Tres amigos, entrega 29 de la novela de Cecilia Barale "El coleccionista"

Raúl Mosconi acaba de recibir una llamada de teléfono inquietante. Después de un ruido seco, su interlocutor ha cortado. Tras la muerte de su amigo íntimo Ibrahim, director de la Bibilioteca de Bagdad, todo se ha vuelto confuso. Mosconi repasa mentalmente la historia de su amistad con Ibrahim y con Michael. Tres amigos: un ateo, un protestante y un musulmán.

Así terminaba la semana pasada La más terrible y profunda de las soledades,  28ª entrega de El coleccionista:

«A Michael lo había conocido alrededor de los treinta años. Habían coincidido en un evento en Londres. Ibrahim estaba allí visitando a parte de su familia, Michael trabajaba en la ciudad y Raúl estaba en uno de sus tantos viajes de placer. Londres era un lugar que le fascinaba. El cielo gris de la ciudad era algo que el coleccionista encontraba particularmente hipnótico»

En esta entrega…


«Era como si sospechara que cualquiera, en cualquier lugar, podría inculparlo del delito de crítica al régimen, algo que se castigaba frecuentemente con la muerte. Ahora, cuando por fin veía cumplido su sueño de un Irak libre de Saddam Hussein y su prole, había encontrado la muerte a manos de su propio hijo»

EL COLECCIONISTA

Por Cecilia Barale

VIGÉSIMA NOVENA ENTREGA. TRES AMIGOS: UN ATEO, UN PROTESTANTE Y UN MUSULMÁN.

La noche que los tres coincidieron en una cena benéfica los organizadores habían decidido agrupar a sus invitados según sus intereses. Los tres se sentaron en la mesa junto con dos historiadores, un sociólogo y un egiptólogo. Los dos amigos enseguida se sintieron cómodos con la presencia de Michael y a los diez minutos de estar sentados comenzaron a charlar sobre Aristóteles. Los tres hombres admiraban la cultura griega y divagaron sobre las causas de la caída del Imperio. Después de charlar animadamente toda la noche, decidieron cenar al día siguiente. No todos los días se encontraba gente con la que se compartiera tanto. No tardaron mucho en hacerse grandes amigos. Se volvieron confidentes y cuando estaban los tres juntos, las conversaciones podían llegar a prolongarse por horas. Las discusiones eran ácidas y profundas. A Raúl le divertía mucho hacer enojar a Ibrahim con algún comentario malicioso sobre su país de origen. A pesar de que el iraquí ya conocía las bromas del español, siempre seguían molestándole. Para Raúl, estos dos hombres tenían especial importancia: después de la decisión de su hermano, se sentía un hombre completamente solo. La determinación de ordenarse sacerdote era mucho más de lo que podía soportar. Para él, la Iglesia significaba la anulación del pensamiento crítico. Solía repetir que lo contrario de la sabiduría no era la ignorancia, sino la fe. Todo, absolutamente todo, lo que representaba la Iglesia como institución era la creación de alguna mente para dominar a los fieles. No solo no creía en Dios, con el tiempo había dejado de creer en los hombres. Sostenía que la mejor prueba de la no existencia de Dios era justamente la Iglesia misma.

“Si existiera, jamás permitiría que algo tan corrupto como la Iglesia se hiciera llamar Su casa”. A veces, en su férrea actitud atea, culpaba a la Iglesia de tantas cosas que sus argumentos parecían infantiles.

Ibrahim era musulmán. Su religión era algo de lo que nunca se hablaba en el grupo. Su fe parecía ser la única que Raúl no se atrevía a cuestionar.

Raúl sabía que él seguía frecuentando a su hermano Ernesto. A pesar de que no le gustaba para nada la situación, Ibrahim jamás le dio la posibilidad de opinar sobre el tema. Cuando Raúl criticaba a Ernesto, o viceversa, él solo se mantenía en silencio.

El iraquí era una persona increíblemente inteligente. Había hecho su carrera en la Universidad de El Cairo y luego había regresado a su tierra donde se hizo cargo de la Biblioteca Nacional. El sueldo no era demasiado bueno y sus opiniones políticas exacerbaban a Saddam con frecuencia, pero no había nadie más capacitado para manejar semejante edificio con algunos de los libros más antiguos de Medio Oriente. Había estado preso varias veces. Sin embargo, jamás había querido hablar de esos momentos. A pesar de tener familia en Londres y Barcelona, nunca se le había cruzado por la cabeza pedir asilo político allí, quizás porque sabía la suerte que correría su familia iraquí si lo hacía. Se cuidaba mucho al hablar sobre el régimen de Saddam, aun a pesar de estar a kilómetros de distancia de Bagdad. Era como si sospechara que cualquiera, en cualquier lugar, podría inculparlo del delito de crítica al régimen, algo que se castigaba frecuentemente con la muerte. Ahora, cuando por fin veía cumplido su sueño de un Irak libre de Saddam Hussein y su prole, había encontrado la muerte a manos de su propio hijo.

Michael había sido criado en la fe protestante. Aunque seguía sus ritos a modo de herencia familiar, no se consideraba una persona demasiado religiosa. Vivía en Londres pero viajaba frecuentemente por trabajo a otras ciudades. Su pasión eran los libros. Se había convertido en un experto en la materia. Había trabajado como consultor para varias ONGs y había escrito varios libros sobre temas culturales. Lo que más le interesaba era el proceso de destrucción de los libros, de la cultura, de la historia.

Los tres amigos tenían un ritual que desde que se conocieron jamás se había interrumpido. Una vez al año, en el mes de noviembre, los tres se reunían en alguna ciudad del mundo. La única condición era que cada uno llevase un regalo para los otros. Como no podía ser de otra manera y a pesar de no ser algo previamente establecido, siempre se regalaban libros. Raúl solía buscar algún ejemplar durante meses para acudir a la cita con algo digno de admiración.

Ibrahim había tenido problemas varias veces para poder salir de Irak, pero gracias a sus contactos a nivel internacional, el régimen de Saddam siempre lo autorizaba, a pesar de reservarse el derecho de hacerlo siempre a último momento con la única intención de complicar el viaje. Era el precio a pagar por ser opositor, bastante mejor del que pagaban otros iraquíes. Bastante menor al que sus amigos suponían había pagado durante sus detenciones. A veces, Ibrahim temía que sus viajes fueran utilizados por el gobierno como una excusa para encarcelarlo o peor aún, ejecutarlo. Sin embargo, siempre volvía a su trabajo normalmente y solo sufría algunos hostigamientos de los oficiales del ejército de cuando en cuando. Eso, en el Irak de Saddam, era el paraíso. E Ibrahim lo sabía perfectamente.

Pero en el último encuentro, Ibrahim les había explicado que no había tenido tiempo de conseguir un buen regalo. “Es el bloqueo. Es casi imposible conseguir remedios, ni digamos libros…”, se excusó. Prometió que apenas pudiera se los enviaría por correo. Y así fue que, meses más tarde, Raúl recibió un simple ejemplar en inglés de una obra de Agatha Christie. Raúl se sintió defraudado por la elección de su amigo. Él podía conseguir en cualquier librería uno de esos ejemplares y su amigo sabía perfectamente que era un libro que no le interesaba leer.

—Entregas anteriores—

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Nadie confía en nadie. Todos son sospechosos. Pero… ¿quién mueve realmente  los hilos?

El coleccionista, de Cecilia Barale

El coleccionista

Una novela de Cecilia Barale

Un coleccionista, una periodista y un restaurador persiguen el mismo tesoro, aunque por motivos diferentes: el mapa que lleva a la tumba de Alejandro Magno. Nadie confía en nadie. Todos son sospechosos. Pero, ¿quién mueve realmente los hilos? Todo empieza con el saqueo de la Biblioteca de Bagdad, y la destrucción y el robo de las grandes reliquias de la Humanidad.

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