Era de un rosa dulce, con un manillar alegre como su dueña, de llantas brillantes y gomas blancamente puras. Con ruedines y un timbre escandaloso que vibraba y alegraba los pasillos y los jardines aunque no tanto como las carcajadas de la criatura.

Casi de noche, todavía a oscuras, pues apenas habían despuntado las primeras luces del día, el ladrón se mueve en la penumbra, a tientas, y sigilosamente y a hurtadillas le roba a la niña su bicicleta. Un tierno infante que aún desconoce todo sobre el amargo sabor de la traición.

Cabizbajo el ruin carga la bicicleta de un rosa dulce, de llantas brillantes, con el timbre mudo, hasta la casa de empeño. No hay amor, no hay pasión, no hay misterio. El frío perito tasa el juguete como una mercancía de escaso valor. Escupe:

—Le podemos dar 12 euros.

—¿Solo? Cuesta nueva más de cien.

—Lo toma o lo deja, tenemos muchas.

Hubiera jurado que valía más, pero el injusto mercado, y sus balanzas de ofertas y demandas, no aprecia las risas de la niña ni la alegría de los padres cuando pedaleaba… Bueno, habrá que estirarlo. Con esto debemos comer toda la semana, piensa.

La lógica le aventuraba un regreso al hogar más ligero, ya sin la bicicleta. Y sin embargo, le dolían los brazos, notaba cargada la espalda, pero sobre todo arrastraba pesadamente un gran dolor incrustado en el alma que rajaba y acallaba un gigantesco grito de desesperación. Y eso que todavía no había pagado el precio de ver la cara de su hija.

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