El sufrimiento de los vampiros, ilustración de la entrega 27 de El esclavo de los nueve espejos

El sacerdote retrasa la ansiada confesión y absolución del vampiro, con la esperanza de que los primeros rayos del alba acaben con la vida de Balmes. Mientras, le seduce con palabras para que le cuente cosas del vampirismo. Y Balmes, comprensivo, inocente, satisface su curiosidad, y le relata el sufrimiento de los vampiros.

Así concluía la entrega anterior Dónde tienen los hombres el corazón, 26ª entrega de El esclavo de los nueve espejos, historia de una maldición: 

«Contempló su iglesia como como si fuera por última vez, con afecto, melancólicamente. Sintió la tristeza de saber que había despreciado algo que, lo comprendía ahora, quizás demasiado tarde, le resultaba profundamente amado. Sin embargo, repasando sus rincones, se fijó en el ventanuco que casualmente filtraba hasta el reclinatorio, desde Oriente, la débil luz de la luna. Y se aferró a la esperanza. Cuando el sol despuntara sobre los cerros próximos, sus rayos llegarían por allí tarde o temprano y se posarían sobre la espalda del vampiro. Sólo debía, se dijo, entretenerle hasta entonces. Como fuese»

En esta entrega…


«Había intentado dialogar con Dios y no le había dicho nada. Ni siquiera le hizo indicaciones. Pero ¿se enfadaría el Señor si no le concedía la paz eterna al sanguijuelo arrepentido? ¿Debía sacrificarse él corriendo el riesgo de que Balmes le acabara devorando y le transformara en otro monstruo como él? ¡Un vampiro! ¡Ay, Dios!»

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

VIGÉSIMA SÉPTIMA ENTREGA. EL SUFRIMIENTO DE LOS VAMPIROS

Se dejó caer sobre uno de los alargados bancos de madera, lejos todavía del confesonario. Balmes preguntó qué le pasaba y le respondió que nada, que estaba cansado y aún quedaba tiempo. Podría relatarle, le pidió, cosas del vampirismo. Así aprovecharía la oportunidad para saber más del asunto antes de enviarle al paraíso. Eso dijo. Y Balmes, comprensivo, inocente, quiso satisfacer su curiosidad.

Le contó que la vida de los vampiros no era todo lo grata que algunos querían imaginar aunque la mayoría de las veces, eso sí, conseguían pasárselo bien. Y no siempre pecando. Pero, claro, tenían sus problemas. Por ejemplo, lo de no verse reflejados en los espejos. Todos los vampiros, a qué ocultarlo, eran coquetos, muy humanos en eso. Pero algunos condenados lo pasaban muy mal. Y sin distinción de sexos. Aunque, por su educación, las mujeres lo llevaban peor.

Él mismo tuvo una novieja madurita, allá por el diecinueve, detalló, que sufría lo indecible. Era tan sensible que maldecía su condición porque no podía atusarse ante el espejo. Pero ella, coqueta, disfrutaba dejando que le contase cómo la veía él. Y, de hecho, nunca le ocultó que le había elegido como pareja por su capacidad descriptiva. Conseguía, eliminando las arrugas, hacerla sentir la exacta medida de todos los recovecos de su piel. Le dibujaba hasta el menor detalle. Era su espejo verbal.

—Yo suplía con mi ingenio narrativo sus ansias de galantería. Incluso le daba polvos y aceites que le permitían adivinar los tonos de su piel y hasta los perfiles de su rostro. Pero resultaba un poco pesada hablando de sus tiempos de esplendor y hasta se empeñó en que le encontrase un espejo especial donde pudieran reflejarse los vampiros. Era una tarea imposible y acabó rindiéndose a la evidencia. Todos los anocheceres, cuando despertaba, me decía que estaría hecha un desastre. Y yo, cuando me aburría con sus quejas, le respondía: `Imagínate´. Y entonces, ella, se imaginaba. Y era lo peor.

Hernández comprendió el sufrimiento de los vampiros. Sobre todo porque a él también le encantaba mirarse todas las mañanas en el espejo de balancín que tenía en su cuarto y, aunque pareciera mentira, dijo sonriendo, se veía guapo.

—Bueno, padre, al grano —terció Balmes—. Que se está acercando el alba y no hemos empezado.

Y así era. Hernández había conseguido entretenerle tanto que una luz tenue y rosada se filtraba ya por las ventanas e iluminaba levemente la estancia. El vampiro consideró que las sombras se agazaparían pronto en los rincones y pidió celeridad. Pero él, Hernández, sólo pensaba en su propia salvación.

Era cierto que Balmes había conseguido emocionarle en ocasiones. Y había dudado. Incluso hubo momentos en que quiso creerle. Pero cada vez que se compadecía, le bastaba contemplar sus colmillos para volver a desconfiar.

Además, valoró, esa larga noche había intentado dialogar con Dios y no le había dicho nada. Ni siquiera le hizo indicaciones. Pero ¿se enfadaría el Señor si no le concedía la paz eterna al sanguijuelo arrepentido? ¿Debía sacrificarse él corriendo el riesgo de que Balmes le acabara devorando y le transformara en otro monstruo como él? ¡Un vampiro! ¡Ay, Dios! Era posible que no pudiera volar por su gordura y sus años. Y se vio a sí mismo hambriento, grupos de campesinos persiguiéndole con palos y horcas, escondido al fin en una gruta pestilente donde agonizaba sin morirse nunca. “¡Qué horror!”, exclamó en voz baja.

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Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

Historia de una maldición

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

UNA NOVELA DE RAIMUNDO CASTRO

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

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