodismo local la meteórica carrera de Echelar había sido la comidilla diaria de las redacciones argentinas durante largos meses. Quienes conocían al periodista desde sus primeros años de trabajo lo recordaban como un redactor mediocre, muy lejos del sobresaliente editor en el que se había convertido. Su aspecto físico se había modificado en forma deslumbrante. De ser un hombre de aspecto regordete en quien nadie se fijaba, a ser un casanova de la noche porteña. Sin duda, Echelar había recorrido un largo camino.

La transformación comenzó cuando a los treinta y seis años perdió a su primera esposa en un accidente de tránsito. Sus compañeros de trabajo de entonces jamás habían conocido a su mujer; Echelar no era una persona muy extrovertida. A los pocos días de la muerte de su pareja, Echelar se presentó a trabajar, por primera vez, con un elegante traje negro y mostrándose más conversador que de costumbre. Sus compañeros creyeron que le estaba costando asumir la reciente pérdida; hasta se animaron a sugerirle que buscara ayuda profesional para elaborar el duelo. Echelar se limitaba a no contestar.

Con el paso de los meses, comenzó a preocuparse más por su aspecto. Perdió peso, frecuentaba una cama solar y concurría al gimnasio. Su desempeño laboral seguía siendo mediocre, pero su popularidad con las mujeres iba en aumento. Un año y dos meses después de enviudar, Diego Echelar contraía matrimonio con su segunda mujer, una acaudalada empresaria con quien estuvo casado poco más de dos años. Luego del divorcio, el periodista trepó varias posiciones en la escala social y su situación económica mejoró notablemente. Durante los siguientes años tuvo varias parejas ocasionales y su fama de seductor se potenciaba día tras día.

En un ágape de la revista, se cruzó con Eleonora Valmellán, la hija de Mauricio Valmellán, el empresario periodístico más importante de la Argentina. Eleonora era una poco atractiva mujer de treinta y siete años. Su silueta era algo cuadrada, tenía el cabello largo y lacio, como si no tuviera forma, como si simplemente cayera sobre sus hombros y allí lograra acomodarse. Su rostro parecía apagado, con los ojos hundidos y los pómulos salientes. Su pálida tez solo se quebraba por una inmensa nube de pecas que cruzaban su nariz recta. Por la forma en que se vestía, era evidente que quería pasar lo más desapercibida posible. Unas polleras a media pierna, por lo general en tonos oscuros y alguna blusa suelta. Una cadena con un dije de oro era su único signo de coquetería.

Eleonora sintió rechazo la primera vez que Echelar se acercó a ella con una copa de champaña. ¿Qué podía querer con ella aquel atractivo hombre que no dejaba de sonreírle desde hacía rato? Eleonora estaba tan acostumbrada al rechazo masculino que había optado por no pensar más en los hombres. También estaba acostumbrada al cambio de actitud de la gente al enterarse de su ilustre apellido. De repente le sonreían, su apellido hacía que dejara de ser invisible.

Aquel hombre siguió insistiendo y logró sacarla a bailar después de varios intentos. Al término de la noche, la mujer estaba fascinada con él y dispuesta a todo para retener a aquel hombre a su lado. Por primera vez en su vida sentía que alguien la tomaba de la cintura y no quería dejarla ir. Sentía ese aroma a hombre recién afeitado que le era tan ajeno. Y sintió que era posible enamorarse a primera vista, que no era solo un argumento de películas de Hollywood. Echelar le juró por su difunta esposa que no sabía quién era ella cuando la invitó un trago. Eleonora eligió creerle.

Mauricio Valmellán enseguida descubrió cuáles eran las verdaderas intenciones del pretendiente de su hija, pero lo dejó jugar el juego. Sabía que tarde o temprano, Echelar iría detrás de otra mujer. Pero a pesar de todos los pronósticos, el periodista parecía no tener ojos más que para Eleonora. Dejó la noche, los vicios y las mujeres. Sus compañeros de trabajo sabían que lo que Echelar buscaba era casarse con ella. Y estaban seguros de que pronto lo conseguiría.

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