Anacaona es una novela rica en emociones, sabores profundos, olores intensos, colores vivos…, llena de vida y vitalidad

“Cuando consiguió sacarla, la humanidad de Onaney se descompuso como una hamaca sin atar. La tumbó y trajo a su hijo junto a ella”


Jordi Díez: ‘Anacaona’


Anacaona es una novela rica en emociones, sabores profundos, olores intensos, colores vivos…, llena de vida y vitalidad, la de la desconocida y prácticamente desaparecida cultura taína que ocupó el Mar Caribe.

Pero también de matices grises y negros, los de una maquinaria de guerra perfectamente engrasada en la llamada Reconquista española con la tecnología punta de la época y las bendiciones de los poderes del establishment dominante entonces. Nos muestra además un Cristóbal Cólon que le hubiera venido muy conocer a Ridley Scott, y una breve pero intensa aparición del entonces capitán Pizarro. También los primeros pasos de Bartolomé de las Casas.

Anacaona es el inevitable choque de dos culturas, el histórico enfrentamiento entre un materialismo sin escrúpulos y una sociedad de valores donde prima el bienestar común. Es también el relato de una resistencia que conoce su triste final pero que no se rinde a la evidencia, y que a pesar de su cantada derrota y aniquilación, entrega su sangre y su vida por el ideal que les ha permitido vivir hasta entonces en el Edén.

Jordi Díez desarrolla además dos lenguajes paralelos para resaltar aún más la evidencia de estas dos culturas contrapuestas. Y lo hace con una sensibilidad exquisita y un dominio conmovedor de ambos estilos. Sencillo, claro y apasionado en la voz taína. Retórico, pragmático y dieciochesco para la voz de la conquista.

Ya lo hizo en La virgen del Sol. Lo repite en Anacaona. Jordi Díez se revela como un auténtico autor de principios renacentistas, humanistas y respetuoso con todo tipo de pensamiento, incluso con los que no comparte. Lástima que este neo-renacentista no traiga en el pack al mecenas que le corresponde.

Desconozco si Anacaona, la historia de la última princesa del Caribe y de su esposo Caonabó que encarna esa pasión de la resistencia, será o no un best-seller. Si en mi mano estuviera se lo recomendaría a los estudiantes de Historia o de Literatura. En ambas disciplinas va sobrado. Por otra parte sí puedo vaticinar que aquellos que leyeron y disfrutaron La virgen del sol, encontrarán en Anacaona a un escritor aún más cautivador y maduro, y que esos otros que descubran ahora a Jordi Díez en Anacaona, correrán rápido a leer La virgen del sol, a pesar de las distancias históricas y geográficas de ambas novelas.

“Sus pupilas se acostumbraron a la casi imperceptible luz al entrar en la cueva. El cuerpo de un niño yacía boca abajo, inerte, sobre un gran charco oscuro que parecía manado de su entrepierna. Junto a él, dos cuerpos de mujer se repartían por el suelo en posturas imposibles. Se acercó al niño y lo giró. Aun con la poca luz no tuvo dudas, era su hijo. Acarició su rostro y lo dejó con suavidad en el suelo. Unos pasos más atrás, oculto de la única luz que hería la sala, encontró el cuerpo de Onaney. Estaba erguido, con la cabeza derrumbada sobre unos pechos que ni la muerte había conseguido doblegar. El rey se acercó y le apartó el cabello enmarañado y sucio de tierra que le cubría el rostro, y la miró. Ni siquiera el grito de Caonabó, que pareció romper la tierra, hizo brotar la vida en aquellos ojos apagados en los que había ardido un fuego intenso. Acompañó sus párpados con la yema de sus dedos y la besó antes de poner los brazos que tanto lo habían amado encima de sus hombros. Después, tiró con suavidad de ella y la desclavó de la estalagmita en la que la habían empalado para el resto de la eternidad.

Caonabó sintió como el cuerpo se despegaba con dificultad de la roca caliza dejando un rastro de vísceras oscuras. Cuando consiguió sacarla, la humanidad de Onaney se descompuso como una hamaca sin atar. La tumbó y trajo a su hijo junto a ella, los unió en posición fetal y se acostó también. Los abrazó como si nada hubiera ocurrido, como si aquella maldita canoa no hubiera fondeado jamás en la bahía de las caobas, recorrió su cuerpo con las yemas de los dedos y sintió todas las cicatrices que aquellos hombres le habían infligido. Lloró en su melena enmarañada y besó su cuello frió hasta que la rabia venció el dolor.

Observó la sala, recompuso los cuerpos de las dos sirvientas de Onaney, y colocó a su mujer y su hijo contra una de las paredes, lejos de la luz, en la misma posición en la que vinieron al mundo. Desató las cintas manchadas de sangre de las piernas de Onaney y se las ató en sus brazos. Después agarró su lanza y salió”.

Anacaona, la última princesa del Caribe