La falsa divinidad del fútbol

Donde Alá, Cristo y Yahvé continúan su debate sobre los políticos, donde comparan la fe con el programa electoral, y donde por fin se aborda la falsa divinidad del fútbol y el peligro de que ésta pueda hundirles en la más profunda de las oscuridades…

Así concluía la semana pasada Ni masas ni clientes ni corderos, 6ª entrega de El día que los dioses prohibieron los goles, una idea original de Alberto Giménez Prieto para Libretería y que se escribe cada semana en este folletín:

«— ¿Podemos recabar la ayuda de los políticos? Yo los tengo por aliados, son sumamente útiles en ocasiones— sugirió Yahvé.  

—Esos son más cantamañanas que nosotros —le replicó Cristo—. Son tus aliados porque se en­cuentran en una muy particular situación: exhiben tu religión como el título de propiedad de un país que abandonaron hace dos mil años con el rabo entre piernas y que pretenden recuperar ahora.

Cristo se dio cuenta demasiado tarde que había dejado la puerta abierta a los ataques de Alá, oportunidad que este no tardó en aprovechar»

En esta entrega…


«—Hasta hoy vencimos a los políticos que se nos enfrentaron —sigue el crucificado—, porque los políticos, seres inseguros, suelen estar sumamente pendientes de lo que hacen o dicen los humanos, buscan el corto plazo. Pero cuando un político consi­gue arrastrar a sus electores, está entrando en nuestro territorio, como pasó con el alemán que se dedicó a matar a los seguidores de mi padre »   

El día que los dioses prohibieron los goles

Por Alberto Giménez Prieto

SÉPTIMA ENTREGA. LA FALSA DIVINIDAD DEL FÚTBOL.

—Y aun así, como con la religión no tienen suficiente, implican al ca­pital que moviliza a los políticos y éstos a los militares.  Los políticos parasitan tanto al ejército como la religión, según dicen, en nombre de los más altos ideales —Alá está enrabietado como un crío—. Los políticos, como nosotros, ofrecen a sus electores algo tan inalcanzable como lo que promete nuestra “fe”, llamándolo programa político. A ellos los eligen por lo que dicen que harán. A noso­tros nos crearon por algo que creen que dijimos, que hicimos y ni ellos son capaces de de­mostrar que lo harán, ni nosotros que lo hicimos, es nuestra palabra la que los convence, y no olvides que siendo nosotros creación de ellos, nuestra palabra no es ni más ni menos que lo que ellos pensaron que querían escuchar, pero adornado por el marchamo de “pala­bra de dios”.

Alá comprueba que ha calado en el auditorio. Piensa en recompensar al redactor de sus discursos.

—Hasta hoy vencimos a los políticos que se nos enfrentaron —sigue el crucificado—, porque los políticos, seres inseguros, suelen estar sumamente pendientes de lo que hacen o dicen los humanos, buscan el corto plazo. Pero cuando un político consi­gue arrastrar a sus electores, está entrando en nuestro territorio, como pasó con el alemán que se dedicó a matar a los seguidores de mi padre. Con esos políticos debemos ser duros para evitar que nos destruyan o lo que es peor nos sustituyan. El hombre teme que exista alguien capaz de ver cuánto hace, que recompense lo correctamente ejecutado o que perdone lo mal hecho por uno y castigue lo mal hecho por los demás. La mayoría de las buenas acciones están moti­vadas por el temor a esa vigilancia.

— ¿Qué medidas propones que adoptemos? —Inquirió Alá.

— ¿Contra los políticos o contra el fútbol? —Pregunto Cristo, buscando que Alá anticipara su opinión.

—Respecto a los políticos ya existen medidas, el capital trabajó a nuestro favor y en este momento los políticos solo ambicionan el poder en función del capital que puedan mover, por lo que lo que nosotros pretendemos de los humanos no les interesa. Aunque nuestros representantes entre los humanos también se mueven por lo mismo. Existe entre ellos y los políticos un pacto no agresión, al igual que entre los distintos grupos políticos —sentenció Alá—. Debemos emplearnos contra el fútbol que, como dice tu padre, es el que consta en el orden del día.

—¿Cómo atacaremos a esa falsa divinidad del fútbol? —inquirió Yahvé

—Hasta ahora no nos alarmó que la ascensión de los sobresalientes del fútbol resultara incómoda para nosotros, por lo que nada se hizo para abortar, con perdón por la palabra, dicho progreso. Dicho en cristiano no les prestábamos atención, antes al contrario nos servimos del fútbol para nuestro provecho: desviaba la atención de otros temas que nos resultaban más engorrosos. En épocas de penuria fue un reclamo que los distraía e impedía que se revolvieran —respondió Cristo sin sonrojo.

—Nos servíamos puntualmente de él y con excelentes resultados, hasta que hoy, parece que la herramienta se ha hecho más grande que el operario.  Y nos ha estallado en la cara.

—¿Debo entender que el molesto fútbol fue aliado y colaborador vuestro  —Inquirió Alá.

—No te excluyas Alá, que aunque entre los tuyos no tengan ni idea de jugar al fútbol también lo habéis utilizado con los mismos propósitos —respondió Cristo—. Pero a lo que vamos, ahora quieren volar solos y hacernos sombra, siguiendo nuestro propio ejemplo y de no mediar medidas urgentes y drásticas es posible que de hacernos sombra pasen a hundirnos en la más profunda de las oscuridades.

—Entregas anteriores—

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