Los azotes del desamor, entrega 16 de la novela En el fin de la Tierra

Bernardo intenta olvidar el asunto de la paternidad y se centra en su fría relación con Helen. Con frecuencia la sueca llega de madrugada y evitar coincidir con él. Bernardo, acostumbrado a ir de flor en flor, sufre ahora los azotes del desamor…

Con un frío encuentro entre Mercedes Alvedro y Bernardo, terminaba la semana pasada Si soy el padre, necesito pruebas, 15ª entrega de En el fin de la Tierra, una novela de Rocío Castrillo, llena de secretos inconfensables:

«Bernardo echó de menos que su antigua compañera de Universidad no hubiera tenido el detalle de darle un par de besos cordiales como despedida. Permaneció sentado en el bar, pensativo, durante un buen rato. Aunque entendía el desengaño y la frialdad con que lo trató Mercedes, se negaba a creer que de aquella madrugada de amor compasivo y corto con Ana Alvedro hubiera nacido una criatura. La hermana que tanto ansiaba su única hija. Una niña que crecería sin su padre… »

En esta entrega…


«Sabía que Helen cerraba la galería de arte a las ocho y planeó acercarse por allí para observarla sin ser visto. Necesitaba averiguar qué ocurría y cerrar ese capítulo de su existencia que lo convirtió en un autómata, una especie de marioneta manejada por los hilos de una vida indeseada, que arrastraba el peso de un cuerpo cada vez más liviano. Ignoraba cuántos kilos había perdido desde que empezó la crisis con Helen, pero intuía que su salud empeoraba al ritmo de los azotes del desamor»

EN EL FIN DE LA TIERRA

Por Rocío Castrillo

DÉCIMA SEXTA ENTREGA. LOS AZOTES DEL DESAMOR.

En los días que siguieron a su encuentro con Mercedes Alvedro se propuso con todas sus fuerzas olvidar el asunto de la paternidad que le reveló su antigua compañera. Prefirió no creerla y continuar con su vida, como si la cita nunca se hubiera producido. Procuraba llenar las horas laborables con su trabajo como realizador de anuncios publicitarios y, al caer la noche, volvía al ático de Chamberí con el firme propósito de avivar la pasión que sentía por Helen. El corazón se le helaba cada vez que abría la puerta y no la encontraba en casa. Con frecuencia, la sueca llegaba de madrugada, se metía con sigilo en la ancha cama que compartían y se acomodaba en la esquina opuesta, lejos de su cuerpo, evitando que llegaran a rozarse. Él solía notar su presencia, aunque simulaba estar dormido y no le decía nada. Tenía miedo a enfrentarse con la posibilidad de que Helen hubiera dejado de quererlo y no se atreviera a admitirlo. La mayoría de las mañanas la sentía levantarse, darse una ducha rápida y abandonar la vivienda apresurada, sin tomarse ni siquiera un café. Tenía la sensación de que huía para no encontrarse con él y no verse obligada a explicarle que el amor que otrora le prodigaba se había esfumado… Lejos quedó la complicidad que los unió desde el principio; la admiración mutua, las risas, los paseos al atardecer por el Parque del Retiro… o las cenas en el bar de la esquina que precedían a las ardientes noches de pasión que se regalaban en la alcoba principal del ático de Chamberí.

Los meses pasaban y ellos continuaban acomodados en esa convivencia fría que los llevó a comportarse como dos extraños en la misma casa, dos seres que dejaron de amarse y no se hablaban para no herirse. Una fría tarde de diciembre de 1992, cercanas las fiestas navideñas, Bernardo decidió afrontar una situación que le desgarraba el alma a jirones. Sabía que Helen cerraba la galería de arte a las ocho y planeó acercarse por allí para observarla sin ser visto. Necesitaba averiguar qué ocurría y cerrar ese capítulo de su existencia que lo convirtió en un autómata, una especie de marioneta manejada por los hilos de una vida indeseada, que arrastraba el peso de un cuerpo cada vez más liviano. Ignoraba cuántos kilos había perdido desde que empezó la crisis con Helen, pero intuía que su salud empeoraba al ritmo de los azotes del desamor. Él, que desde que tenía uso de razón amaba a todas las mujeres que conocía sin entregarse por completo a ninguna, no entendía ni cómo ni por qué permitió que la sueca lo atrapara en sus redes. Lo cierto es que no encontraba la forma de borrar sus sentimientos hacia Helen y recuperar su antiguo hábito de andar de flor en flor.

El azar caprichoso quiso que una furgoneta aparcara justo en la puerta de la galería de arte en el momento en que Bernardo se aproximaba al lugar. Se parapetó detrás del vehículo y se congratuló de poder observar, sin que nadie lo notara, a cualquiera que entrara o saliera del local de su amada. Sospechaba que ella estaba con otra persona y necesitaba comprobarlo con sus propios ojos para desengañarse. Era la única forma de apagar las llamas de la pasión que sentía por la nórdica. Lo que nunca hubiera imaginado es que el hombre que le robó a su novia fuera su amigo Alfredo. “Junto a él llegó a mi vida y por él me deja”, musitó para sus adentros. Los vio salir juntos de la galería, sonrientes y amartelados.

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El pasado vuelve…

—En el fin de la Tierra—

UNA NOVELA DE ROCÍO CASTRILLO

El pasado vuelve… Para cambiar el presente

“Vidas edificadas sobre secretos inconfesables sin calibrar sus consecuencias.”

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