Por Rocío Castrillo


Visité Sarajevo en el verano de 2015, casi dos décadas después de que acabara el asedio que sufrió la capital bosnia desde abril de 1992 a febrero de 1996, durante la guerra de los Balcanes. Un cruento episodio que convertí en la trama central de mi primera novela, Una mansión en Praga (Descubrebooks, 2013). No había estado en Sarajevo cuando escribí el libro. Utilicé diversas fuentes (grabaciones televisivas, teletipos, crónicas y artículos periodísticos) para documentarme y narrar con el debido rigor las escenas que transcurrían en la ciudad sitiada, tierra natal del protagonista Alexander Korac, un artista serbobosnio que huye del horror y llega a Praga. Ahora tocaba vivirlo.

 Junto a mi hijo adolescente recorrí una ciudad marcada por las huellas de la guerra, que convirtió en cementerios la mayoría de sus zonas verdes. Contemplamos atónitos las miles de tumbas, los edificios marcados por las balas o las placas que recordaban a las víctimas en los lugares que vieron por última vez: negocios, mercados, jardines e incluso el estadio de fútbol. Y encontramos las rosas de Sarajevo, elocuente símbolo del arte contra la barbarie de la guerra. Nacieron por voluntad de numerosos artistas plásticos bosnios, quienes se propusieron alimentar la memoria. “Recordar a la Humanidad el horror, para que nunca vuelva a repetirse”. Su imaginación y sus manos transformaron en rosas los impactos que las granadas de mortero dejaron en sus calles. Marcas que fueron “rellenadas cuidadosamente y pintadas de rojo”. Fotografiamos muchas de ellas durante nuestros paseos por la capital Bosnia.  Eran setenta en total y conmemoraban los lugares donde al menos siete personas perdieron la vida, víctimas del fuego del fanatismo.

 En el transcurso de un viaje emotivo y conmovedor, hablamos con frecuencia de lo absurdo de las guerras y del sufrimiento inmerecido de la gente corriente cuyas vidas quedan destrozadas por el odio que alimentan otros, los poderosos que desencadenan las masacres para servir a sus espurios intereses de dinero, poder y gloria. Mi hijo me preguntó qué pasaría si la gente corriente se negara a ir a la guerra. Le respondí que en ese caso no habría; no obstante, le incité a reflexionar sobre los motivos que incitan a los pueblos a usar la violencia para solucionar sus conflictos. Se encogió de hombros —¡qué difícil me lo pones!, creo que pensaba—, y mi respuesta fue una palabra: educación. “¿Te refieres a que las personas que han ido a la escuela no querrían ir a la guerra?”. “Más o menos”. “¿Sí o no?”. “La educación nos hará libres”, recité la frase del héroe de la independencia cubana José Martí. Paseábamos por los alrededores de la Facultad de Bellas Artes, uno de los pocos edificios de Sarajevo que se libraron de los proyectiles. Nos sentamos a tomar un té en la terraza de un bar. En la mesa de al lado, dos estudiantes conversaban animadamente. Una llevaba el típico velo musulmán. La otra iba ataviada a la moda occidental. “Mira, aquí tienes la prueba de que quienes destrozaron tantas vidas con sus bombas no consiguieron su objetivo”, le comenté a mi hijo.

 La Historia recoge los nombres de héroes y villanos que protagonizaron las batallas y firmaron los tratados de paz, pero se olvida de la gente corriente, de las auténticas víctimas de la guerra. Es a esos seres anónimos, personas como ustedes y como yo, a quienes la Literatura, y no la Historia, dedica siempre su homenaje. Unamuno acuñó el término intrahistoria para definir lo que ocurre a los seres humanos normales mientras la Historia con mayúscula va haciendo y deshaciendo el tiempo. A ellos, a esos protagonistas de la intrahistoria, quise rendir mi pequeño y particular homenaje. En ellos pensaba cuando caminaba junto a mi hijo por los jardines de Sarajevo y sus tumbas nos salían al paso. Por ellos escribí “Una mansión en Praga”.


Rocío Castrillo

Periodista peleona en medios de comunicación de gran tirada nacional como el prestigioso semanario español Cambio 16 o el ente público RTVE. Además de eso le saca tiempo para escribir novelas. Como periodista, en 2001 se llevó el Premio Nacional a la No Violencia Contra la Mujer por tres reportajes publicados en las portadas de Cambio16. 

Como escritora tiene ya en su haber tres novelas: “Ellas y el sexo”, la última -publicada recientemente-: “En el fin de la Tierra”, y la que menciona a su manera en este artículo de opinión: “Una mansión en Praga”.


Una mansión en Praga