La tía Dolores es Libertad, entrega 18 de la novela Qué día el de aquella noche

Aún no lo sabe, pero Jesús El herrero va a conocer por fin a la tía Dolores en la función de marionetas a la que ha llegado por casualidad. Pero aún más sorprendente va a ser que la tía Dolores es Libertad…

Así concluía Teatro Amanecer, función de marionetas, 17ª entrega de ¡Qué día el de aquella noche!:

«—¡Comienza la función!

La señora que se presentó como Gloria, frotándose las manos murmuró con nerviosismo:

—¡No se cansará nunca de intentarlo! Perplejo por el comentario le pregunté:

—¿Qué quiere usted decir?

No me contestó, solo se limitó a chistar para mandarme callar y señalando el escenario dijo:

—¡Mira! ¡Mira!»

En esta entrega…


«—No pensáis y por eso carecéis de comprensión. No tenéis sentimientos, por lo que no podéis amaros. Por todo esto os creéis desinteresadas —le replicó.
—¡Habló Dolores, la lista! ¿Acaso no eres tú una marioneta como nosotras para que te des esos aires? — le reprochó Tadeo.
—No, no lo soy, porque como yo sí pienso, he visto que quien os manipulaba con hilos los ha cortado al darse cuenta que sin ellos actuáis igual, por inercia, sin necesidad de su presencia.
La contestación estremeció al público»

¡QUE DÍA EL DE AQUELLA NOCHE!

Por Ignacio León Roldán

DÉCIMA OCTAVA ENTREGA. LA TÍA DOLORES ES LIBERTAD.

Aparecieron en él tres marionetas y una a una se fueron presentando:

—¡Buenas tardes a todos! Me llamo Lidia —dijo la primera, en la que destacaban unas enormes gafas de miope.

—¡Hola, hola! Yo, Berta —se presentó la segunda, que se distinguía por poseer una cabeza diminuta en un desmesurado cuerpo.

—Y yo, Tadeo. ¿Están ustedes cómodos? — preguntó la tercera, a la que le faltaba un brazo y bizqueaba.

Lidia asomó la cabeza fuera del escenario con una mano en la frente a modo de visera y con la otra ajustándose las gafas para ver bien, y se dirigió al público preguntando:

—¿No creerán ustedes, al ver nuestros disfraces de presas, que estamos encarceladas?

—¡No, qué va! —dijo la marioneta que descorrió el telón, que se había sentado en una de las butacas de la primera fila. En ella destacaban unas enormes alas. Además, era tan deslumbrante su belleza que eclipsaba a sus compañeras.

—¡Pues no es así! —se le encaró Berta.

—¡Lo que tú digas! —replicó burlonamente.

—No sé de qué te burlas, ya que si vestimos así es porque queremos.

La otra le rebatió con un «¡ya, ya!» despreciativo.

—¡Ni ya, ya!, ¡ni yo, yo! —la regañó Tadeo—. ¿Acaso no eres tú igual que nosotras? ¿No te manejas sin hilos y sin nadie que dirija tus movimientos? ¿O es que eres idiota?

El reproche de Tadeo conmocionó a la sala.

—No. Por eso mismo me burlo.

—¡Cómo! —exclamaron las tres al unísono. Lidia le exigió una explicación.

—Es muy simple: si decís que nadie os maneja, ni dirige vuestros movimientos, ¿por qué os disfrazáis así vosotras mismas?

Berta, calmándose, le respondió con aire de suficiencia:

—Porque pensamos, y eso nos da conocimiento. Además sentimos y amamos siendo desinteresadas. Por esto mismo hemos decidido vestirnos así, ¿qué te parece?

—No pensáis y por eso carecéis de comprensión. No tenéis sentimientos, por lo que no podéis amaros. Por todo esto os creéis desinteresadas —le replicó.

—¡Habló Dolores, la lista! ¿Acaso no eres tú una marioneta como nosotras para que te des esos aires? — le reprochó Tadeo.

—No, no lo soy, porque como yo sí pienso, he visto que quien os manipulaba con hilos los ha cortado al darse cuenta que sin ellos actuáis igual, por inercia, sin necesidad de su presencia.

La contestación estremeció al público.

—Tú lo que eres es una vaga y una traidora —le dijo Lidia volviendo a ajustarse las gafas.

—¡Anda y cierra el telón para el descanso! —le exigió Berta balanceando su diminuta cabeza.

—Y vete preparando para salir al escenario —le urgió Tadeo bizqueando aún más.

Dolores, levantándose, se llevó la mano hacia la boca y sopló entre el pulgar y el índice, de lo que surgió una sonora pedorreta para, a continuación y ante el asombro de todos, abrir la puerta de emergencia y salir corriendo.

—¡Esto es una burla! —clamaban unos.

—¡Que nos devuelvan el dinero! —decían otros.

Las marionetas del escenario animaban al público a salir detrás de ella para capturarla.

Salieron todos en tropel, menos Gloria, la señora mayor, que se partía de risa en la butaca, y yo, que desde la puerta pude ver como la estaban acorralando. Dolores, desesperada, buscaba ayuda y al ver que mi rostro reflejaba la más completa perplejidad, me guiñó y por un instante casi imperceptible la vi mirar de reojo hacia la pared de enfrente antes de sonreírme y levantar el vuelo. Vuelo que seguí hasta que se perdió en el horizonte. Fijándome en la pared, vi al cuervo y las palomas acechando.

Me alegré de la fuga de Dolores y a partir de entonces decidí ir en su busca sin importarme el tiempo que necesitase. Desde la puerta me giré para decir a las marionetas:

—Si lo que pretendéis es apresarla, no lo conseguiréis nunca.

—Entregas anteriores—

«1,«2,«3,«4,«5,«6,«7,«8,«9,«10,
«11,«12«13, «14, «15, «16, «17…

Suscríbete a Libretería y no te pierdas ninguna entrega

Su pasión por la libertad le encerró en un Psiquiátrico

¡Qué día el de aquella noche!

Una novela de Ignacio León Roldán

En un mundo donde los selfies, el ego y los espejos están por encima de todo, ¡Qué día el de aquella noche! reflexiona sobre si con la libertad  uno llega a conocerse a sí mismo.

Juan de Dios liberó a los monos de un zoo y eso le costó su libertad.

3,95 3,39Añadir al carrito

EL FOLLETÍN

NOVELAS POR ENTREGAS

HISTORIAS QUE HAY QUE LEER

HISTORIA COMPLETA

Un matarife tiene aterrorizada la pandilla de Fidel Osadía Valiente. Pero nada es lo que parece y nada es fruto del azar.

EL DRAGÓN Y LA ROSA – CAP. 21

COMIENZA A LEER

A tres pasos de Luna

Por Beatriz Cáceres

…la distancia que tienes que respetar

COMIENZA A LEER

El esclavo de los nueve espejos

Por Raimundo Castro

El esclavo de los nueve espejos, primera entrega

Historia de una maldición

COMIENZA A LEER

El coleccionista

Por Cecilia Barale

Volando hacia una guerra, 11º entrega de El coleccionista

Nadie confía en nadie

COMIENZA A LEER

Todas las novelas de El Folletín:

IR A EL FOLLETÍN