Ni masas ni clientes ni corderos, entrega 6 de El día que los dioses prohibieron los goles

Capítulo donde los dioses debaten sobre los fieles a los que no se puede llamar masas o clientes, según Yhavé, pero tampoco corderos o borregos, según Alá. Y donde, dada la huida de esos seguidores a otros refugios como el dinero, se propone recabar la ayuda de los políticos…

Así concluía la semana pasada El Mundial que cambió a los dioses, 5ª entrega de El día que los dioses prohibieron los goles, una idea original de Alberto Giménez Prieto para Libretería y que se escribe cada semana en este folletín:

«—Quiero decir, que hoy por hoy, el fútbol es capaz de arrastrar más masas y levantar más pasiones de las que nosotros podríamos soñar —continuó Cristo—. El recibimiento espontáneo que se dispensó al equipo ganador del último mundial lo corrobora. Un recibimiento que congregó y empleó el término congregar en su vertiente profana, más posibles clientes que los que reúnen las manifestaciones que nuestros representantes en la tierra organizan en el mismo lugar a pesar de que contábamos con una depurada y costosísima organización. Y sin olvidar la ayuda de los políticos. Ni dejemos de lado el motivo de nuestra manifestación: algo tan demagógico como es la familia. A pesar de ello el fútbol reunió más parroquianos que nosotros y, sobre todo, mucho más enfervorizados»

En esta entrega…


«—Y como sabes… o deberías saber, es precisamente por ese espíritu de masa, por lo que resultamos necesarios, precisaban adorar algo distinto de ellos. Si hubieran sido individuos per­fectamente definidos y autónomos, nosotros no existiríamos… sencillamente no resultaríamos necesarios. Te recuerdo que tanto en tu religión como en la de tu hijo no solo les tratáis como una masa, hasta llegáis a denominarlos corderos… »   

El día que los dioses prohibieron los goles

Por Alberto Giménez Prieto

SEXTA ENTREGA. NI MASAS NI CLIENTES NI CORDEROS…

—No me gusta que te dirijas a nuestros fieles tildándolos como  masas y mucho menos que los llames clientes —reprendió Yahvé a su hijo sin dejar de mirar a Alá— son seres plenamente cons­cientes, que ejercen su libre albedrío, y ejerciéndolo nos eligieron como guía de sus vidas. Y no son clientes, porque nada les vendemos y sobre todo porque nada les cobramos.

—Precisamente, por que ejercen su libre al­bedrío nos abandonan y desgraciadamente muchos de los que nos permanecen fieles son los que no usan de ese libre albedrío. Te recuerdo que no estás hablando con uno de esos par­dillos que aún te siguen, sino con alguien que se dedica al mismo nego­cio que tú y, que como tú, no dudó, en su proselitismo, en sacrificar a su propio hijo… Debes admitir que fue una jugada desafortunada para ti, si juzgamos la evolución de vuestras respectivas parroquias desde entonces —ironizó Alá.

El dios de los musulmanes seguía belicoso, pero la importancia de lo tratado le frenaba y se mostraba dispuesto a entrar en el tema de la reunión.

—Y como sabes… o deberías saber, es precisamente por ese espíritu de masa, por lo que resultamos necesarios, precisaban adorar algo distinto de ellos. Si hubieran sido individuos per­fectamente definidos y autónomos, nosotros no existiríamos… sencillamente no resultaríamos necesarios. Te recuerdo que tanto en tu religión como en la de tu hijo no solo les tratáis como una masa, hasta llegáis a denominarlos corderos… vamos borregos, que es lo que son. Y en cuanto a que nada les vendemos, así es, la venta es el intercambio de un bien por otro, generalmente dinero. Yahvé, en eso, tienes razón, nada les damos a cambio de que su inseguridad, la misma que nos creó, sea la que nos mantiene, aunque cada día sean más escasos los que colaboran.

—Son muchos los que se olvi­dan de nosotros, no por sentirse más seguros, que alguno de esos también lo hay, sino porque buscan su seguridad en otros conceptos, por lo general apartados de la religiosidad, sea el dinero, el poder o cualquier otra cosa. Otros se acostumbran vivir en la in­seguridad que les supone no creer en nuestra existencia ni en ningún sustitutivo. Aunque suelen decir que no somos más que una creación de alguno de sus hermanos que recurrieron a nosotros para imbuirse un poder del que carecían —la actitud de Cristo reflejaba la preocupación de todos—. A cambio de estar fielmente a nuestro lado a lo largo de los siglos, de su lealtad que llega a extremos que solo la sin­razón podría justificar, les dejamos que crean poder alcanzar las inexistentes recompensas que ellos mismos inventaron. No les da­mos nada a cambio de ese vital apoyo. Y cuando les pro­metemos algo, a cambio les estamos vendiendo humo. 

— ¿Podemos recabar la ayuda de los políticos? Yo los tengo por aliados, son sumamente útiles en ocasiones— sugirió Yahvé.  

—Esos son más cantamañanas que nosotros —le replicó Cristo—. Son tus aliados porque se en­cuentran en una muy particular situación: exhiben tu religión como el título de propiedad de un país que abandonaron hace dos mil años con el rabo entre piernas y que pretenden recuperar ahora.

Cristo se dio cuenta demasiado tarde que había dejado la puerta abierta a los ataques de Alá, oportunidad que este no tardó en aprovechar.

—Entregas anteriores—

«1,«2, «3, «4, «5…

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