Ilustración de la isla, entrega 20 de la novela ¡Qué día el de aquella noche!

Hace algo más de año y medio que Jaime captó a hurtadillas unas frases sueltas en una taberna portuaria: «en la isla…», «el fantasma…», «la vida se paraliza…» Desde entonces, cada fin de semana recorre más de doscientos kilómetros hasta El Anzuelo.

Comienza el segundo relato de este hombre libertario preso en un psiquiátrico: la isla.

En la entrega anterior el director del Psiquiátrico concluía la lectura del primero de los relatos del cuaderno de Juan de Dios, y anotaba su primera observación. Así terminaba Cada día es un sueño y una nueva realidad, 19ª parte de ¡Qué día el de aquella noche!:

«Antonio no daba crédito a lo que acababa de leer. Iba a apuntar las impresiones que le había causado en su agenda de trabajo pero se lo pensó mejor y las anotó en la suya particular.

La observación decía: Combate contra la soledad.

Tesón, esfuerzo y trabajo duro. Aparición de libertad»

En esta entrega…


« —Olvídalo, es un cuento para atraer visitantes. El fantasma no existe; solo la isla, en la que no hay nada de nada.
Cada vez más perplejo, si cabe, se interesó por saber el lugar donde se encontraba la isla.
—Muy cerca de aquí —fue la escueta respuesta.
—¿Dónde? —preguntó con los ojos desorbitados.
—¿De verdad quieres saberlo?
—¡Sí, sí, sí…!
—Te vas a llevar un buen chasco y además, por si te interesa saberlo, te diré que los incautos que allí se dirigieron, a la vuelta no parecían los mismos»

¡QUE DÍA EL DE AQUELLA NOCHE!

Por Ignacio León Roldán

VIGÉSIMA ENTREGA. LA ISLA DONDE SE PARALIZA LA VIDA.

2.La isla

Miércoles/Marzo

Como cada fin de semana —sin perder ni uno solo—, Jaime se presentaba en la taberna portuaria El Anzuelo.

No le importaban los doscientos y pico kilómetros que tenía que recorrer. Los hacía gustoso para poder practicar el deporte que más le apasionaba, el submarinismo.

Allí gustaba de escuchar las aventuras y hazañas que se contaban los marineros.

Hacía algo más de año y medio que captó a hurtadillas unas frases sueltas como «en la isla…», «el fantasma…», «la vida se paraliza…», «todo el que le ha ido a buscar…» o «en los más lejanos confines se podían oír las carcajadas…», le traían de cabeza.

Las tenía grabadas a fuego en la memoria. Las había acoplado en las historias más truculentas y fantásticas que en su imaginación —y esta era mucha— había desarrollado, pero por más vueltas que las daba, no era capaz de encontrarles sentido.

Más de una vez, estuvo tentado de preguntarles. Pero cómo les podría explicar que les había escuchado, puesto que era la única historia en la que bajaban el tono de voz y miraban de soslayo para cerciorarse de que nadie, que no fuese de la cofradía, pudiera enterarse de lo que se contaban.

Por eso, cuando sopesaba la reacción de los malencarados marinos, se contenía.

Nadie hubiera podido imaginar ni por lo más remoto que tras la inmutabilidad del rostro de Maruja, la propietaria de la tasca, en su interior poseyera tanta vida como un volcán en ebullición.

Era en extremo observadora, de ahí que se riera para sus adentros al contemplar las reacciones de los turistas y domingueros.

Lo vio aparecer y como de costumbre se abrió paso a codazos y empujones entre los clientes que a esa hora abarrotaban el local.

El sexto sentido le dijo que Jaime venia cambiado. Siempre tenía una bella sonrisa dibujada en los labios que irradiaba una despreocupada alegría.

Con disimulo, no le perdió de vista por el rabillo del ojo. Hasta que tomó asiento, en su sitio de costumbre.

Terminó de atender a una de las mesas donde cuatro marinos ya empezaban a jurar y blasfemar bajo los efectos de cinco botellas de ron.

Con la habilidad que da la experiencia, libró el pellizco que uno de ellos le lanzaba a las posaderas y resuelta se dirigió detrás de la barra a saludar a Jaime.

—¿Qué tal Jaime? Como siempre puntual a tu cita.

Hay que ver lo que te gusta la…

—Sí, la pesca submarina es mi pasión —contestó con cortesía—, pero se notaba perfectamente que su pensamiento andaba por otros derroteros.

—No le des más vueltas.

—¿A qué?

—A lo que estas pensando.

—¿Qué sabrás tú sobre lo que estoy pensando? Maruja lo dejó caer como quien no quiere la cosa:

—A lo que, tras poner la oreja, has escuchado qué se cuentan entre dientes los de la cofradía El Farallón.

No podía dar crédito a tanta sagacidad y se quedó cortado.

Ella, sin darle mayor importancia, le preguntó con una jarra de cerveza vacía en una mano y la otra apoyada en la palanca del grifo:

—¿Qué va a ser, lo de siempre?

—Sí, por favor.

Cuando observó como del grifo manaba un buen chorro de color amarillo oscuro —signo del alto contenido de alcohol— y, además, que al maniobrar el cierre, acompañándolo con una ligera presión sobre el mando, daba paso a dos dedos de generosa espuma, la boca se le hizo agua solo de pensar en el delicioso frescor de la cerveza y no tuvo más remedio que frotarse los labios para retirar la salivación que le empezaba a fluir.

No dio tiempo a que la dejara sobre el mostrador. Cogió la jarra en el aire, la llevo con avidez a la boca y le propinó un generoso trago.

Un lamento de placer y un chasquido de la lengua dieron paso a la pregunta que había postergado a causa de haber quedado hipnotizado por la contemplación de la caída del liquido.

—¿Cómo diablos has podido saber lo que estaba pensando?

El rostro de la interpelada no mostró ningún indicio de la gracia que le hacia el asombro que Jaime había demostrado cuando le interrogaba y dijo inalterable:

—Los de tierra adentro sois como niños, os creéis todo lo que escucháis.

—¿Qué es lo que piensas que he escuchado? Ella impasible contestó:

—El bulo del fantasma que se cuentan los cofrades en secreto.

—Pero… —no pudo terminar al ser interrumpido.

—Olvídalo, es un cuento para atraer visitantes. El fantasma no existe; solo la isla, en la que no hay nada de nada.

Cada vez más perplejo, si cabe, se interesó por saber el lugar donde se encontraba la isla.

—Muy cerca de aquí —fue la escueta respuesta.

—¿Dónde? —preguntó con los ojos desorbitados.

—¿De verdad quieres saberlo?

—¡Sí, sí, sí…!

—Te vas a llevar un buen chasco y además, por si te interesa saberlo, te diré que los incautos que allí se dirigieron, a la vuelta no parecían los mismos.

—Pues ¿qué les pasaba?

—En realidad no lo sé, ya que no se los ha vuelto a ver por aquí.

Maruja pareció meditar, pero enseguida añadió:

—No sé qué diantre encontrarían, pero el caso es que estoy más que harta de ir allí, y te puedo asegurar que, aparte de una escasa vegetación y vida animal, parece una isla desierta.

—Dime como puedo llegar a ella, por favor.

—La verdad es que no me gustaría perderte como cliente y amigo.

—No te preocupes, no me perderás.

—Está bien —dijo resignada—, desde la cala más al este de la playa, en línea recta dirección oeste, a eso de unas nueve millas, verás aparecer un enorme farallón que la circunda. Deberás acercar la embarcación a las rocas y desde allí no te quedará otro remedio que acceder a ella nadando media milla.

—¡Qué pena! —dijo Jaime—, al venir hacia aquí he pasado por el puerto y todas las embarcaciones de recreo están alquiladas. Así que no me queda otra que esperar al próximo fin de semana.

—¿Tanto te urge?

—Llevo muchísimo tiempo interesado en ella y ahora que sé donde está no puedo ir para salir de dudas, ¿no me digas que no es para pegarse un tiro?

Maruja, compadecida, depositó un juego de llaves en la barra y le ofreció la oportunidad de acercase a la isla en su vieja motora particular que, por casualidad, estaba anclada en la cala que le había descrito.

—No sé cómo agradecértelo —dijo emocionado por el inesperado ofrecimiento.

—Tomándote otra consumición —afirmó tirando de la palanca del grifo.

Mientras la consumía, le dijo que si le podía preparar comida para dos días.

Maruja le deseo suerte a la misma vez que le alargaba dos bolsas repletas de víveres. Jaime las recogió y, agradecido, traspuso la puerta.

—Entregas anteriores—

«1,«2,«3,«4,«5,«6,«7,«8,«9,«10,
«11,«12«13, «14, «15, «16«17«18, «19…

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Su pasión por la libertad le encerró en un Psiquiátrico

¡Qué día el de aquella noche!

Una novela de Ignacio León Roldán

En un mundo donde los selfies, el ego y los espejos están por encima de todo, ¡Qué día el de aquella noche! reflexiona sobre si con la libertad  uno llega a conocerse a sí mismo.

Juan de Dios liberó a los monos de un zoo y eso le costó su libertad.

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