Dónde está el corazón de los hombres, entrega 26 de la novela El esclavo de los nueve espejos

En otro descuido del vampiro, el párroco le clava por la espalda la vara de San José hasta donde alcanza el impulso de su puño criminal. El vampiro se vuelve iracundo y dolorido: «Ha fallado, padre. Ya no sabe dónde tienen los hombres el corazón», le dice. 

Así concluía la semana pasada Perdón divino para un vampiro, 25ª entrega de El esclavo de los nueve espejos, historia de una maldición: 

«Como formalmente no podía negarle nada después de la paliza que le había propinado, excusándose en que iba a vestirse solemnemente para la ocasión, se acercó hasta el armario donde guardaba los hábitos sagrados y recordó que una estatua de San José tenía un bordón de madera que acababa en punta de metal…

–Vamos – le dijo al vampiro tras un acceso de tos. Y se dio la vuelta, camino del oratorio»

En esta entrega…


«Contempló su iglesia como como si fuera por última vez, con afecto, melancólicamente. Sintió la tristeza de saber que había despreciado algo que, lo comprendía ahora, quizás demasiado tarde, le resultaba profundamente amado»

—VIDEO BOOK—

El espejo será para ti una prisión de agua

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

VIGÉSIMA SEXTA ENTREGA. DÓNDE TIENEN LOS HOMBRES EL CORAZÓN.

Entonces, sorprendiéndole, el sacerdote alzó el brazo oculto y, por la espalda, le clavó la vara hasta donde le alcanzó el impulso de su puño criminal. El cayado se astilló por la mitad pero penetró profundamente en las carnes amojamadas del estupefacto Balmes. El vampiro se volvió iracundo, dolorido, y le echó las manos al cuello. Pero se detuvo de inmediato. Miró a lo alto y emitió un alarido aterrador. Pero de rabia. Sonrió con amargura y, mirándole con sarcasmo, le espetó:

–Ha fallado, padre. Ya no sabe ni dónde tienen los hombres el corazón.

Sin embargo, Hernández sabía muy bien en dónde debía estar el del vampiro porque el suyo le palpitaba con tal fuerza que temió que le rompiera tres o cuatro costillas. Afortunadamente, la resignación devolvió el ritmo de inmediato al músculo hueco. Don Enrique resolvió que había llegado el momento de dejar que pasara lo que tuviera que pasar. Y, en ese punto, incluso dudó de que Balmes no estuviera diciendo la verdad.

Fue sólo un momento. Justo lo que le llevó al vampiro desclavarse el bordón astillado. Lo sacó de su espalda, retorciéndose, como quien se quita una espina de la palma de la mano. Y lo hizo con tanto sarcasmo que el sacerdote volvió a pensar lo peor.

No podía ser tan tonto. Eran malos, siempre fueron malos. Esos vampiros, se dijo, eran el símbolo oscuro del terror, la encarnación del diablo. Y por algo sería. Ese chupacogotes tenía que ser igual que los demás. Y no podía dejarse engañar. Pero, se lamentó, tampoco podía resolver el problema sorprendiéndole una vez más.

Anduvo delante de él, camino del locutorio, atisbando las oscuras estatuas de escayola repintadas y posando su mirada absorta en la leve luz pergaminosa de las lámparas de aceite y las velas del altar. Quiso detener su rendida vista en los ojos inapreciables del Cristo, cuyo rostro ocultaban las sombras que provocaba la cerúlea iluminación. Pero no pudo porque se lo impidió su propio desamparo.

Contempló su iglesia como como si fuera por última vez, con afecto, melancólicamente. Sintió la tristeza de saber que había despreciado algo que, lo comprendía ahora, quizás demasiado tarde, le resultaba profundamente amado. Sin embargo, repasando sus rincones, se fijó en el ventanuco que casualmente filtraba hasta el reclinatorio, desde Oriente, la débil luz de la luna. Y se aferró a la esperanza. Cuando el sol despuntara sobre los cerros próximos, sus rayos llegarían por allí tarde o temprano y se posarían sobre la espalda del vampiro. Sólo debía, se dijo, entretenerle hasta entonces. Como fuese.

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Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

Historia de una maldición

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

UNA NOVELA DE RAIMUNDO CASTRO

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

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