El blog de AK-Mixar-47

 

 

Por Mixar López

Escribir es expeler lo vivido, le digo al periodista; han venido hasta aquí, ellos, ¿quién perras los ha mandado? Desconozco el medio, desconozco todos los medios de esta cochina ciudad gringa de mendrugos de edificaciones grises, masas fofas, gordas y rubias y mucha, pero mucha mamonería. Yo debería regresarme a vivir a Guerrero, a la exégesis de todo el descontrol y la catarsis de mi vida, de mis amores y obviamente de mis aprietos con la ley, la puta ley,  mis coqueteos con las drogas y el narco, porque yo fui un puto narco, uno de los sádicos y salvajes narcos de Guerrero, ¿qué quieres saber, en qué puta organización trabajaba? No, te aseguro que no quieres saberlo, porque yo debería regresarme al mar, a entibiarme las bolas con su agua salada y sus mujeres morenas, sirenas de los sicarios en la costa del dolor, donde por flores crecen fosas y de las fosas hedores que envenenan a la ciudad entera, incluyendo a los niños, futuros asesinos al servicio del gobierno, allí debería volver y hacer un ajuste de cuentas, yo debería bajar a algunos que pidieron mi cabeza en una nicho, pero en lugar de eso estoy contestando una puta entrevista, ¿por qué hago esto? Me encuentro bajo el cítrico sol de Des Moines, Iowa, la ciudad de los monjes y los gringos torpes, soy mexicano, le digo al  tipejo que acerca un micrófono hacia mi mandíbula, soy Mixar López, fui narco y ahora soy el dealer ilustrativo de todas las editoriales cursis de México, ¿cómo ves?

Libretería, 1 de abril 2017

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Yo no soy escritor...

Empezó todo ahí, en ese pequeño pedazo de tierra en donde los López teníamos el control profano. De niño andaba desnudo por los parajes turísticos de la costa, de adulto vagaba con las botas repletas de dólares, siempre me gustó el dinero, ¿qué le voy a hacer? Y así como dice la canción, la gente se preguntaba ¿en qué trabaja el muchacho? A mí me había abrigado el Cártel de Sinaloa, fundado en el ochenta y nueve, y aún liderado por Ismael Zambada y Joaquín “El Chapo” Guzmán. Aunque mi jefe directo era un especialista en “el clavo”. Yo era burrero, uno de los buenos, entregaba la droga a los diferentes puntos, claro,  en cantidades no tan grandes para que lo cabrones de más alto rango no tuvieran tanto arriesgue. Y lo hacía bien,  aunque quizá te parezca algo irrisorio: transportaba la droga en taras de plástico, de polietileno y de goma, con dos capas de queso y quince kilos de marihuana. El destino era el Distrito Federal, o la nueva Ciudad de México —gracias a la impericia de Mancera— de ahí era recogida por gente del Cártel de los Arellano Félix.

Delitos contra la salud en su modalidad de transporte de “mariguana”, esa fue mi infracción y según el fucking artículo ciento noventa y cuatro del título séptimo, se me impusieron diez años de prisión por producir, transportar y fabricar narcóticos.

Ahí adentro comencé a escribir, gracias a los veinte libros existentes en la mal llamada “biblioteca” del Cereso de Uruapan Michoacán. Comencé a escribir porque tenía muchas palabras atoradas en el gaznate, porque tenía que vomitar, yo tenía que sacarme todo este asco que venía desde dentro de mí, corría por las uñas de mis dedos y me alcanzaba hasta la lengua; como no podía vomitarlo debido a que comía poco en el puto torito, comencé a expeler por las manos, con la punta de mis dedos sosteniendo el lápiz, en pequeños retazos de papel que encontraba en los baños, papel con mierda y palabras con furia, así fue mi primera escritura y ¡no! Yo no tuve maestros, ni un puto vórtice, una coordenada sobre a quién leer o cómo escribir, a mí me forjó el cuchillo y el pito, metáforas ambos de mi literatura. 

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Edvard Munch

Yo no quiero ser Rimbaud, Bukowski, no quiero ser Thompson, no quiero ser Ellroy, no quiero ser Welsh, no quiero ser Amat, no quiero ser Dylan, como tú y toda tu narrativa complaciente escrita para las niñas fresas en las librerías Gandhi, no quiero ser la sensación del momento como Velázquez, no quiero ser Ortuño, no quiero ser Luiselli, Lozano, Padilla, yo tengo un nombre y tengo una literatura. Mi nombre es Mixar López y mi literatura es de la cárcel, no es un tatuaje falso, es un dibujo carcelario, feo, genuino, una auténtica marca de dolor. Mi literatura es un cristo deforme dibujado en una tetilla fría, sin vida.

Ahora tú me pides que te relate el “cómo se me pasó por la cabeza ser escritor”, me da risa tan sólo leer tu propuesta ¿Escritor? Prefiero quedarme aquí,  seguir con mis labores en el bricolage, en la albañileada pues, para que me entiendas, prefiero ser albañil toda mi vida antes de ir a México a presentar mi libro en festivales ominosos y cutres ferias de libro.

Yo no soy un escritor, no a tu usanza, no a la suya, ustedes no sienten la palabra, a ustedes no les ha dolido, no la han cagado, no la han sangrado, no la han vomitado, no se la han metido por la nariz, a la puta letra, a ustedes no les cuesta nada la palabra. Compran el libro de un amigo o de un autor con nombre popof y le roban sus ideas, a ustedes no les cuesta, ustedes no la urden, no la piensan, no muerden a la palabra, dejan que la puta palabra los muerdan a ustedes. Yo fui un "analfabeta" casi toda mi vida, pero aprendí a leer, aprendí a escribir, ¿para qué? Sólo para demostrarte lo que duele escribir una oración dentro, muy en el fondo, en las fauces oscuras de la cárcel, siendo violado por cien mil reos furiosos ávidos de nalgas y olvido, de redención y patria, de cólera y ardor en la verga; a ustedes no les cuesta nada la palabra, es por eso que yo no soy un escritor y nunca se me pasó ni se me pasará por la cabeza ser uno de ustedes.

Yo soy un triste albañil en la ciudad de los monjes y los gringos tontos, un albañil que a veces, de vez en cuando, expele verdades como expele la vida, bajo el sol cítrico de una ciudad ajena, con los recuerdos de la defunción acariciando mis dedos, que escribe el dolor y la soledad de estar lejos de mis familiares muertos, de mis fosas removidas, de mis amores cerdos. Escribo con la herida en el pecho en la que tú has hundido tu dedo para saber si soy o no un escritor, incrédulo con suerte. Pues no lo soy, no lo seré para ti nunca y nunca me postularé como uno, porque conozco la palabra y con esa misma palabra se escribe mi nombre, yo soy Mixar López.

Ahora todos quieren entrar a los medios, ese mundillo de ratas de laboratorio y editores que se creen más listos que sus propias ratas —los escritores— un mundo en donde las ratas se comen las heces de otras ratas, en donde el lector no importa, el mundo en donde el editor y el escritor se leen a sí mismos ¡Nunca un lector externo! Ese no importa, no hay cabida para los lectores genuinos en los medios mexicanos contemporáneos, sólo para las ratas, las ratas cagonas y las ratas come mierda.

¿Cuál es mi consejo para comenzar a escribir en estos medios? Sé complaciente con tus editores, regala tu trabajo, sé acomodaticio, nunca muestres más talento del que deberías, tu editor tiene toda la razón, nunca pidas una fecha de publicación, escribe sobre ti mismo, escribe sobre tu erección matutina, escribe en Vice y escribirás en todos lados, nunca pidas reconocimiento, tú no existes, ahí el editor es la estrella, el gran ratón cagón y come mierda de otros cagones más grandes que él y frente a los que agacha la cabeza. Si sigues todas estas normas, estarás listo para enlistarte en la gran comedia condescendiente que es la literatura en México.

Son las 8:46 en Des Moines, Iowa, voy en la caja de una troca que me aventará a mi “casa”. Mañana será otro día de mierda seguido por otro, no te preocupes, todo está bien, me digo a mí mismo, cualquier cosa es mejor que hundir la cabeza en la red social para asentir frente a las proezas de mi editor en turno. Acaricio mi pico y mi pala, mi ropa llena de pintura, estoy orgulloso de las palabras que he construido y de los pisos que honradamente he lustrado con sudor y niebla.