El sonido de la muerte, ilustración de la entrega 24 de A tres pasos de Luna

Rosa está convencida que aquel día pudo oír el sonido de la muerte. Y así se lo repite a Luna cada vez que recuerda aquellos momentos. «La pude oír respirar —le dice—. ¡Te lo juro! Se paseó tranquilamente por toda la casa y, después de hacerlo, se tumbó junto a nosotras y nos observó un largo rato».

Así terminaba la entrega anterior, Salvar la vida, fingiendo un desmayo, 23ª parte de A tres pasos de Luna, la novela de Beatriz Cáceres que encogerá tu corazón:

«Y así lo hizo. Se arrastró hasta llegar a mí como pudo en cuanto se marcharon.

—Luna, cariño. Luna. ¡Luna! —Al no tener ningún signo evidente de respuesta por mi parte, comenzó a gritar pidiendo auxilio con desesperación mientras permanecía tumbada a mi lado incapaz de incorporarse por el dolor que le producían sus propias heridas.

No se movió de mi lado en todo el día. A ratos se desmayaba, a ratos volvía a gritar y a llorar pidiendo auxilio. Ni ella misma puede concretar con certeza cuánto tiempo estuvimos así»

En esta entrega…

« —Lo que temíamos ha ocurrido y… ¡no hemos prevenido a nuestras mujeres! Mira que os lo he estado advirtiendo y vosotros que no, que no va a pasar nada al estar alejados de todo. ¡Joder! ¿Se puede ser más imbécil? —La voz de Tomás se desgarraba entre sollozos y provocó que todos los demás deambularan por la cubierta levantando los brazos al cielo sin dejar de lamentar su suerte»

A TRES PASOS DE LUNA

Por Beatriz Cáceres

VIGÉSIMA CUARTA ENTREGA. EL SONIDO DE LA MUERTE.

Lo que siempre me dice, y me repite aún ahora con el paso de los años, es la impresión que se le quedó metida en el alma por el silencio que reinaba hasta donde era capaz de escuchar. Cada vez que lo recuerda, su cara cambia de color y le recorre un escalofrío por la espalda. Está convencida de que ese día pudo oír el sonido de la muerte.

—Luna, ese día La Bella —así llama a la muerte— estuvo con nosotras, a nuestro lado. La pude oír respirar. ¡Te lo juro! Se paseó tranquilamente por toda la casa y, después de hacerlo, se tumbó junto a nosotras y nos observó un largo rato, pero por extraño que pueda parecer consideró que no era nuestro momento. Nunca en mi vida he oído un silencio de esa magnitud. Cariño, se introdujo por la piel hasta rozarme los huesos. ¡Te lo juro por lo más sagrado! Y ese olor a flores secas dentro de un tarro de cristal cerrado, se coló por mi nariz invadiéndome por entero. ¡No te puedes imaginar lo que me cuesta olvidarlo! —Para la pobre es un verdadero suplicio hablar del tema aún ahora, y siempre acaba llorando.

Juan, mi querido Juan, se sintió morir cuando vislumbró una gran columna de humo en el perfil de la isla junto con otras más pequeñas. En ese momento estaba regresando junto a los demás pescadores de la Almadraba.

Soltó el timón y corrió hacia la proa para comprobar con desesperación que la vista no le engañaba al ver que también estaba ardiendo nuestra cabaña en el otro extremo de la isla.

—¡No puede ser! ¡Nooo!… —Su grito fue tan doloroso y primario que todos pudieron oírlo y pararon los motores a la vez. Las exclamaciones de dolor que se podían oír, desde unas y otras barcas, eran absolutamente desgarradoras.

Juan, cuando consiguió calmarse, cogió una maroma y la lanzó a la barca que tenía más cercana y así sucesivamente hasta que estuvieron todas enganchadas.

Tras asegurarse de que la sujeción era firme, saltaron de una en otra hasta llegar a la de Juan.

—Lo que temíamos ha ocurrido y… ¡no hemos prevenido a nuestras mujeres! Mira que os lo he estado advirtiendo y vosotros que no, que no va a pasar nada al estar alejados de todo. ¡Joder! ¿Se puede ser más imbécil? —La voz de Tomás se desgarraba entre sollozos y provocó que todos los demás deambularan por la cubierta levantando los brazos al cielo sin dejar de lamentar su suerte.

Lo peor era que Tomás tenía toda la razón.

Habían observado con asombro el deterioro de la situación desde hacía más de un año y de qué manera había aumentado la tensión en el desarrollo de los acontecimientos de forma progresiva. Todos los días laborables viajaban hasta la Cofradía de Alicante para vender el atún, al no poder descargar en el puerto de la isla por sus pequeñas dimensiones. Por esta razón, se convirtieron en testigos del alcance de los acontecimientos.

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Dos mundos condenados a no encontrarse. Tres pasos, la distancia que debes respetar.

—A tres pasos de Luna—

UNA NOVELA DE BEATRIZ CÁCERES

A tres pasos de Luna, novela de Beatriz Cáceres

“No me digas que es imposible. Así que cállate y bésame… hasta que me dejes sin aire”

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