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A mi manera

 

 

Libretería, 14 de febrero de 2017 (Entre Madrid y Almuñecar (Granada), España)

De pensar viene la rabia

Por Luis F.F. Simón

De pensar viene la rabia, dicen por ahí. Y es verdad, a veces es mejor no preguntarse el porqué de las cosas, ya que la conclusión a la que uno llega puede hundirlo en la miseria intelectual. No estoy hablando de otra cosa más que de las grandes preguntas de la humanidad. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?

La cotidianidad es un remedio infalible para este sufrimiento. Las necesidades personales, la rutina, toda esa capa de realidad que viste nuestras existencias, ocultan esa inquietud que todo el mundo, tarde o temprano, por al menos un segundo, ha manifestado. Si no deseas ser atormentado por estas incómodas preguntas durante el minuto y medio que tardarás en leer este pequeño artículo, puedes encender la televisión, preferiblemente en el canal 5 y seguir tumbadito en el sofá.

Escarbemos un poco, ¿de dónde venimos? Bien, con una educación básica responderíamos fácilmente a la primera pregunta: Venimos del mono.

¿Puedo poner ya la tele? No, espera.

De acuerdo, eso parece que está basado en hechos científicos. Y resulta que antes fuimos otros mamíferos más pequeños, también una rana, un pececillo y, en el origen de la vida, una célula que se formó no se sabe bien cómo a partir de unos elementos químicos que en el fondo están compuestos de electrones, protones y neutrones (por no entrar en partículas elementares más complejas: quarks, cuerdas…). Buah, ya hemos llegado hasta donde la ciencia explica, nuestro desarrollo científico ha partido la materia hasta los elementos más pequeños que nuestros instrumentos pueden medir. Pero, ¿es ese el camino para explicar la realidad? A mí me fascina la física cuántica y alabo la labor de nuestros científicos, pero creo que se omite un hecho de singular contradicción. Ninguna bata blanca ha explicado aún por qué en un mundo donde el principio de entropía reina en todos sitios, es decir, todo tiende a deshacerse, disgregarse, difuminarse y morir, un mundo donde los jarrones se pueden romper pero no se pueden recomponer solos, existe una cosa que se llama vida y que brega contracorriente frente a este torrente de destrucción, creciendo, seleccionando, reproduciéndose, y avanzando hacia un destino incierto. ¿Qué mueve la vida a ir cual salmón rio arriba? ¿Encontrará en la fuente la razón de su existencia?

Ok, si no sabemos nada, ¿para qué seguir haciéndonos preguntas sin respuestas? ¡Vaya pérdida de tiempo! Pondré la tele de una vez.

Espera un poco, anda. Esto enlaza con la segunda pregunta, ¿hacia dónde vamos? Esto se complica, porque plantea a su vez otra cuestión: ¿cuál es el motivo de nuestra existencia? ¿Evolucionar nuestra especie para ser cada vez más inteligentes? ¿Pero inteligentes en qué sentido? ¿Es sólo cuestión de supervivencia sobre otras especies? Una vez que nuestra supremacía como especie no está en entredicho (siempre y cuando no salga un virus nuevo que nos haga desaparecer, y eso seguramente sólo sería posible si lo creamos nosotros mismos), ¿cuál es nuestro fin? Es evidente el progreso científico y técnico que experimenta nuestra civilización de manera exponencial, y que cada generación vive más tiempo que la anterior. Los nuevos avances en medicina incluso nos repararán cuando algún miembro se nos estropee, cual taller de reparaciones perpetuo. Incluso podremos trasladar nuestro cerebro a un ordenador y migrarlo a la nube, dejaremos de tener sustancia física más allá de ceros, unos, y un código de programación. ¿Será eso el cielo? Ostia, a ver si la religión no iba tan mal desencaminada. ¿Por qué no? Ya que no estoy condenado a morir tirando de un saco de huesos, le pediría al ordenador que me pusiera una casita en la playa, con mis seres queridos, rodeado de felicidad… Bueno, entonces hemos creado un ser inmortal. Llegado a ese punto, ¿qué ocurriría con la civilización? Ya no harían falta más niños, la rueda de la vida y la muerte quedaría trabada. ¿Y entonces qué? Lo mismo va el tiempo y se detiene al no tener una razón para avanzar. Habríamos llegado al final de la partida, dado respuestas a las preguntas de los filósofos antiguos y los científicos modernos: qué somos, qué es el espacio, el sentido de la vida… pero no cantemos victoria, ¿podríamos poner la tele de una vez para relajarnos? ¡No! Nueva preguntas más inquietantes aún nos asaltarían. ¿Hemos conseguido llegar al fin del juego victoriosos o tenemos que volver al principio de la partida e intentar otros caminos para encontrar otro final diferente? Game Over. ¿Reiniciar partida? ¿Quién introduce una nueva moneda?

Luis F.F. Simón

Mixar López

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