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Raimundo Castro, autor de la novela El esclavo de los nueve espejos, historia de una maldición

»La maldición de la ajoadora retruena en la noche de luna llena y se desploma como una pesada losa sobre el déspota del señorito de Torrealba y de sus descendientes.

»Enfrentarás en cada uno de los espejos no ya tu reflejo, sino la sombra de un extraño. Cada uno de ellos contiene una alegoría, una metáfora de los destinos, de las debilidades y miserias, de los sueños y las fantasías de los humanos.

»El peón que pretende ser Dios, el incesto abordado con la sutilidad de las tragedias de Edipo o Electra, la tenebrosa pero verdadera leyenda de ‘El hombre del saco’ y finalmente, la auténtica divinidad que nace de la humildad platónica y de la búsqueda del conocimiento.

RAIMUNDO CASTRO: «El esclavo de los nueve espejos»

“El espejo no será para ti un camino que te invite a huir hacia mundos invisibles, sino prisión de agua que te expulse por siempre hacia fuera, como el pozo al ahogado, pero verás el brocal que nunca alcanzarás”. La maldición de la ajoadora retruena en la noche de luna llena y se desploma como una pesada losa sobre el déspota del señorito de Torrealba y de sus descendientes. “Cuando la luna brille sobre el azogue del cristal y su plata refleje el rostro de la noche –vociferó ensimismada—, tú, Emiliano Suárez, maldito general, recibirás los nueve espejos y en uno de ellos te quedarás atrapado para siempre”. Queda así encajado y dispuesto el leitmotiv de la última novela de Raimundo Castro, ‘El esclavo de los nueve espejos’.

Pero como la misma realidad demuestra, la línea de sucesión de los “señoritos” de Torrealba se debilita y uno de ellos no soporta el peso de la maldición. Entonces recurre a un sicario para que ejecute aquello para lo que no reúne valor: su muerte. Neblí, que así se llama este peculiar ejecutor, expolicía y troskista, una tremenda ironía del destino, resulta ser un personaje por apaleado, prudente. Un Segismundo consciente de que cada una sueña lo que es, aunque ninguno lo entiende.

Raimundo Castro te lleva de la mano en ‘El esclavo de los nueve espejos’ a un mundo surrealista y freudiano, entre el sueño y la realidad, donde enfrentarás en cada uno de los espejos no ya tu reflejo, sino la sombra de un extraño. Cada uno de los azogues (como le gusta describir al autor), contiene una alegoría, una metáfora de los destinos, de las debilidades y miserias, de los sueños y las fantasías de los humanos.

Y así, por ejemplo, te encontrarás con el peón que pretende ser Dios, el incesto abordado con la sutilidad de las tragedias de Edipo o Electra, la tenebrosa pero verdadera leyenda de ‘El hombre del saco’ y finalmente, la auténtica divinidad que nace de la humildad platónica y de la búsqueda del conocimiento. Pasarás por estancias como en la Divina comedia, hasta concluir un círculo de miles, de millones de prisioneros, y un final atronador.

Todo este viaje se desarrolla en un ambiente decimonónico en sus cenizas, “novocentista” en sus albores, pero con una literatura a la altura de los tiempos modernos: ágil, de lectura rápida y preparada para la reflexión.


»‘El esclavo de los nueve espejos’ te traslada a un mundo surrealista y freudiano, entre el sueño y la realidad.


El esclavo de los nueve espejos

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Este es el fragmento textual de ‘El esclavo de los nueve espejos’ que te ofrecemos. Se refiere al momento en que don Emiliano Suárez recibe de “un circunspecto gitano, silencioso y mohíno”, los “ocho espejos antiguos, ovalados, de angelical factura” en la puerta de su casa:

«Lo peor llegó cuando volvió la luna llena y proyectó sobre ellos su luz argentina. Don Emiliano descubrió, por fin, la esencia de esos espejos hasta entonces mudos. Se miró en uno de ellos que sostuvo, a penas, con las manos. Sintió que su personalidad se desvanecía. Desde el otro lado, otro hombre y sin embargo él mismo, le gritaba que quería salir de allí, atravesar el cristal. Pero no podía.

                 Cuando volvió en sí, lo había olvidado todo. Ni siquiera recordaba que se desmayó y que el espejo que sostenía en las manos se le había caído encima de los almohadones del diván. Pero supo que algo extraño se había apoderado de sus pensamientos.


»En esos días murió su esposa y no acudió al entierro. Su último acto razonable fue ordenar al criado rufián, elevado para entonces a la categoría de mayoral, que enviara a su heredero a un internado de Cáceres y se encargara él de administrar la hacienda.

De El esclavo de los nueve espejos


                 Tuvo perfectamente clara la misión aunque ignoraba su significado. Emprendió de inmediato la tarea de habilitar para los espejos una estancia especial. En el piso superior de una de las alas del edificio que pegaba al salón, hizo adecuar un extenso aposento, rigurosamente esférico, que recubrió completamente de lentejuelas que cubrían hasta la menor rendija. Incluso los respiraderos tenían barras de vidrio cuyas aperturas daban a diminutos espejos laberínticos que ocultaban todo asomo de luz natural pero permitían el tránsito del aire.

                 Completamente enajenado, el déspota se olvidó de su hacienda, su mujer y su hijo. Incluso de sus quimeras. Pasaba las horas encerrado en el cuarto fascinante, disfrutando las vidas de los seres infelices atrapados en aquellos espejos misteriosos y se convirtió cada día más en un esclavo de no sabía qué, ni quería saberlo jamás.

                 En esos días murió su esposa y no acudió al entierro. Su último acto razonable fue ordenar al criado rufián, elevado para entonces a la categoría de mayoral, que enviara a su heredero a un internado de Cáceres y se encargara él de administrar la hacienda.

                 Su condenación se aceleró de tal modo que él mismo la alimentó apartándose del mundo, comiendo apenas, autodestruyéndose. Su sometimiento a la voluntad de los nueve espejos fue, día a día, más acelerado y febril. Y llegó el momento en que, tentado por uno de ellos, quiso ver las cosas claras. Porque la auténtica realidad, se dijo, tenía que estar más allá del azogue».

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EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

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