Perdón divino para un vampiro, entrega 25 de la novela El esclavo de los nueve espejos

Tras la paliza que el párroco le ha propinado al vampiro con un crucifico sin que éste se abrasara, el chupóptero se explica: «Mi apostasía, mi descreimiento, padre, eran la causa de mi mal, pero mi arrepentimiento me ha salvado. Ya no me abrasa el tacto de lo sagrado porque tengo fe». El vampiro está decidido a conseguir el perdón divino…

Así concluía la semana pasada ¡Vade retro, engendro del demonio!, 24ª entrega de El esclavo de los nueve espejos, historia de una maldición: 

«–¡Maldito vampiro ateo! –exclamó, resoplando, mientras le arreaba otro porrazo en la cabeza con la base adamantina de la sagrada efigie y, aprovechando su inesperada quietud, le golpeaba una y otra vez mientras gritaba: “¡Toma, toma y toma!”.

Pero nada»

En esta entrega…


«El vampiro pareció no reparar ni en la agresión ni en la estupidez exculpatoria del tonsurado. Por fin, dijo exaltado, había besado a Cristo. Durante decenios, añadió, había tenido mucho miedo por su falta de fe y porque pensaba que sus crímenes eran imperdonables. Durante siglos huyó de las cruces y su sola visión le roía las entrañas. Había sufrido, amargado, su imposible retorno al amparo divino, pero había llegado la hora en que, por fin, el cielo le abría sus puertas»

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

VIGESIMOQUINTA ENTREGA. PERDÓN DIVINO PARA UN VAMPIRO.

El crucifijo se abolló entre sus dedos y andaba retorcido como cuerno de cabra cuando el muerto viviente levantó los ojos y el cura no pudo confrontar su mirada rijosa. Empezó a sudarle todo el cuerpo y se le empaparon las cejas. El vampiro le miraba sin aparente enfado, pero no se fio. Tragó la pizca de saliva que todavía no se le había secado en el paladar y acabó rindiéndose.

–¡Pues sí que eres un vampiro, vive Dios!, –dijo mientras se santiguaba-. Pero ya sabes. Yo, como Santo Tomás –y encogió los hombros mientras le enseñaba el crucifijo hecho polvo y le mostraba la deshilachada hilera de sus dientes con su risa lamentable.

El vampiro pareció no reparar ni en la agresión ni en la estupidez exculpatoria del tonsurado. Por fin, dijo exaltado, había besado a Cristo. Durante decenios, añadió, había tenido mucho miedo por su falta de fe y porque pensaba que sus crímenes eran imperdonables. Durante siglos huyó de las cruces y su sola visión le roía las entrañas. Había sufrido, amargado, su imposible retorno al amparo divino, pero había llegado la hora en que, por fin, el cielo le abría sus puertas.

–Mi apostasía, mi descreimiento, padre, eran la causa de mi mal -se explicó.– Pero mi arrepentimiento me ha salvado. Ya no me abrasa el tacto de lo sagrado porque tengo la fe y el valor necesarios para combatir mis instintos demoniacos. ¡Cuánto he pecado, y tan aberrantemente, por no creer en el perdón divino!–. ¡Confiéseme, padre! –suplicó.

Hernández le vio elevar las manos sobre su cabeza manifestando su alegría. Los labios estirados sobre los largos y afilados colmillos parecían querer resquebrajarse por la satisfacción descomedida que manifestaba su sonrisa. Y le brillaban los ojos humedecidos.

Sin embargo, su expresión de gozo fue tan exagerada que el confesor volvió a desconfiar. Siguió pensando, cerrilmente, que era un gran actor y que representaba una obra cuyo último acto, el de clavarle los colmillos hasta topar las cervicales con las muelas, estaba celebrando por adelantado…Se convenció de que pretendía engatusarle para burlarse más y mejor antes de hincarle el diente en el mismísimo confesionario cuando más confiado estuviese. Era más. Le daba vueltas a lo que había ocurrido hasta entonces y se decía que el único fin del muy hijo de Satanás no era otro que el de disfrutar de una nueva experiencia. “A este mal bicho –se dijo- no se le ha ocurrido otra cosa que considerar excitante dar cuenta de un pobre sacerdote después de haberle sacado los colores contándole atrocidades y guarradas”. “¡Seguro!”. “Pero a mí no me pesca”, concluyó. Y besándose imaginariamente los índices cruzados, exclamó en silencio: “¡Por estas!”.

Como formalmente no podía negarle nada después de la paliza que le había propinado, excusándose en que iba a vestirse solemnemente para la ocasión, se acercó hasta el armario donde guardaba los hábitos sagrados y recordó que una estatua de San José tenía un bordón de madera que acababa en punta de metal. El pequeño bastón apenas medía metro y medio, pero juzgó que sería suficiente. Así que, sin que fuera a cuento, asegurando que después de la penitencia iba a oficiar una misa breve que le permitiera comulgar, se colocó la casulla sobre los hombros. Puso entonces la estola en el brazo izquierdo y ocultó el derecho, donde sostenía el bordón arrancado a San José, bajo el manto dorado.

–Vamos – le dijo al vampiro tras un acceso de tos. Y se dio la vuelta, camino del oratorio.

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Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

Historia de una maldición

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

UNA NOVELA DE RAIMUNDO CASTRO

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

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