Cada día es un sueño y una nueva realidad

La obra de títeres ayuda a Jesús a encontrarse con su pasado, olvidado desde el trágico accidente que le dejó huérfano. Ahora recuerda a su padre en la herrería y sus sabios consejos. Por fin conoce el auténtico espíritu de la tía Dolores. «Cada día es un sueño y una nueva realidad», le dice.

En esta entrega, el director del Psiquiátrico concluye el primer relato de Juan de Dios y anota su primera observación sobre su paciente excepcional.

En la entrega anterior Dolores escapa del teatro de marionetas. Es entonces cuando, Jesús el herrero, se percata de lo que hasta entonces le había pasado desapercibido: la auténtica personalidad de Dolores, La tía Dolores es Libertad, 18ª entrega de ¡Qué día el de aquella noche!:

«Me alegré de la fuga de Dolores y a partir de entonces decidí ir en su busca sin importarme el tiempo que necesitase. Desde la puerta me giré para decir a las marionetas:

—Si lo que pretendéis es apresarla, no lo conseguiréis nunca»

En esta entrega…


«En tiempos muy remotos, cuando los hombres empezaron a tomar conciencia de sí mismos, concibieron a Dolores tratando de dar equilibrio a sus vidas.
Su llegada les llenó de alegría, pero esa alegría fue pasajera ya que comprobaron que Dolores crecía y crecía sin límite y la realidad les demostró que no podían ejercer ningún dominio ni control sobre ella.
Algunos se arrepintieron de haberle dado cobijo y la expulsaron de sus corazones olvidándola por completo. Otros, que resultaron ser muy pocos, fascinados por su grandeza la siguieron y la llevaron en su corazón. Los que la echaron al olvido idearon una sustituta ideal en extremo controlable y dócil a la que llamaron Gloria»

¡QUE DÍA EL DE AQUELLA NOCHE!

Por Ignacio León Roldán

DÉCIMA NOVENA ENTREGA. CADA DÍA ES UN SUEÑO Y UNA NUEVA REALIDAD.

Era el último día de invierno y la mañana se presentó muy fría.

Descolgué el abrigo del viejo perchero, salí a la calle con el corazón pletórico de alegría y enfilé andando hacía la herrería que no se hallaba muy distante de la casa.

A mitad de camino, el viento racheado, portador de gotas muy finas de lluvia que indicaban el inicio de una fuerte borrasca, me hizo acelerar el paso y recorrer la distancia que faltaba en escasos minutos.

Una vez en el interior de la herrería cambié la ropa de calle por la de trabajo y di comienzo al ritual de alimentar la fragua. Apilé el carbón en el centro, lo prendí y acto seguido aticé el fuego.

Al recibir el aire del fuelle entre el montículo, se perfiló una llama que me recordó el eterno cigarrillo en la comisura de los labios de mi padre.

Cerré los ojos y lo vi balanceándose en la mecedora con la mirada limpia, llena de paz, haciéndome señas para que me acercara.

Ilusionado ante la expectativa de pasármelo bien me acerque presuroso y cuando estuve a su lado me dijo:

—Hijo, hoy quiero contarte un cuento, pero antes tienes que prometerme que prestarás mucha atención.

—Te lo prometo, papá —dije emocionado, porque mi padre los contaba como un verdadero genio.

—Bien, pues presta mucha atención:

En tiempos muy remotos, cuando los hombres empezaron a tomar conciencia de sí mismos, concibieron a Dolores tratando de dar equilibrio a sus vidas.

Su llegada les llenó de alegría, pero esa alegría fue pasajera ya que comprobaron que Dolores crecía y crecía sin límite y la realidad les demostró que no podían ejercer ningún dominio ni control sobre ella.

Algunos se arrepintieron de haberle dado cobijo y la expulsaron de sus corazones olvidándola por completo. Otros, que resultaron ser muy pocos, fascinados por su grandeza la siguieron y la llevaron en su corazón. Los que la echaron al olvido idearon una sustituta ideal en extremo controlable y dócil a la que llamaron Gloria.

Dolores no se resignaba al olvido en que estos la tenían, por eso no cejaba en el empeño de conseguir que la acogiesen de nuevo. Le resultaba del todo imposible, al estar Gloria tan afianzada en ellos. Esta se partía de risa al ver como una y otra vez era rechazada cuando se hacía presente.

El caso es que aun hoy día sigue a la espera de que los hombres se den cuenta del engaño al que les tiene sometido Gloria y comprendan que ella es la auténtica realidad de sus vidas.

Así es que solo depende de los pocos que no la olvidaron, que ella siga existiendo por derecho propio en el lugar del que nunca debió salir.

—¿Eso es todo? —le pregunté, decepcionado, con cara de no haber entendido nada.

—Jesús —dijo mi padre muy serio—, quiero que nunca olvides este cuento, aunque sé que todavía eres muy pequeño para comprenderlo espero que algún día puedas llegar a hacerlo.

Mi padre, que por lo general siempre se mostraba amable y risueño, lo dijo con tal gravedad que pensé que me estaba regañando, por eso me eché a llorar.

Sorprendido por la reacción me estrechó entre sus brazos, sonrió y me tranquilizó diciendo:

—Hijo, la cosa es seria, pero no para que te lo tomes así.

A continuación me desafió conteniendo la risa:

—¡Oye! ¿Quieres que echemos un partidillo de fútbol a ver si de una puñetera vez eres capaz de ganarle a este supercampeón del mundo mundial?

—¡Bah!, pero si siempre te gano —le contesté, fingiendo desgana, y nos echamos a reír.

Creí que era el humo de su pitillo la causa de que me picaran los ojos hasta que me di cuenta de que era el carbón que se apagaba por falta de aire. Conecté el extractor para ventilar el ambiente cargado del taller y removí las cenizas para atizar el fuego de nuevo.

El deseo de acabar lo antes posible, el emblema que hacía tiempo había desatendido, se apoderó de mí. Desenterré el metal que previamente había introducido y, apoyándolo en el yunque, lo golpeé con ánimo hasta darle forma a la última letra.

Llevaba un buen rato batiendo y el esfuerzo realizado me empapó la frente de gruesas gotas de sudor, por lo que dejé de golpearlo. Me sequé y volví a introducir el metal, ya frió, en el rescoldo.

Sonreí pensando que en la siguiente batida estaría terminado el trabajo que iba a ser el símbolo que destacaría en el dintel de la puerta de entrada de mi casa, y en la extraña manera en que unas horas antes había llegado el recuerdo del emblema inacabado.

El chisporroteo del carbón, avisando que la fragua estaba lista, me sacó del ensueño. Me alegré de haber rechazado la invitación del rector a ingresar en el seminario después del brutal choque de conciencia y de haber decidido adaptarme a la realidad para soñar cómo podría cambiarla, porque de no haberlo hecho así, habría continuado engañado por la tradición.

Sonreí, satisfecho, al rematar la letra, y la engarcé, junto con las demás, en el emblema que poco después coloqué en el dintel. Me tomé el resto del día libre.

A la mañana siguiente al volver a casa a la hora del almuerzo reparé en las letras que, iluminadas por el sol primaveral, irradiaban un brillo especial preñado de infinidad de espléndidos colores. Extasiado, contemplé su proclama:

Digno y admirable el Conocimiento es. Pero mucho más apetecible y maravillosa es la Libertad.

Deslumbrado por la maravilla de su contemplación no advertí la presencia hasta que se manifestó diciendo:

—¡Ya estoy aquí contigo, Jesús!

Volteé la cabeza, la reconocí y le dije absolutamente turbado:

—Siempre te estuve buscando, pero aún con más pasión, si cabe, desde aquel día a la salida del teatro cuando me guiñaste y te perdiste en la lejanía, ¡Dolores!

—Tu grandeza ha sido la imperfección que te ha creado dudas y curiosidad, provocando que te hayas construido a ti mismo para hacer posible nuestro encuentro —me dijo.

Unos lastimeros graznidos y zureos a los pies de Dolores llamaron mi atención y comprobé, estupefacto, que provenían del cuervo y las palomas, que estaban agonizando.

Dolores, amorosamente, me cobijó entre sus enormes alas y mientras entrábamos en la casa juntos ya para siempre me susurró dulcemente:

—Cada día es un sueño y una nueva realidad.

Silvestre no había perdido ni un solo detalle, ni una sola palabra mientras su padre hablaba. Cuando terminó le preguntó intrigadísimo:

—Papá, ¿estará la tía Dolores siempre a nuestro lado?

—Sí, hijo, con nosotros y con todo aquel que la desee.

—¿De verdad que nunca se irá?

—Nunca, siempre que se la ame de corazón…

*****

Antonio no daba crédito a lo que acababa de leer. Iba a apuntar las impresiones que le había causado en su agenda de trabajo pero se lo pensó mejor y las anotó en la suya particular.

La observación decía: Combate contra la soledad.

Tesón, esfuerzo y trabajo duro. Aparición de libertad.

—Entregas anteriores—

«1,«2,«3,«4,«5,«6,«7,«8,«9,«10,
«11,«12«13, «14, «15, «16«17, «18…

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Su pasión por la libertad le encerró en un Psiquiátrico

¡Qué día el de aquella noche!

Una novela de Ignacio León Roldán

En un mundo donde los selfies, el ego y los espejos están por encima de todo, ¡Qué día el de aquella noche! reflexiona sobre si con la libertad  uno llega a conocerse a sí mismo.

Juan de Dios liberó a los monos de un zoo y eso le costó su libertad.

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