El dios de las tinieblas

Donde aparece el dios de las tinieblas para dar la réplica sobre el fútbol a Alá, Cristo y Yahvé, y proponer al cónclave de dioses modernizar «nuestros métodos». «¡Señores dioses, —les dice—, aprendan de sus seguidores y progresen con los tiempos!»

Así concluía La falsa divinidad del fútbol, 7ª entrega de El día que los dioses prohibieron los goles, una idea original de Alberto Giménez Prieto para Libretería y que se escribe cada semana en este folletín:

«—¿Debo entender que el molesto fútbol fue aliado y colaborador vuestro  —Inquirió Alá.

—No te excluyas Alá, que aunque entre los tuyos no tengan ni idea de jugar al fútbol también lo habéis utilizado con los mismos propósitos —respondió Cristo—. Pero a lo que vamos, ahora quieren volar solos y hacernos sombra, siguiendo nuestro propio ejemplo y de no mediar medidas urgentes y drásticas es posible que de hacernos sombra pasen a hundirnos en la más profunda de las oscuridades»

En esta entrega…


«El diablo, contrariamente a lo que se piensa no se trata de un ángel caído, ni monsergas por el estilo, el demonio no es ni más ni menos que el conjunto de las cualidades esencialmente humanas en su estado natural, exentas de filtros impuestos por creencias divinas o protocolos humanos.
El diablo formaba parte del Paraíso como dios de las tinieblas aparte de otros merecimientos. Aunque nunca era convocado a las juntas le gustaba aparecer por ellas y ejercer en su vertiente de cojuelo»   

El día que los dioses prohibieron los goles

Por Alberto Giménez Prieto

OCTAVA ENTREGA. EL DIOS DE LAS TINIEBLAS.

—Para odiarme tanto como decís no cesáis de mentarme y por esas alusiones me corresponde responder. En primer lugar, a la pregunta del coleguilla Alá, he de afirmar que no sé qué verán lo humanos en el fútbol, pero desde luego diablos no ven. Nosotros no hemos sido de los que lo aprovecharon para sus intereses, como los aquí presentes.

La entrada del diablo fue sorpresiva como acostumbraba, lo que provocó un gran sobresalto a Yahvé, que no tolera sorpresas ni al diablo.

 —Por si los que todo lo saben aún lo ignoran, se trata de un deporte humano del que mis queridos colegas se aprovecharon, aunque lo denigren en público. Efectivamente mantengo que hay que ponerse al día, hay que modernizar nuestros métodos. Cuando los humanos crearon las religiones descubrieron que el “coco” podía hacerles daño o que la oscuridad podía anular la voluntad de los humanos, y por ello crearon los dioses que los protegerían. Pero el humano ha progresado mucho desde entonces, ya no teme al “coco”, busca expresamente la oscuridad cuando quiere gozar. No así los dioses que crearon, que siguiendo sus especificaciones siguen empeñados en protegerlos de la oscuridad. ¡Señores dioses, aprendan de sus seguidores y progresen con los tiempos! —El diablo disfruta de su perorata.

—Me extrañaba que no apareciese ese… Es mentarlo y… —dice Yahvé.

El diablo, contrariamente a lo que se piensa no se trata de un ángel caído, ni monsergas por el estilo, el demonio no es ni más ni menos que el conjunto de las cualidades esencialmente humanas en su estado natural, exentas de filtros impuestos por creencias divinas o protocolos humanos. Estos atributos humanos han ido cambiando con el transcurso del tiempo. Aunque en ocasiones, y para su supervivencia, tuvieron que mimetizarse al socaire de lo que imponían las religiones, las civilizaciones, los protocolos, las tendencias, etc. Para las que dichas cualidades permanecieron estáticas. En el diablo estas cualidades han permanecido inmutables, solo sus manifestaciones se acoplan al paso del tiempo. El diablo formaba parte del Paraíso como dios de las tinieblas aparte de otros merecimientos. Aunque nunca era convocado a las juntas le gustaba aparecer por ellas y ejercer en su vertiente de cojuelo.

Su apariencia también difiere de las imágenes a que nos tienen acostumbrados, no es rojo con cuernos y rabo. Es muy pálido, dada su ubicación en las tinieblas, viste al gusto occidental, bueno lo de gusto lo dejaremos en cuarentena. Lleva una camisa clara con puños y cuello de otro color, cuyos faldones desaparecen muy pronto, antes de llegar al ombligo dentro de unos pantalones de pata de elefante cuyos bajos vueltos distan un palmo del suelo, lo que permiten ver unos zapatos de rejilla de dos colores de la gama de los marrones con un blanco marfil. Y dos prendas que son casi un símbolo en él, los gruesos tirantes que amenazan con forzar a que el pantalón le desgarre desde la ingle al esternón y unas gafas de sol de espejuelos.     

—Entregas anteriores—

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