Ilustración de la entrega un sobrecogedor silencio sepulcral

Jaime ha embarcado en dirección a la isla donde se paraliza la vida, a pesar de las advertencias de Maruja. El calor de la mañana es insoportable. De repente, a eso de una escasa milla, aparece el farallón descrito por Maruja. Jaime aún no lo sabe, pero su mente pragmática va a enfrentarse a un sobrecogedor silencio sepulcral, y a una magia extraña.

Así terminaba el fascículo anterior titulado La isla donde se paraliza la vida, 20ª entrega de la novela ¡Qué día el de aquella noche!:

«Maruja, compadecida, depositó un juego de llaves en la barra y le ofreció la oportunidad de acercase a la isla en su vieja motora particular que, por casualidad, estaba anclada en la cala que le había descrito.

—No sé cómo agradecértelo —dijo emocionado por el inesperado ofrecimiento.

—Tomándote otra consumición —afirmó tirando de la palanca del grifo.

Mientras la consumía, le dijo que si le podía preparar comida para dos días.

Maruja le deseo suerte a la misma vez que le alargaba dos bolsas repletas de víveres. Jaime las recogió y, agradecido, traspuso la puerta»

En esta entrega…


«Aún no había terminado de dar la primera pasada de observación cuando surgió lo inaudito.
No sabía qué pensar, su mente metódica, de la que se sentía tan orgulloso, quedó paralizada.
No podía dar crédito al suceso sobrenatural que se estaba desarrollando ante sus narices.
Retiró los gemelos, parpadeó nerviosamente y, para asegurarse, limpió una y otra vez las lentes.
Nada de nada, era cierto lo que estaba sucediendo. Era la tercera vez que repetía el mismo acto y tuvo que rendirse a la evidencia»

¡QUE DÍA EL DE AQUELLA NOCHE!

Por Ignacio León Roldán

VIGÉSIMA PRIMERA ENTREGA. UN SOBRECOGEDOR SILENCIO SEPULCRAL.

El calor esa mañana era insoportable. Cuando divisó la motora se despojó de la camiseta dejando el musculoso torso al aire. Con la agilidad que dan los veintitantos saltó al interior. Realizó las maniobras oportunas y se deslizó con lentitud en las limpias aguas. Como si de un marinero avezado en las artes de navegación fuese, trazó el rumbo precisión milimétrica.

En la borda halló unos potentes prismáticos. Cuando llevaba unas ocho millas navegadas, oteó con las lentes el horizonte.

De repente, a eso de una escasa milla, apareció el farallón descrito por Maruja. Recordó las indicaciones que esta le hiciera, arrimó la motora a uno de los entrantes y echó anclas.

Se puso el traje de submarinista, se colgó una mochila impermeable en las espaldas con las viandas, se adosó a la cintura otra bolsa de las mismas características con el pantalón corto, un par de camisetas, unas zapatillas y los binoculares en el interior y, sin titubear, se zambulló en las profundas aguas de un mar en calma.

Arribó, como un submarino, en la costa de la isla y se dirigió con paso incierto, presa de la agitación y del esfuerzo realizado, a la fina arena de la playa para dejarse caer exhausto.

Cuando se sintió recuperado cambió el traje por la ropa seca y colocó el equipo húmedo al cobijo de una exuberante palmera que, por su inclinación, acariciaba con las ramas de la copa las suaves olas que rompían en la arena.

Aspiró profundamente y al alzar la vista comprobó que el pico montañoso más alto no estaba muy retirado.

Inició, con paso cansino, la tortuosa escalada del pico para, una vez coronado, otear todo el contorno.

El sol estaba en su cenit y el calor era asfixiante así que, presuroso, sacó los anteojos y se los colocó para escudriñar hasta el más mínimo recoveco.

Aún no había terminado de dar la primera pasada de observación cuando surgió lo inaudito.

No sabía qué pensar, su mente metódica, de la que se sentía tan orgulloso, quedó paralizada.

No podía dar crédito al suceso sobrenatural que se estaba desarrollando ante sus narices.

Retiró los gemelos, parpadeó nerviosamente y, para asegurarse, limpió una y otra vez las lentes.

Nada de nada, era cierto lo que estaba sucediendo. Era la tercera vez que repetía el mismo acto y tuvo que rendirse a la evidencia.

Toda clase de aves y otra fauna terrestre se habían quedado estáticas, paralizadas y suspendidas, como si en ellas los centros nerviosos, junto a cualquier tipo de vida, hubiese desaparecido.

Pero no era eso todo, lo más sobrecogedor era el silencio sepulcral, que hacía, incluso, que el rumor del oleaje hubiera desaparecido, también, como por arte de magia.

De repente, la isla, tal y como había perdido todo asomo de vida, la recobró, como si allí no hubiese pasado nada.

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