Juegan a fantasmas con la pobre luz de una linterna escasa de pilas. Tienen 7 y 9 años. Trajinan los pasillos con la velocidad de otra luz que lo alumbra todo. También lo llenan. De cuadros coloridos de risas, de maracas repletas de carcajadas, de tambores de pies… La madre, desmelenada, que viste manta de lana de los pies a la cabeza, les persigue con el estruendo de un saxo tenor que no consigue amilanar la alegría de los niños.

Invaden el salón con risas y trajes de fantasmas. Saltan sobre el sofá hasta que los tres se desploman rendidos y enfundados en sus mantas. Entonces el juego cambia. Ahora las linternas invaden la oscuridad de la sala y crean un firmamento sobre sus cabezas. Allá Orión, la Osa Mayor… También está Nashira, la que trae buenas noticias, y Mérope con su cara de miel. ¿Has visto a la más hermosa, Adhara? Y quien sabe qué secreto esconde Alcíone…

Han conseguido olvidar el frío y que el televisor no enciende. Tampoco hay calefacción. Ninguno se paró a mirar en la cocina donde la reina es una olla a presión, ya medio vacía. Preside el local desde la mañana y coronará la noche. No hay más.

¿Qué infame carcelero les ha cercenado la luz?

—Algunos más de mis relatos cortos—