Soy la reencarnación del diablo, entrega 21 de la novela A tres pasos de Luna

Estás probablemente ante uno de los pasajes más duros de A tres pasos de Luna. Quedas advertido.

17 de julio de 1936. La semana pasada… Unos hombres armados y con ropa extraña irrumpen con violencia en la casa donde Rosa y Luna están enfrascadas en un libro…

Rosa ha perdido el conocimiento tras el culatazo de un rifle. Luna recibe una fuerte paliza, mientras varios hombres la inmovilizan. «Lo primero que tienes que saber», le grita uno, «es mi nombre. Y que soy la reencarnación del diablo…»

Así terminaba la semana pasada El terror invade la serena paz de Tabarca, 20ª entrega de A tres pasos de Luna, la novela de Beatriz Cáceres que encogerá tu corazón:

«Continuaba lanzando golpes en todas direcciones para mantener alejado a su acompañante, por eso me perdí el destello fulgurante que atravesó sus ojos antes de que tirara la camisa enrollada al suelo empapada de sangre para acercarse a mí y propinarme un puñetazo en la cara que me tumbó en el acto.

—¡Manolo sujétale con fuerza los brazos! ¡Y tú, José, déjate eso y ven aquí a sujetarle las piernas a esta salvaje! —José, que en ningún momento había soltado a Rosa, levantó la cabeza de entre sus pechos con gesto de resignación»

En esta entrega…


«Me sujetaron entre los tres y me apoyaron boca abajo sobre la mesa todo lo que permitía la altura de mis caderas para penetrarme, y esta vez con más fuerza aún si cabe, por todos los lugares por donde puede hacerse.
¡Era tan grande el dolor!
Con cada empujón sentía de la forma más cruel cómo se me desgarraba la carne sacudiéndome por entero un intenso calor.
¡Me quise morir!»

A TRES PASOS DE LUNA

Por Beatriz Cáceres

VIGÉSIMA PRIMERA ENTREGA. SOY LA REENCARNACIÓN DEL DIABLO.

Proseguí luchando para conseguir liberarme de aquellas manos que me sujetaban por las muñecas y los tobillos sintiéndome desfallecer. Me apretaban tan fuertemente que se estaban poniendo de color púrpura por la falta de riego.

—Lo primero que tienes que saber es mi nombre. Me llamo Jaime. Este dato es muy importante, porque no quiero que jamás lo olvides. Soy la reencarnación del diablo para ti. —Intentó controlar su ira. Todo su cuerpo irradiaba puro odio hacia mí. Como si yo fuera la imagen personalizada de todo el rencor y frustración que guardaba en su interior. Me hablaba de cosas que yo no conseguía entender. Así que, después de arrastrarme igual que a una muñeca de trapo, me colocó entre sus piernas y se limitó a observarme con una extraña expresión durante un rato que me pareció eterno. Cuando se cansó, se agachó para sentarse sobre mi estómago y fue cuando me propinó otro puñetazo en la cara. Ese fue el momento en el que perdí el conocimiento.

Aun hoy no puedo especificar cuánto tiempo pasó, debido a que durante su trascurso no conseguí recuperar la consciencia del todo y por eso son escasos los recuerdos que surgen en mi mente. No dejan de ser momentos puntuales que imagino que son motivados por el dolor que llegué a sentir. Son como parpadeos, pequeños reflejos de luz en forma de pesadilla.

Lo malo es que son reales.

Noté cómo me rasgaba la ropa para dejarme totalmente desnuda. Esta impresión se ha quedado en mi piel igual que una huella invisible durante años. No consigo olvidar el tacto de sus manos recorriéndome sin piedad de una manera desgarradoramente intrusa. La aspereza de sus palmas era capaz de arañar mis pechos, mi espalda, mi culo y en el interior de mis muslos.

De repente, se desabrochó el pantalón inclinándose sobre mí y me penetró con fuerza.

¡Dios mío! ¡Qué dolor! ¡Me va a partir en dos!

¡No! ¡Por favor! ¡No!

En ningún momento aflojó el ritmo ni la fuerza de sus empujones. Con cada uno de ellos, mi cuerpo resbalaba sobre el suelo y notaba que algunos mechones de pelo se enganchaban entre sus juntas, provocando un dolor punzante en la parte posterior de mi cabeza como si estuvieran arrancándome el cuero cabelludo.

Me mordía el pecho, los hombros, la barbilla…

Cuando creí que por fin se había terminado, se detuvo en seco para ponerse en pie y, aun estando en pleno estado de shock, pude observar cómo se le resbalan los pantalones hasta los tobillos.

—¡Ayudadme! ¡Esta zorra va a recibir hoy la lección de su vida! —Ordenó enloquecido.

Me sujetaron entre los tres y me apoyaron boca abajo sobre la mesa todo lo que permitía la altura de mis caderas para penetrarme, y esta vez con más fuerza aún si cabe, por todos los lugares por donde puede hacerse.

¡Era tan grande el dolor!

Con cada empujón sentía de la forma más cruel cómo se me desgarraba la carne sacudiéndome por entero un intenso calor.

¡Me quise morir!

Ese pensamiento no duró más que una milésima de segundo. ¿Morir por dejarme vencer por un intruso que está absolutamente loco? ¿Morir por una causa bajo los colores de una bandera? ¿Morir por unas ansias asesinas ocultas en algún insensato ideal religioso o político? ¡Jamás!

Tan solo moriría si pudiera darle vida a alguien que quiero. Solo lo haría por amor y, aun así, sería en el último instante y sin otra opción.

No conseguía entenderlo. La vida era demasiado preciosa para desperdiciarla en absurdos y cualquier extremo lo es. Y con esa determinación, me aferré a la vida con todas mis fuerzas.

Para ellos tan solo se trataba de una diversión y la disfrutaron turnándose en su propio frenesí hacia el abismo. Fue tal su brutalidad, que la pequeña mesa cedió bajo sus empujones y mi propio peso, rompiéndose y tirándome al suelo con ella. Mi cuerpo reaccionó de la única manera en que pudo hacerlo y una marea de arcadas inundó mi garganta, hasta que empecé a vomitar.

—¡Qué asco! ¡Hija de puta! ¡No sabes comportarte! ¡Salvaje! —Empezaron a pegarme patadas en el estómago, la cabeza y la espalda—. ¡Saco de mierda! —Solo se detuvieron cuando empezó a faltarles la respiración por el esfuerzo. Sudaban y jadeaban como cerdos.

—Entregas anteriores—

«1, «2, «3, «4, «5, «6, «7, «8, «9, «10,  
«11, «12, «13, «14, «15, «16, «17, «18, «19, «20…

Dos mundos condenados a no encontrarse. Tres pasos, la distancia que debes respetar.

—A tres pasos de Luna—

UNA NOVELA DE BEATRIZ CÁCERES

A tres pasos de Luna, novela de Beatriz Cáceres

“No me digas que es imposible. Así que cállate y bésame… hasta que me dejes sin aire”

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