Serás hija mía y del silencio

Ana Alvedro ha reunido el valor necesario para hablar con Bernardo y revelarle que tiene una hija suya. Bernardo desea romper lazos totalmente con Ana, pero también con la infiel de Helen. Ana confiesa a su bebé que “hasta que tu padre no te reconozca de modo oficial, serás hija mía y del silencio”. Pero algo ha cambiado en ella, ya no le tiene miedo al mundo…

Así terminaba la entrega anterior, Presagios cumplidos, 17ª de En el fin de la Tierra, una novela de Rocío Castrillo, llena de secretos inconfensables.

«Esa misma noche de diciembre de 1992, Ana Alvedro decidió telefonear a Bernardo. En multitud de ocasiones sintió la tentación de hacerlo, sin atreverse… La situación actual era distinta. Ya no se percibía a sí misma como una criatura débil y temerosa del fracaso. El nacimiento de la niña que llevaba su mismo nombre trocó su carácter débil por el de una mujer fuerte; una madre tenaz que luchaba para sacar adelante a su hija, que había perdido el miedo y que no temía a nada ni a nadie. Descolgó el teléfono y marcó el número del padre de la criatura. Estaba muy lejos de intuir las funestas consecuencias de aquel ataque repentino de valor»

En esta entrega…


«Se congratulaba de haber sido capaz de retar al hombre que amaba y odiaba de modo simultáneo y en silencio. Y de hacerlo sin un ápice de cobardía, con el arrojo propio de las personas decididas; de la gente cuya actitud envidiaba antes de que la seguridad en sí misma se convirtiera en su mejor aliada. Perdió el miedo al fracaso»

EN EL FIN DE LA TIERRA

Por Rocío Castrillo

DÉCIMA OCTAVA ENTREGA. SERÁS HIJA MÍA Y DEL SILENCIO.

—¿Diga?

Escuchó una voz apesadumbrada y seca. No le pareció la de Bernardo.

—Buenas noches. ¿Podría hablar con Bernardo Castro? —solicitó a su interlocutor, que la reconoció ipso facto.

—Soy yo, Ana. ¿Qué quieres? —le preguntó, con una frialdad inusitada.

Ella le contestó en el mismo tono frío.

—Necesito que hablemos. En persona —especificó.

—¿Para decirme que soy el padre de tu hija? Me lo contó tu hermana hace poco, cuando estuvo en Madrid.

—¿Mercedes? ¿Cómo se atreve a hacer algo así sin pedirme permiso? Estoy harta de mi perfecta hermana y de sus buenas intenciones de ayudarme. A ver si se entera de una vez que no la necesito, que puedo valerme por mí misma —protestaba en voz alta.

Por unos momentos olvidó que Bernardo la escuchaba al otro lado del hilo.

—Arregla tus problemas con Mercedes como puedas. A mí no me metas en eso. No me interesa y tampoco me incumbe.

—Si crees que no te incumbe, lo siento. Haberlo pensado la noche que me ofreciste tu cama. Los actos que cada uno comete tienen consecuencias y no pienso librarte de asumirlas —amenazó, armada de una valentía que asustó a Bernardo y le obligó a enmudecer. Ella siguió, desafiante.

—Dime cuándo vendrás a verme. A no ser que prefieras que vaya yo antes a la Policía.

—De acuerdo —cedió, inquieto.

—Entonces, ¿cuándo? —insistió Ana.

Bernardo dudó unos instantes y permaneció callado. Demasiados problemas en la misma noche. Se veía obligado a afrontar la infidelidad de Helen y a librarse como pudiera de las exigencias de Ana. Buscó en el tiempo a su mejor aliado y se dispuso a contestar.

—Estamos casi en Navidad y tengo mucho lío. Te prometo que iré el próximo año.

—Que sea en enero, Bernardo. No pienso esperar todo el tiempo que a ti se te antoje.

—Vale. En enero nos vemos —aceptó, sin tener claro si al final acudiría a la cita.

—Volveré a llamarte por si acaso se te olvida —le advirtió ella en tono cínico. Adiós —se despidió, seca.

Escuchó el ruido del aparato al colgar y, enfadado, dio un puñetazo en la mesa. Se levantó del sofá y se dirigió a su alcoba. Abrió el primer cajón de la cómoda y sacó un pañuelo blanco. Lo dejó caer sobre su rostro y lo inundó del sudor frío que desprendía cada poro de su piel. Estaba temblando. Se cubrió con la manta de lana que había sobre su cama y encendió el radiador. Volvió al salón, se tumbó en el sofá y entrecerró los ojos. Aguardaría así la llegada de Helen. Arrebujado en la misma manta que tantas noches compartieron, tuvo claro que la relación entre ambos debía terminar. Y no solo la que mantenía con Helen. También era preciso romper el lazo que lo unía a Ana. Aún no sabía cómo, pero la necesidad de hacerlo se presentó clarísima ante sus ojos, cansados de escudriñar el desfile de imágenes que enviaba su mente confundida y asustada.

Ana, por su parte, se regodeó en su satisfactorio estado de serenidad. La conversación con Bernardo le quitó de encima una losa que aplastó cada fibra de su ser durante dos años. Un tiempo en el que consiguió la estabilidad laboral, aunque todavía la ahogaba por su incapacidad para resolver el mayor conflicto de su vida personal: la contradicción de sus sentimientos hacia el padre de su hija. Se congratulaba de haber sido capaz de retar al hombre que amaba y odiaba de modo simultáneo y en silencio. Y de hacerlo sin un ápice de cobardía, con el arrojo propio de las personas decididas; de la gente cuya actitud envidiaba antes de que la seguridad en sí misma se convirtiera en su mejor aliada. Perdió el miedo al fracaso y no le importaba que él rechazara su responsabilidad. Estaba segura de que, por las buenas o por las malas, tendría que aceptar a su hija. Su identidad dejaría de ser anónima el día en que eso llegara. Ella misma se encargaría de pregonarla por todos los confines del Universo.

De momento, decidió seguir callada. En casa solo estaban ella y la niña, que jugaba sobre una vistosa alfombra de colores. Nadie pudo escuchar la llamada. “Esto no ha pasado. En enero ya veremos”, pronunció en voz alta con la pretensión de afianzar su convencimiento. Se dirigió a su hija, besó sus mejillas sonrosadas y le sonrió. “Hasta que tu padre no te reconozca de modo oficial, serás hija mía y del silencio”, le dijo. La criatura, con algo más de un año, empezó a llorar como nunca lo había hecho en su corta vida. Ana se asustó. “¡Anda que si un bebé tan pequeño puede darse cuenta de lo que ocurre!”, exclamó con temor. Cogió a la niña y la estrechó entre sus brazos. “Mi bebé, mi bebé. No llores, tesoro. Te prometo que pronto sabrás quién es tu padre. Lo obligaré a que se presente como tal, ante ti y ante el resto del mundo”, predijo, sin saber que pasarían muchos años hasta que su deseo se cumpliera…

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El pasado vuelve…

—En el fin de la Tierra—

UNA NOVELA DE ROCÍO CASTRILLO

El pasado vuelve… Para cambiar el presente

“Vidas edificadas sobre secretos inconfesables sin calibrar sus consecuencias.”

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