El talento de este joven escritor irrumpe con la fuerza de un estremecedor punteo de una guitarra eléctrica o la sensibilidad de una balada rockera

“Estaba cansado, hambriento, y no me apetecía tener líos con gente de aquella calaña de la que ya había aprendido algo durante mis meses en la carretera”


Sebastián E. Luna: ‘Senderos de rock’


¿Qué sucede cuando a la buena literatura le sumas buena música? Nace Senderos de rock.

Avanzábamos no hace mucho, cuando leíamos su primera obra, que Sebastián E. Luna apuntaba como “más que un prometedor autor indie”. Pues bien, en su segunda novela: Senderos de rock, la promesa se cumple y el talento de este joven escritor irrumpe con la fuerza de un estremecedor punteo de una guitarra eléctrica o la sensibilidad de una balada rockera.

Pero no os engañéis: no se trata de la biografía de un viejo rockero y sus pasadas de alcohol, sexo y rock and roll. Sebastián profundiza más allá de lo evidente, rasca en lo profundo y dramático de sus personajes, detalla el precio de la fama y por el camino que conduce a la gloria nos enfrenta a la homofobia, al machismo, al amor y al desamor, la amistad, la locura, la pederastia, la infamia, la ambición… Con delicadeza, sin exabruptos, pero con mano firme y sincera.

Ha conseguido una novela que es un placer leer y un gusto escuchar. Si continua este camino de superación sucederá lo inevitable. Las leyes del mercado no podrán ocultar por más tiempo su talento escondido en el bosque de la autopublicación. Sebastián pertenece a una nueva generación kindle de jóvenes escritores indies –cuyas cualidades no nos cansamos de resaltar en estas páginas–, y que tarde o temprano se harán evidentes a un público mayoritario.

No tengo pruebas ni confesiones, pero sufro de fuertes sospechas: Creo que Zachary –su protagonista– es el sueño hecho realidad de Sebastián E. Luna a través de esta novela. El propio autor nos confesaba no hace mucho tiempo que Senderos surge de sus “años mozos, en los que los pelos largos y un walkman a pilas era todo lo que necesitaba para vivir un día completo”. Quizá por eso haya tanta pasión y tanto amor por el rock –y la literatura– en Senderos de rock:

“Estaba jodido. Realmente jodido.

Eso es lo que saqué en claro cuando salí de la barraca de una feria ambulante en donde una pitonisa con turbante rojo me había leído el futuro. Concluí aquello, no por lo ambiguo e inservible de su mensaje, sino porque invertí en ella el último de mis dólares. La feria era grande y luminosa, al contrario que la ciudad, que era pequeña, oscura y casi deshabitada. Llegué allí en la primavera de 1979 tras un año de lento caminar por los solitarios arcenes del estado de Minnesota. Llegué sin un pavo, ya que los ahorros de mi viejo se los comieron los sucios moteles en donde tuve que refugiarme durante el invierno. Sobre la espalda cargaba a Blue Betty y una mochila de color naranja que salió prácticamente vacía del camping, y que contrariamente a la lógica fui llenando a medida que avanzaba en mi viaje. Una guitarra eléctrica es un instrumento muy guay, si no tienes que viajar con ella a cuestas. Y eso que el amplificador que daba vida a mi instrumento era uno pequeño de no más de 12W. Al principio cargué con él encima. Lo llevé como un bebé en brazos de una madre durante más de 70 millas, hasta que un repartidor de leche que me vio durante varios días deambulando por la zona en donde realizaba su ruta, se apiadó de mí, y me regaló un carrito para transportar cajas que tenía para uso de emergencia. Era plateado, endeble, y emitía un constante ruido de cigarra al ponerlo en movimiento, pero qué coño, con el ampli bien atado podía transportar en él hasta la mochila y caminar más cómodamente.

Llegué a Motley, en el condado de Morrison, Minnesota, al caer la tarde de un veintiséis de Abril del 79. Me gustaría decir que había sido un año cojonudo pero lo cierto es que lo recuerdo como el peor año de toda mi vida. El fantasma de Betty, y el del hambre, me acosaron con igual intensidad. Al principio comía del poco dinero que había llevado, más tarde, cuando vi que el fajo de billetes verdes adelgazaba a mayor ritmo que yo, me propuse vivir de cazar pajarillos, lagartos y ardillas. Pero las trampas, para las que no contaba con suficiente material para fabricar, necesitaban atención diaria, y obviamente si acampaba en un sitio, no avanzaba hacia ninguna parte. Un día, tras ocho largas horas de viaje, llegué a un motel en donde se hospedaba una banda de motoristas que iban de paso hacia Canadá. Al verme, uno de ellos grande y barbudo, dijo: —¡eh, chaval! ¿Qué llevas en la espalda?

Estaba cansado, hambriento, y no me apetecía tener líos con gente de aquella calaña de la que ya había aprendido algo durante mis meses en la carretera, así que me hice el sordo e intenté pasar de largo. Otro tipo, bajito y nervudo con un pañuelo de la bandera confederada atado en la cabeza, me cortó el paso. Olía a cuero, aceite de motor, y cerveza. —Creo que mi amigo Billy te ha hecho una pregunta. ¿No tienes educación, chico? —El resto de la banda, salvo dos mujeres que vestían muy ajustadas, rio la gracia. —Solo es un crio Billy —advirtió una de ellas”.


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Apuntes biográficos del autor: Sebastián E. Luna