Notas literarias

 

 

Libretería, 2 de abril de 2017

Sebastián Pérez Luna: “-Mario, despierta”

Mario te cae mal. Al principio. Vamos, a mi me pasó. Incluso te repatea. Pero después, poco a poco, lentamente, este bad-boy gamberro se apodera de ti hasta convertirse en un entrañable compañero de fatigas e, incluso, en un agradable familiar. Sebastián Pérez Luna ha construido un excelente personaje del que hasta a él le cuesta despedirse.

¿La novela? A veces resulta muy complicado rescatar a una buena novela de este bosque tan prolífico de tanta narrativa de tanto género y tan diversa calidad. E, incluso, teniéndola delante de tus mismísimas narices no la ves. A mí me pasó.

Sebastián Pérez no cae en la irresistible tentación de escoger un género literario de moda. Y creo que podría haberlo hecho perfectamente. Recursos tiene. No. Narrativa contemporánea, pero con grandes dosis de intriga, acción, romance y como no, ciertas notas eróticas. Trata sin complejos y con sensibilidad temas vivos de la actualidad: la violencia machista, las relaciones en el mundo virtual, el narcotráfico…

Sin miedo a las descripciones, se recrea en ellas, pero resultan dinámicas y enriquecen el relato plagado de ironía, acertadas adjetivaciones y algún que otro modismo heredado de la década de los ’80.

Aunque el título no os parezca muy elocuente, es el auténtico leitmotiv de la novela. Mario es un perfecto ni-ni autosuficiente. Más: es un auténtico nihilista descreído. O al menos eso aparenta. En un principio. Te lo puedes topar por la calle si no lo has hecho ya,  y seguro que te apetecería darle un par de cachetes para que despierte.  

¿El resultado? Una excelente primera novela de este joven y prometedor escritor. Estoy deseando comenzar con la segunda: “Sendero de rock”. A ver si la publica ya.

Mientras tanto os dejo un fragmento de “-Mario, despierta”:

Carmen Grau

La bañera caliente y la manifestación de la extraña adivina.

 

“Cuando llegué a casa eran las ocho de la tarde. Había pasado por un supermercado, porque sabía de antemano que en algún momento de las próximas horas, la visión raquítica del interior del frigorífico me condenaría a tener que hacerlo. Estaba cansado y lleno de mierda, como había constatado por la villana mirada que el guarda de seguridad me había dedicado a las puertas del súper. Compré unas pizzas congeladas, cervezas en lata, y media docena de paquetes de comida preparada. Un auténtico banquete para el contenedor de envases. Hasta hacía poco tiempo había disfrutado del placer de cocinar. Me gustaban los retos que yo mismo me imponía entre los tres puntos de calor de mi vitrocerámica. A Laura le encantaba verme hacerlo. Decía que había un componente erótico en todo hombre que cocina para su chica. Ella se encargaba de abrir un vino y servir dos copas, mientras yo me perdía en el uso de las especias, o contaba con exacta precisión las hebras de azafrán que debía añadir a un arroz. Laura se sentaba siempre en la orilla de la fría encimera de piedra, agitando el vino en el interior de la copa redonda. A veces lo hacía con una falda tan corta, o un pantalón roto de un modo tan indecoroso, que me temblaban las manos al intentar enrollar un alga nori. Le gustaba el sushi casi tanto como los burritos, y cualquier plato exótico, cuya receta se hubiera fraguado a miles de kilómetros de aquí. Cuando el vapor de la comida inundaba el aire, y el efecto del vino coloreaba sus mejillas, se desabrochaba dos botones de la camisa y se perdía, consciente, en un círculo vicioso en el que los catorce o quince grados de temperatura de servicio del vino, no conseguían aplacar el calor que el mismo líquido burdeos le provocaba. Era en estos puntos en donde se me solía quemar la carne y agarrar los pescados en la superficie de la plancha, de ahí que siempre que la veía rebuscando entre las numerosas botellas de vino, que yo metódicamente iba extrayendo del maletero del coche de mi padre, prefiriera cocinar platos fríos.

Mortadelo salió a recibirme. Dejé las pesadas bolsas en la entrada y la mochila, que como un tumor pegado a la espalda había llevado durante todo el fin de semana. La imagen del gato me produjo la recurrente impresión de que era un ser ajeno a este mundo. Sus gráciles movimientos, la musculatura marcada en la piel fina, y su eterna guardia, sentado tras la puerta como si con súper poderes pudiera ver detrás de ella. Me senté en el suelo del pasillo de entrada, y le dediqué unos minutos de caricias y juegos de los que me llevé al menos cuatro arañazos. Quien tenga un gato, sabrá de lo que estoy hablando.”

gallery/mario+despierta

'-Mario, despierta'

La ópera prima de un más que prometedor autor “indie”

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