Ilustración de la entrega Lágrimas que desgarran

Tras el saqueo de las tropas republicanas, los pescadores deciden acercarse a la isla. No tienen armas, pero deben asegurarse que no queda nadie en Tabarca. Juan es el escogido. La sensación de pena y dolor se adueña de él, por eso se permite llorar sin hacer ruido en su soledad del mar. Llora esa clase de lágrimas que desgarran, al ser las más dolorosas cuando se deslizan por la piel.

Así terminaba la semana pasada El sonido de la muerte, 24ª entrega de A tres pasos de Luna, la novela de Beatriz Cáceres que encogerá tu corazón:

«Habían observado con asombro el deterioro de la situación desde hacía más de un año y de qué manera había aumentado la tensión en el desarrollo de los acontecimientos de forma progresiva. Todos los días laborables viajaban hasta la Cofradía de Alicante para vender el atún, al no poder descargar en el puerto de la isla por sus pequeñas dimensiones. Por esta razón, se convirtieron en testigos del alcance de los acontecimientos»

En esta entrega…


«Se quedaron inmóviles ante la imagen esperpéntica que encontraron nada más cruzarla. El humo que desprendía cada una de las casas incendiadas, junto con la gran columna que ascendía de la iglesia, estaba siendo barrido por una pequeña brisa de mar formando pequeños remolinos cargados de cenizas»

A TRES PASOS DE LUNA

Por Beatriz Cáceres

VIGÉSIMA QUINTA ENTREGA. LÁGRIMAS QUE DESGARRAN.

Tomás era el más joven del grupo y el que primero se dio cuenta, por eso no dejó de insistir para que se tomaran medidas. Realmente no sabía cuáles, pero estaba convencido de que se tenían que tomar decisiones. Lo que le acarreaba eternas discusiones con los demás, pues todo se consensuaba dentro del grupo. Así que no le quedó más remedio que resignarse y admitir el resultado de una votación en la que se decidió que se mantendrían a la expectativa. Llegaron a este acuerdo por mayoría al pensar que la isla estaba alejada de todo aquello y creían con convicción que pasara lo que pasara, no llegaría hasta ella. Así que a Tomás no le quedó otra que aceptarla y limitarse a agachar la cabeza con resignación, esperando estar equivocado.

—¡Silencio! Bueno, vamos a pensar con calma en la situación. ¡Lo primero es lo primero! —La voz de Juan sonó como un relámpago cortando de raíz aquel caos—. Tenemos que asegurarnos de que sean quien sean los causantes, ya no se encuentren en la isla. No nos queda otra que eludir una confrontación, por lo menos en este momento. No tenemos armas ni nada a mano para poder defendernos.

—¿Y cómo lo hacemos? —preguntaron al unísono.

—Mi barca es la más pequeña. Me acercaré hasta el lugar desde el que pueda observar bien y le daré la vuelta entera. No encendáis los motores y permanecer aquí hasta que regrese. —Juan habló decidido, porque su barca era la más pequeña y a la que menos ruido le hacía el motor.

Cuando comprobó que todos habían saltado a la barca contigua, soltó la maroma y encendió el motor. Al mismo tiempo que se dirigía hasta la distancia adecuada, la sensación de pena y dolor se fue adueñando de él, por eso se permitió llorar sin hacer ruido en su soledad del mar. Lloró esa clase de lágrimas que desgarran, al ser las más dolorosas cuando se deslizan por la piel.

Redujo la velocidad todo lo que pudo cuando se aseguró de que estaba a la distancia adecuada para poder ver bien y le dio la vuelta completa a la isla. Una vez que comprobó que ningún tipo de embarcación fondeaba en su perímetro, puso proa para regresar al lugar en el que los demás lo esperaban a todo lo que le daba el motor.

Me cuesta mucho imaginar lo que pudo llegar a sentir al pisar tierra en aquellas circunstancias.

Decidieron fondear cerca de la Canteracon precaución, al ser una zona peligrosa para fondear las barcas. Este islote, en concreto, tiene una hermosa peculiaridad motivada por ser el lugar del que se extrajeron todas las piedras que se utilizaron para la construcción de la muralla y la iglesia. Parece ser que se formó un pequeño camino con los restos que caían al agua, creando un enlace artificial entre el islote y la isla, al que se puede acceder andando y donde el agua solo te llega hasta los tobillos. A este camino lo conocemos como el passet[1].

Caminaron embargados por un intenso y contenido silencio. Juan sentía martillear su corazón dentro del pecho en cada uno de sus pasos. Intentaba controlar las inmensas ganas de salir corriendo despavorido para buscarme, pero su sentido de la razón era más fuerte que él. Se limitó a seguir el mismo ritmo mientras que su mirada escudriñaba la puerta de san Gabriel. La última construcción por donde debían pasar para poder entrar en la ciudadela.

Observó las dos pilastras toscanas que la flanqueaban y, justo al entrar en ella para cruzarla, sus ojos se detuvieron en la frase esculpida en la piedra: “Construido y edificado por obra del Carlos III, rey de las Españas”.

¿¡De las Españas!? —Se preguntó ofuscado por la preocupación, a la vez que llegaba a la conclusión de que sin duda sería un buen momento para que levantara la cabeza—. Seguro que se volvía a morir si pudiera ver tanta estupidez. Mierda de vida. ¡Joder!

Se quedaron inmóviles ante la imagen esperpéntica que encontraron nada más cruzarla. El humo que desprendía cada una de las casas incendiadas, junto con la gran columna que ascendía de la iglesia, estaba siendo barrido por una pequeña brisa de mar formando pequeños remolinos cargados de cenizas. El aire era denso y se les introdujo en los pulmones haciéndolos toser, por eso no tuvieron más remedio que quitarse las camisolas para atárselas alrededor de la boca. Aun así, esto no les protegía una zona tan sensible como los ojos y no pudieron evitar lagrimear por el intenso calor.

Salieron corriendo todos a la vez.

Cada uno buscando lo que temían encontrar.


[1] Traducción: Pasillo.

—Entregas anteriores—

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Dos mundos condenados a no encontrarse. Tres pasos, la distancia que debes respetar.

—A tres pasos de Luna—

UNA NOVELA DE BEATRIZ CÁCERES

A tres pasos de Luna, novela de Beatriz Cáceres

“No me digas que es imposible. Así que cállate y bésame… hasta que me dejes sin aire”

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