Un hombre a quien siempre le gusto lo tierno

Neblí se enfrenta a un nuevo espejo, empieza a sentir dentro de él a un tal Enrique Hernández. Un cura que se hacía mala sangre, un hombre a quien siempre le gustó lo tierno y al que pillaron con un mozuelo, y que el Hacedor desterró a ese «pueblo de mierda»…

Así concluía la semana pasada Es un buen arma, 19ª entrega de El esclavo de los nueve espejos, historia de una maldición: 

«Le gustó esa idea y hubiera seguido elucubrando sobre ella de no ser porque, distraído, se había colocado frente al siguiente espejo y le invocaba una voz de ultratumba. Una voz que le convertía rápidamente en un tal Enrique Hernández y que empezaba a contarle su penosa experiencia»

En esta entrega…


«Hernández le preguntaba diariamente a dios —así, con minúscula, para devolverle la putada de haberle rebajado la categoría— qué había hecho él para merecer esa condena. Total, que le pillaran con aquel mozuelo… Pero qué culpa tenía de que le tuviera ganas el obispo y el chico nada, pero que nada de nada, porque estaba enamorado de él. ¡De él!, mandaban huevos. De un hombre a quien, por naturaleza, le gustó siempre lo tierno en todas sus acepciones.
¡Y qué le iba a hacer! No iba a dejarlo pasar, ¿no? Tampoco era de piedra. Y, desde luego, no era para tanto, ¿no?»

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

VIGÉSIMA ENTREGA. UN HOMBRE A QUIEN SIEMPRE LE GUSTÓ LO TIERNO.

El cautivo hablaba engolosinada, temblorosamente, y le empezó a decir que él siempre se creyó bondadoso porque se levantaba de la cama y, mirándose en las hojas de cristal de su armario con doble puerta, contemplando su rostro redondo y afable, veía  representada la generosidad humana. Sin embargo, cuando Neblí se sintió dentro de él sólo barruntó unos ojos legañosos y saltones, con cejas como arcos de herradura y nariz de cachiporra que parecía un cirio consumido en su propia cera derretida. Tenía una boca de labios gruesos, tan breve que parecía un pececillo dispuesto a dar un beso con cada boqueo.

Aquel rostro, el suyo, se hablaba a sí mismo. Y dirigía sus reflexiones al Diablo como si existiera de verdad. Arremetía contra Satanás revistiéndolo de atributos bestiales, poniéndole rabo, sacándole cuernos y calzándole pezuñas antes de echarlo a trotar por la imaginación de sus entonces ausentes feligreses aunque sabía perfectamente que no era así, que el malo de Belcebú, por más retorcido que fuese, sólo era un ángel caído en desgracia. Como él en su universo terrenal. Porque era cura de pueblo y hacía suya la mala sangre del postrado, la que le entraría a cualquiera si, como en su caso, se aspirase al episcopado y se hubiera acabado consagrando hostias para cuatro jornaleros y un par de señoritos con sus respectivas.

Hernández le preguntaba diariamente a dios —así, con minúscula, para devolverle la putada de haberle rebajado la categoría— qué había hecho él para merecer esa condena. Total, que le pillaran con aquel mozuelo… Pero qué culpa tenía de que le tuviera ganas el obispo y el chico nada, pero que nada de nada, porque estaba enamorado de él. ¡De él!, mandaban huevos. De un hombre a quien, por naturaleza, le gustó siempre lo tierno en todas sus acepciones.

¡Y qué le iba a hacer! No iba a dejarlo pasar, ¿no? Tampoco era de piedra. Y, desde luego, no era para tanto, ¿no? ¡Pues bueno andaría el clero, cavilaba, si los tonsurados contasen todo lo que sabían los unos de los otros, si no oreasen las sábanas en el claustro propio! Bien sabían ellos que si los pinjantes se cayeran a trozos por pecar no habría clérigo que no anduviese por los corrales de Dios como capón de Villalba. Sin excluir al Papa, ¿eh? Así que…

Por eso no entendía que el Hacedor le desterrase a esa mierda de pueblo extremeño. Porque eso, y que le perdonase el Altísimo, no tenía perdón terrenal. Ni celestial. ¿Eh, Dios? ¿A qué no?

Y tuvo que pasarle lo que le pasó, maldito fuese, precisamente a él. Aquel día se quedó a dormir en la sacristía porque anduvo haciendo cuentas hasta la media noche y había tirado en demasía de la garrafa. Le dio tantos tragos al pitarra con cada cifra imposible de cuadrar que acabó no teniéndose en pie. Y fue entonces cuando, de repente, adormecido, oyó que le chistaban al oído.

Vio, confundido por el espanto, el rostro demacrado de un hombre maduro y unos ojos fríos que, no obstante, se esforzaban por mostrarse amables, aunque sin conseguirlo. Tenía aquel señor una cabellera de tiesas ondulaciones que, cual puntas de llama, iban a perdérsele por encima de las orejas estiradas como cuernos volanderos y lucía un pelo entrecano tan ordenado que hasta las menudas patillas gitanas se arremolinaban ordenadamente, como brochas de afeitar, sobre carrillos afelpados. Sus facciones señoriales, sin embargo, se habían rendido a la desidia. Y, más que apergaminada, aunque parecía estirada como mendrugo de pordiosero, tenía la piel de carámbano, mitad tornasolada y otro tanto translúcida donde las sienes ensombrecían la frente sobre los párpados y junto a la nariz.

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EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Historia de una maldición

UNA NOVELA DE RAIMUNDO CASTRO

Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

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