El folletín

 

 

Libretería, 11 de marzo de 2017  

París, 16 de julio de 1942

 

JACOB AYUDÓ A SU HERMANO A PREPARARSE, LLEVABA TANTO tiempo haciéndolo que sus movimientos eran mecánicos. Apenas hablaban mientras le quitaba el pijama, le colocaba los pantalones, la camisa y los zapatos. Moisés permanecía quieto, con la mirada perdida y una expresión de indiferencia que a su hermano a veces le producía cierta angustia. Sabía que ya tenía edad para vestirse por sí mismo, pero de alguna manera Jacob quería demostrarle que no estaba solo. Que permanecerían juntos hasta el final y que regresarían con sus padres a la primera oportunidad.

La primavera había pasado rápidamente, pero el verano, caluroso y sin clases, parecía interminable. Su tía Judith salía muy temprano a trabajar, pero ellos debían prepararse el desayuno, ordenar y limpiar el apartamento, comprar algunos comestibles en el mercado y asistir a la sinagoga para recibir la preparación para el bar mitzvá. Su tía Judith les había insistido mucho, Jacob ya tenía casi la edad para convertirse en un buen judío. A él todo aquello le parecía una estupidez. Sus padres nunca los habían llevado a la sinagoga, ni siquiera ellos habían sabido prácticamente nada del judaísmo hasta llegar a París. Su tía era muy devota, sobre todo tras la muerte de su marido en la Gran Guerra. 

Jacob terminó de vestirse y ayudó a su hermano a lavarse la cara; luego los dos se dirigieron a la pequeña cocina de azulejos blancos, que habían perdido el brillo de tanto frotarlos. La mesa desconchada, pintada de un color azul cielo, ya tenía en una cesta unas rebanadas de pan negro y algo de queso. Jacob tomó un poco de leche, la hirvió en el humilde hornillo de gas y la sirvió humeante en dos cuencos blancos. 

'Los niños de la estrella amarilla' (1) 

Por Mario Escobar

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Moisés comió con avidez, como si alguien fuera a robarle el pedazo de pan. A sus ocho años, no pasaba ni un segundo en el que no sintiera un hambre devoradora. Su hermano también era capaz de comerse todo lo que cayera a su alcance, por eso la tía guardaba las provisiones bajo llave en una pequeña despensa que daba a la cocina. Cada día les sacaba una pequeña ración para el desayuno y la comida; por las noches les preparaba una cena frugal, que solía consistir en una sopa con muy pocos fideos o una crema de verduras. Aquella era poca comida para dos jovencitos en pleno crecimiento, pero la ocupación alemana, cada vez más opresiva, estaba esquilmado las reservas del país.

Los franceses, sobre todo los parisinos, habían escapado en masa en el verano de 1940 hacia el sur del país, pero unos meses más tarde habían regresado a sus hogares, al ver que la barbarie alemana no era tan terrible como habían imaginado. La familia de Jacob no se había movido de la ciudad en aquel momento, a pesar de ser exiliados alemanes, pero su padre había tomado la precaución de refugiarse en casa de su hermana, con la esperanza de que los nazis no dieran fácilmente con ellos.

Jacob sabía que para los seguidores de Hitler su familia era doblemente maldita: su padre había militado en el partido socialista, durante años había escrito varias obras satíricas contra los nazis, por no hablar de que tanto su mujer como él eran judíos, una raza maldita para los nacionalsocialistas.

París se encontraba bajo el dominio directo de los alemanes, representados por el mariscal Wilhelm Keitel. Los nazis esquilmaban al pueblo. En aquella primavera de 1942 era casi imposible encontrar café, azúcar, jabón, pan, aceite o mantequilla. Afortunadamente, su tía Judith trabajaba para una familia aristocrática que, gracias al mercado negro, siempre estaba bien abastecida y le daba algunos alimentos básicos que habría sido imposible conseguir con las cartillas de racionamiento.

Tras el frugal desayuno, los dos hermanos salieron a la calle. La noche había sido muy bochornosa y la mañana presagiaba un calor infernal. Los dos niños corrieron escaleras abajo. En sus camisas desgastadas y zurcidas por su tía destacaban las estrellas de David relucientes con su intenso color amarillo.

El patio interior distribuía el edificio en cuatro portales, los más lujosos daban a la calle y los más pobres al inmenso patio de luces empedrado. En cuanto llegaron a él, supieron que algo marchaba mal. Corrieron hacia la calle. En un lado de la acera había aparcados más de una veintena de autobuses oscuros con los techos blancos. La gente se arremolinaba alrededor de ellos, mientras unos gendarmes con guantes blancos y porras los empujaban hacia dentro. 

Jacob sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda y agarró fuerte la mano de Moisés, hasta que este se quejó e intentó soltarse.

—¡Maldita sea, no te sueltes de mi mano! — gritó Jacob mientras fruncía el ceño y tiraba de su hermano hasta el edificio de nuevo.

Apenas habían comenzado a entrar en el edificio cuando la portera, apoyada en su escoba, los miró con desprecio y comenzó a gritar a los gendarmes.

—¿No se van a llevar a esas ratas judías? 

Los anasazi practicaban la agricultura, dominaban el arte de la cerámica y la tejeduría, poseían destacados conocimientos en astronomía, y dejaron grabados incontables dibujos y petroglifos en los acantilados del desierto. Su logro más importante, no obstante, lo efectuaron en el campo de la arquitectura, llegando a construir edificaciones de piedra de hasta cinco pisos de altura, las más elevadas de Norteamérica hasta que surgieron, a finales del siglo xix, los primeros rascacielos forjados en acero.

Pese a todo, la cultura anasazi nunca llegó a alcanzar el grado de expansión y desarrollo de otras civilizaciones coetáneas —mayas o toltecas— de la América Central.

La historia de los anasazi continúa siendo un misterio hoy en día debido a la ausencia de fuentes escritas. Durante seiscientos años poblaron aquellas tierras hasta que en el siglo xii, encontrándose en el apogeo de su civilización, esta se vino abajo casi de repente, y sus habitantes abandonaron las ciudades y se vieron obligados a emigrar. Durante su última etapa, los anasazi se instalaron en las concavidades naturales de las paredes de los cañones, donde algunos de ellos sobrevivieron hasta su desaparición definitiva a comienzos del siglo xvi.

Tras la conquista de México, los españoles organizaron una expedición al Norte encabezada por Francisco Vázquez de Coronado, con el fin de explorar los territorios anasazi en busca de una legendaria ciudad de oro —Cíbola— de la cual habían oído hablar. No obstante, tras dos años de infructuosa búsqueda, Coronado regresó arruinado y desprestigiado, reconociendo como propio el fracaso de la expedición. Los conquistadores españoles nunca encontraron la mítica ciudad, pese a los cuantiosos testimonios que avalaban su existencia.

El conocimiento que poseemos sobre los anasazi procede fundamentalmente de los restos arqueológicos hallados en sus antiguos asentamientos abandonados, así como de la tradición oral de los indios pueblo, como los hopis, los zuñi o los tewa, a quienes hoy en día se les considera como sus descendientes.

Se ignora con qué nombre se designaban a sí mismos los anasazi, si bien en la presente novela yo me referiré a ellos como tal. El vocablo «anasazi» significa «los antiguos», y es el nombre que la tribu de los navajo le otorgó a aquel antiguo pueblo constructor de ciudades de piedra.

Se estima que el súbito y enigmático declive de la civilización anasazi no respondió a un solo motivo, sino posiblemente a un conjunto de factores interrelacionados entre sí. Pero… ¿cuáles fueron las razones que llevaron a un pueblo tan avanzado a desaparecer en un espacio de tiempo tan breve? ¿Qué les pudo ocurrir…?

            Observé el largo pasillo, estaba oscuro pero me daba igual, sin embargo era una tontería seguir caminando sin un rumbo fijo, lo mejor sería volver a mi habitación, echarme unas horas, y levantarme como si nada hubiese pasado, como si no hubiesen visto nada. Apreté los puños frustrada, deseosa de poder borrarles a todos esa imagen, no tenían ningún derecho a saber de mi vida. Noté como las rodillas me vencían, por suerte ya había llegado a mi habitación y solo tuve que cerrar la puerta y dejar que la negrura me envolviera. 

Noté un escalofrío, una sombra que se colaba entre mis sábanas y me oprimía el cuerpo, sentía los pálpitos de mi corazón, y algo parecido a una presencia a mi alrededor. Entonces lo vi, era imposible de olvidar, un hombre alto y gordo, con unas manos sucias y ropa harapienta, pero no, no era eso lo que a mí me daba miedo, era su mirada, lujuriosa, cruel, decidida... Lo siguiente que sentí fueron sus manos sobre mi piel, antes de que el grito traspasara del sueño a la realidad...

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Niños estrella amarilla
Los niños de la estrella amarilla