Teatro Amanecer función de marionetas, entrega 17 de la novela Qué día el de aquella noche

La carta de una desconocida ha despertado en Jesús los recuerdos más escondidos de su infancia, ya olvidados tras la trágica muerte de sus padres. La casualidad y un fuerte e imprevisto aguacero, le conducen al Teatro Amanecer, una función de marionetas que despertarán en él su pasión más secreta…

La semana pasada, Jesús, El herrero, repasa un sueño que le persigue desde la infancia. Así concluía El sueño recurrente del mono, 16ª entrega de ¡Qué día el de aquella noche!:

«La imposibilidad de trepar les encolerizó de tal manera que lo único que hicieron fue chillar y lanzarle piedras intentando atemorizarle para que bajara y compartiera los frutos.

Impasible desde lo alto de la roca, el mono les alentaba con señas a que hiciesen como él y se lanzasen por el precipicio»

En esta entrega…


«A medida que avanzaba en la lectura comprendí que la carta estimulaba en mí los recuerdos ya casi olvidados poseyendo la virtud de transportarme a ellos. De este modo recordé cómo, sentado en uno de los bancos del parque, distraído con el correteo y los juegos de los niños, no me percaté de la formación de unas densas nubes que oscurecían el cielo hasta que, de repente, se abrieron para dejar caer un auténtico aguacero»

¡QUE DÍA EL DE AQUELLA NOCHE!

Por Ignacio León Roldán

DECIMOSÉPTIMA ENTREGA. TEATRO AMANECER, FUNCIÓN DE MARIONETAS.

La cafetera silbó anunciando que el café estaba listo. Me levanté y fui a la cocina. Apagué el gas y tras retirarla me serví una generosa taza de café solo y sin azúcar, que buena falta me estaba haciendo. Regresé a la salita. Mientras lo saboreaba recuperé el papel y continué leyendo.

¡Ya, ya sé que estarás preguntándote cómo una completa desconocida para ti conoce tanto de tu vida!

¿Recuerdas cuando comenzaste a trabajar en la herrería y cómo al poco tiempo te hiciste un experto en la forja? Recordarás también que, con el permiso del dueño, al terminar la jornada, recogías los restos de metal de la chatarra para forjar las letras del emblema que aún no has terminado.

Desde ese momento empezaste a conocer a quien hoy te ha entregado la carta. Quisiera que recordaras también el parque donde solías ir a descansar y aquel día que el inesperado mal tiempo te llevó al teatro donde nuestras miradas se cruzaron un instante.

A medida que avanzaba en la lectura comprendí que la carta estimulaba en mí los recuerdos ya casi olvidados poseyendo la virtud de transportarme a ellos. De este modo recordé cómo, sentado en uno de los bancos del parque, distraído con el correteo y los juegos de los niños, no me percaté de la formación de unas densas nubes que oscurecían el cielo hasta que, de repente, se abrieron para dejar caer un auténtico aguacero.

Sin pensármelo dos veces vacié la bolsa de migas de pan duro, que siempre llevaba para alimentar a los gorriones, me la puse sobre la cabeza en un vano intento de protegerme del agua y salí del parque en busca de refugio.

A lo lejos localicé una cafetería a la que llegué empapado. Tomé asiento en una mesa que, por fortuna, se encontraba libre y esperé a ser atendido.

En la mesa de al lado, un pintoresco grupo comentaba, entre risas, lo bien que se había puesto el día para llenar el teatro.

La tormenta duró el tiempo justo para tomarme el café. Cuando me disponía a abandonar el local, el más viejo del grupo me miró fijamente y alargándome un folleto me dijo:

—Yo que usted no me lo perdería por nada del mundo.

—Desplegué el panfleto y en él se anunciaba:

TEATRO AMANECER

Función de MARIONETAS

¡ÚNICA OPORTUNIDAD!

No había ido nunca al teatro y no tenía otra cosa mejor que hacer. Además, la curiosidad que despertó en mí el anciano, hizo que me dirigiese hacia el mismo, paseando, para hacer tiempo.

Una vez dentro, busqué acomodo y lo encontré en la última fila del patio de butacas. En el asiento contiguo al mío, una señora mayor estaba muy excitada. Al apagar las luces se podía oír el silencio en la sala. Las luces se concentraron sobre el escenario y una marioneta, a la vez que descorría el telón, declamó con voz de presentador de circo:

—¡Comienza la función!

La señora que se presentó como Gloria, frotándose las manos murmuró con nerviosismo:

—¡No se cansará nunca de intentarlo! Perplejo por el comentario le pregunté:

—¿Qué quiere usted decir?

No me contestó, solo se limitó a chistar para mandarme callar y señalando el escenario dijo:

—¡Mira! ¡Mira!

—Entregas anteriores—

«1,«2,«3,«4,«5,«6,«7,«8,«9,«10,
«11,«12, «13, «14, «15, «16…

Su pasión por la libertad le encerró en un Psiquiátrico

¡Qué día el de aquella noche!

Una novela de Ignacio León Roldán

En un mundo donde los selfies, el ego y los espejos están por encima de todo, ¡Qué día el de aquella noche! reflexiona sobre si con la libertad  uno llega a conocerse a sí mismo.

Juan de Dios liberó a los monos de un zoo y eso le costó su libertad.

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