¡Chacha! Lo escuché esta misma mañana en la calle. Sonó como un disparo directo a la consciencia. Un viejo sonido desterrado de la memoria invadía mi serenidad otoñal. Chacha, no, por favor. Mejor, cha cha chá. Tiene ritmo, cadencia, diversión, sensualidad… Y además te deja en el cuerpo, y en el alma, una agradable y placentera sensación.

Ni chacha ni sirvienta. Resultan ofensivos, despectivos, ultrajantes. Trascienden olor a rancio, a cabellerizas, a señorito. Hablan de nepotismos, privilegios, favores. Charlan de superiores e inferiores. Recuerdan el sometimiento a los deseos y las lujurias del patrón. Nos devuelven a un pasado no muy lejano de semi esclavitud.

Disponemos de más de 300.000 palabras en este idioma nuestro de cada día, en el español (o castellano, según quien lo diga). Seguro que podríamos hallar algo de respeto en ese vasto huerto de letras. Y un diccionario, hoy en día, está al alcance de cualquiera. Incluso del que escupe chacha.

—Hasta ahí podría llegar la broma. Puedo decir chacha o lo que me de la gana. O, ¿es que aquí no hay libertad de expresión?

—Sí, por supuesto, pero el lenguaje que utilizas también te califica a ti. Es un chivato sin conciencia, un delator de deseos escondidos.

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