Presagios cumplidos, entrega 17 de En el fin de la Tierra

La suerte le ha dado la espalda al picaflor de Bernardo. El bombeo de imágenes de su pasado más reciente le abrasa las entrañas. Helen le engaña con su amigo Alfredo y lo ha visto con sus propios ojos. El mismo Alfredo que le vaticinó que lo suyo con la sueca fracasaría. Presagios cumplidos. Y todavía le queda la llamada de Ana Alvedro, la madre de su hija no reconocida…

Así terminaba la semana pasada Los azotes del desamor, 16ª entrega de En el fin de la Tierra, una novela de Rocío Castrillo, llena de secretos inconfensables.

«Sospechaba que ella estaba con otra persona y necesitaba comprobarlo con sus propios ojos para desengañarse. Era la única forma de apagar las llamas de la pasión que sentía por la nórdica. Lo que nunca hubiera imaginado es que el hombre que le robó a su novia fuera su amigo Alfredo. “Junto a él llegó a mi vida y por él me deja”, musitó para sus adentros. Los vio salir juntos de la galería, sonrientes y amartelados»

En esta entrega…


«Fue Alfredo quien los presentó en la Plaza de Santa Bárbara, y tal vez el romance actual fuera la consecuencia de una estrategia pensada por su amigo para quitarle a la mujer que él le robó primero. Otra vez la culpa. La escena de la plaza. Él declarando su amor a Helen, Alfredo reprobando su actitud y Ana que corría… Helen y Alfredo»

EN EL FIN DE LA TIERRA

Por Rocío Castrillo

DÉCIMA SÉPTIMA ENTREGA. PRESAGIOS CUMPLIDOS.

Apenado, su memoria retrocedió hasta la mañana en que empezó el idilio que lo ataba a Helen en la plaza de Santa Bárbara, con el propio Alfredo y Ana Alvedro como testigos. “Ana, Ana, Ana…”, repitió su fuero interno. La imagen de la madre de su supuesta hija quedó anclada en su mente durante unos segundos y trasladó sus pensamientos desde la poderosa e infiel belleza nórdica a la criatura delgada y desvalida, de cabello lacio y ojos tristes y profundos, con la que pasara una madrugada de ternura exenta de pasión. Lo invadió un doloroso sentimiento de culpa. Se declaró a la sueca delante de ella, en público, y la humilló hasta el punto de provocar su huida. La vio correr por el bulevar a la misma velocidad que la vergüenza y el despecho que sufría… Se esfumó en pocos segundos, mientras Alfredo le reprochaba con dureza su comportamiento. Sintió que pagaba el mal causado antes; que la vida le devolvía con crueldad el daño que provocara a Ana. Se vio a sí mismo tan abandonado como lo estuvo ella. La mujer que, según todos los indicios, le había dado una hija, por mucho que se negara en reconocerlo.

Siguió allí, escondido detrás de la furgoneta. Entretanto, la tarde invernal dio paso a una noche helada. Sin embargo, Bernardo no sentía frío. El bombeo de imágenes de su pasado más reciente le abrasaba las entrañas. Escuchó la voz de Alfredo, cuando vaticinó que lo suyo con la sueca fracasaría… El presagio se cumplía y le dolía por partida doble: Helen lo dejaba por el amigo al que echó del ático para estar a solas con ella. Recordó que fue Alfredo quien los presentó en la Plaza de Santa Bárbara, y que tal vez el romance actual fuera la consecuencia de una estrategia pensada por su amigo para quitarle a la mujer que él le robó primero. Otra vez la culpa. La escena de la plaza. Él declarando su amor a Helen, Alfredo reprobando su actitud y Ana que corría… Helen y Alfredo. Eran pareja aunque ella no se atreviera a decírselo. Se veía obligado a tomar la iniciativa. Decidió volver a casa y esperarla allí, por muy tarde que llegara. Le haría saber que conocía su infidelidad y la mandaría a dormir al cuarto que ocupó su ahora amante. Le exigiría que hiciera las maletas a la mañana siguiente. Prefería estar solo a compartir su vida con una fría traidora. Por mucho que la quisiera.

Esa misma noche de diciembre de 1992, Ana Alvedro decidió telefonear a Bernardo. En multitud de ocasiones sintió la tentación de hacerlo, sin atreverse… La situación actual era distinta. Ya no se percibía a sí misma como una criatura débil y temerosa del fracaso. El nacimiento de la niña que llevaba su mismo nombre trocó su carácter débil por el de una mujer fuerte; una madre tenaz que luchaba para sacar adelante a su hija, que había perdido el miedo y que no temía a nada ni a nadie. Descolgó el teléfono y marcó el número del padre de la criatura. Estaba muy lejos de intuir las funestas consecuencias de aquel ataque repentino de valor.

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El pasado vuelve…

—En el fin de la Tierra—

UNA NOVELA DE ROCÍO CASTRILLO

El pasado vuelve… Para cambiar el presente

“Vidas edificadas sobre secretos inconfesables sin calibrar sus consecuencias.”

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