El folletín

 

Libretería, 24 de abril de 2017  

“I lived at the intersection of two worlds”

 

 

Después silencio. Punto muerto. Un callejón sin salida sobre la bruma del río de la Triple Frontera. Líneas de fuego cruzadas en una barca que se mece en el medio del Paraná, separando la culpabilidad de la inocencia, la realidad de los sueños. Un final de historia en el que sólo se oye el rumor de las aguas marrones y el graznido de los pájaros. Y nadie es culpable. Y nadie es inocente.

Se vieron las caras por primera vez hace apenas doce o trece horas.

Lo de las caras, claro, es una forma de decir.

Lo primero que Diego vio de Roxana fue el culo apretado y firme en el jean azul. Redondo como una manzana. Después subió por la espalda, encontró un mosquito picándola en la nuca y el rodete de pelo negrísimo. Caetano, en cambio, la vio de frente al llegar: los ojos verde pálido en el rostro anguloso, la boca joven y abundante, las tetas apenas dibujadas bajo la campera. Y desvió rápido la mirada para que el deseo y la larga temporada sin mujer no le jugaran una mala pasada.

Diego y Caetano sí se vieron a los rostros y se saludaron con un breve movimiento de cabeza. Después, separados por unos pocos metros y por las matas de pasto, cada uno de los tres buscaba su manera de enfrentar los mosquitos y la ansiedad. 

 'La frontera del azar' (1) 

Por Kike Ferrari

gallery/american-eagle-jeans-butt-blue

Roxana caminando. Unos pasos hacia la rivera el río, de vuelta hasta su bolso. Rivera, bolso; rivera, bolso. Y así. Sus diecisiete años estaban llenos de temor y esperanza. Amelia, su mejor amiga, la había llamado desde Posadas. Si lograba cruzar a la Argentina, tenía un trabajo para ella, nada con lo que se fueran a hacer ricas, pero un trabajo, al fin. Compartiendo el alquiler y con el cambio a favor, esa plata le permitiría mandar algo a su madre y sus hermanos cada un par de meses. Roxana sabía de las redes de trata que habían secuestrado ya a varias chicas de Roa Bastos, su pueblo, pero Amelia había estado en Roa Bastos el verano anterior, sola, hasta había llevado fotos y confiaba en que no le haría una cosa así. Además las redes solían usar como anzuelo un trabajo en un bar en el que, supuestamente, se ganaban fortunas por propinas y no un oscuro empleo de empaquetadora en un yerbatal. Por las dudas en su mochila cargaba un pesado revolver que había sido de su padre: si la esperaban para hacerla puta, alguno se iba a llevar la panza llena de plomo.

Caetano, en cambio, cargaba el arma como una extensión del cuerpo, apretada contra la cintura. Sabía que, recién fugado de la cárcel, lo único que tenía -lo que habían podido conseguir los de afuera para él- era un documento falso que no admitía una revisión demasiado exhaustiva, un puñado de billetes y esa Smith & Wesson de doce disparos. Le dolía un poco el brazo izquierdo que, mal vendado, colgaba en cabestrillo de su cuello y parecía estar roto en dos lugares. Pero llevaba la espera  tranquilo, quieto en su lugar. Después de varios años a la sombra, esperar se había transformado en una segunda naturaleza para él. Lo importante ahora era llegar al lado argentino y contactarse con los compañeros que lo esperaban para llevarlo a Buenos Aires. Desde ahí verían cómo recomenzar.

Diego también iba para Buenos Aires. Volvía, más bien. Después de un año sin conseguir trabajo había tocado fondo, por lo que, siguiendo la sugerencia de Cacho -uno de los pesados del Barrio y capo de la hinchada del Club- había vendido la moto e invertido todo en una mochila llena de marihuana que, bien fraccionada e inteligentemente vendida, le serviría para vivir por un buen tiempo.

– Llevate esto, por si acaso –le dijo Cacho el día que se iba. Y le dio una Nueve que le había robado a un policía, después de una pelea en la cancha de Chacarita.  

Kike Ferrari

gallery/kikeferrari1x1

Nadie es inocente es su segunda recopilación de cuentos (o relatos) -la primera: Entonces sólo la noche (2008)-, o como a él le gusta decir:

gallery/nadie es inocente

Nadie es inocente

Historias cortas, como canciones. Pueden escucharse todas o cada una por separado. Y, como todo buen álbum, hay una idea que lo recorre

Ayúdanos a crecer:

Este escritor argentino acumula en su haber y a pesar de su juventud, premios como el del Concurso de relatos policiacos de la Semana Negra de Gijón (España) en el 2010, por “Ese nombre” (incluido en “Nadie es inocente”),  además distintas menciones y accésit en Casa de las Américas (Cuba), Prix SNCF du polar (Francia) o Grand Prix de Littérature Policière.

Es de los que utiliza la crónica negra como género para la denuncia social. Los amigos de los calificativos le han llamado el Bukowski argentino. Y a pesar de sus méritos literarios saltó a las primeras páginas de la Prensa y la tv, por ser un escritor que trabaja en el Subterráneo (Metro) de Buenos Aires.